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viernes, 14 de febrero de 2020

SANGRIENTO SAN VALENTÍN


San Valentín. El día del amor. O como algunos lo llamaban, un invento de las multinacionales para generar pasta aprovechándose de parejas que se enfadarían sino tenían un regalo.
El amor que una persona siente por su media naranja puede llegar a ser tan poderoso... tan hermoso... a veces piensas que te la comerías entera.

Hay personas que se tomaban esa frase demasiado literal.

Nuestra historia comienza la noche de San Valentín. Una pareja conformada por un chico de treinta años y una mujer de treinta y uno. Ella era rubia de ojos verdes mientras que él llevaba el cabello negro corto y los ojos azules. Se besaban apasionadamente. Sus lenguas se entrelazaban y jugaban entre ellas como si tuvieran vida propia. Ella rodeaba el cuello de él con tanta fuerza que parecía que fuese a pasar algo malo si lo soltaba. En consecuencia, él la abrazaba a ella con ímpetu. Y empezó la masacre: de repente ella lo mordió en los labios.

    ¡Auch! — se quejó él.

No era un mordisquito juguetón que se le hubiera ido de las manos. Otra mordida.

    ¡Para tía! ¡Ah! Pareces una zombi... ¡Ah! ¡Ah!

Ella siguió mordiendo. En consecuencia, él la mordió a ella. Pero esta no parecía sentir dolor. Volvió a morder. Obsesionado, él también la mordió de nuevo. No dejaban de morderse. Los labios, el cuello y hasta los brazos. Sangraban en abundancia, pero no parecía importarles mucho. Y no pararon de morderse hasta se devoraron el uno al otro. Literalmente. En el otro extremo del cuarto, un hombre adulto vestido solo con un pañal, los miraba con rostro enfurecido. Portaba en las manos un arco con una flecha. En la espalda llevaba un carcaj con tres flechas más. Las flechas en lugar de punta, tenían forma de corazón.

Cupido sonreía maquiavélicamente.

Cupido no lograba entender por qué, pero hacía unos días, tras lograr que una pareja se enamorara y otra rompiera (preservando así el orden natural), empezó a estar harto. Nada más veía parejas felices. Y sin entender por qué, eso lo ponía furioso. Así que decidió cambiar su trabajo. No solo enamoraría parejas: haría que estas se amaran en demasía. Y, por el contrario, cuando estas rompieran, haría que uno de los dos odiara tanto al otro que...

Se teleportó para verlo. Vio como una pareja rompía gracias a una flecha que había clavado dos días antes en uno de los dos. Ella empezó a alejarse y de repente frenó. Él la llamó suplicando. Se encontraban en un parque. Nadie había allí. Nadie podía escucharlos. Furiosa, ella se volvió. Portaba un arma de fuego en la mano: una pistola 9mm.
    Cielo — dijo temeroso el joven. No tendría más de 18 años —. Por favor...

Ella disparó sin compasión, llenando de sangre los sesos del que un día fue su novio. Ella soltó entonces el arma y cayó de rodillas al suelo con una expresión de horror en el rostro.

    Oh no... ¿qué hice? — lloró desolada.

Cupido no pudo evitarlo y rio. Pero nadie podía escucharlo ni verlo. Y aunque no podía verlo, sabía que había incluso parejas torturándose mutuamente. O uno de los dos era el torturado. Al fin se divertía un poco.

    Espero que te hayas divertido — le dijo una voz, como si hubiera escuchado sus pensamientos.
Al darse la vuelta, Cupido vio quien se hallaba ante él.
Alto, ligeramente fornido, vestido con traje negro de combate y portando una espada plateada cuya hoja rezumaba fuego blancuzco. Su cabello era negro, el mismo color que su piel. Y sus ojos eran de un azul claro intenso.
Se trataba de un ángel. Y no de uno cualquiera.
Era el arcángel Miguel.
    Miguel, hola — saludó el ángel del amor, como si nada raro estuviera sucediéndose.
Miguel suspiró y dijo:
    No te atrevas a tutearme. A mí me tratarás con el máximo respeto. Me dirás Señor. Y ahora respóndeme: ¿Qué estás haciendo? Esta no era tu misión.
    ¡Estoy harto! — se quejó Cupido. Miguel enarcó una ceja —. ¡Este es un trabajo monótono! No he hecho nada distinto en toda la creación. Solo quiero pasarlo bien un tiempo.
Miguel se tomó un momento para responder. Entendía que Cupido estuviera agotado, pero aquel no era el camino.
    Tómate unas vacaciones entonces. Reflexiona sobre lo que has hecho.
    ¿Qué…?
Pero antes de que Cupido pudiera siquiera reaccionar, los ojos del arcángel brillaron con un azul blanquecino intenso. Cupido se vio cegado por el poder de Miguel. Cuando abrió los ojos de nuevo, se hallaba en una sala blanca.
—¡NO!
Gritó con consternación. Sabía que significaba aquella sala. Significaba máximo confinamiento. Formaba parte del Cielo. De las celdas del Cielo. Pero Cupido tenía suerte. Las salas blancas no eran eternas. Miguel quería que Cupido reflexionara sobre lo que había hecho. Pero si seguía en sus trece, entonces el castigo sería mucho peor. Podían enviarlo al Infierno.
Cupido se sentó en el suelo. Ni siquiera trató de escapar.  Sabía que aquello era imposible. Su corazón estaba lleno de ira.
Y allí quedó, durante muchísimo tiempo. Tal vez por eso ahora no hay tanto amor como antes. Aunque sí es cierto que los humanos seguían enamorándose, pues Cupido, a pesar de enamorar a personas, no era sino una ayuda. El amor ya debía existir entre esas dos personas.
Un día, saltaron las alarmas.
Cupido había escapado.

martes, 24 de diciembre de 2019

PESADILLA EN NAVIDAD


Veinticuatro de diciembre. Aquella noche, yo morí. Asesinado por Santa Claus.

Yo era un duende como los demás. Tez blanca, orejas puntiagudas como los elfos (aunque más largas que las de estos), nariz roja y una paleta sobresaliendo por mi boca. Siempre estaba alegre, tenía mis amigos, trabajaba bien... en fin, la vida normal de cualquier duende ayudante de Santa. Pero aquella noche, algo terrible sucedió. Para empezar, me extrañé mucho cuando Santa vino a verme a los establos (estaba preparando los renos para la Gran Noche).

— Jakie ¿podemos hablar?

— Claro señor.

Dije mientras volteaba hacia él. Me acerqué un poco a donde estaba. Era alto, mediría al menos 1'70 por ahí, si bien los duendes como yo no medíamos más de ochenta centímetros. El más alto quizá llegara a un metro. Yo medía ochenta centímetros precisamente. A lo que iba:

— Jakie, necesito un acompañante. Hay más regalos de lo habitual. No confío en más nadie que en ti para esa labor ¿lo harás?

La voz de santa era amable, pero no admitía réplica. Su rostro se hacía pequeño entre tanta barba blanca. Era medio calvo. En aquel momento no llevaba sombrero e iba ataviado con su traje clásico. Obviamente acepté su proposición y varias horas más tarde nos embarcamos en un viaje. Nos colamos en casas, tiramos regalos, comimos galletas... todo parecía marchar de maravilla.

Hasta que estuvimos de regreso.

Cuando aquello sucedió, ya no quedaban regalos en la bolsa.

— Jakie, mírame a ver si me falta algún regalo.

Lo hice, pero ya sabía que no quedaba ninguno. Al asomarme, Santa me empujó hacia el interior del saco.

— ¿Santa qué haces? ¡Sácame de aquí! ¡No tiene gracia!

— Que estereotipados tus comentarios — dijo burlón Santa —. Lo lamento Jakie, pero tengo planes y me estorbarías demasiado. ¡Arre!

Los renos se dieron más prisa. Noté como Santa agarraba el saco. Traté de salir, pero no tuve tiempo suficiente antes de sentir que estaba en el aire y entonces me di cuenta que me había soltado al vacío. Caía sin control, gritaba aterrado, casi llorando, suplicando a Santa que me rescatara. Aunque en el fondo supe que jamás lo haría. No recuerdo cuando, todo se volvió negro. Recuperé un momento la conciencia, lo suficiente para ver a una figura encapuchada.

Los reabrí poco después. Lo primero que vi fue un montón de monstruos a mi alrededor... ¡Monstruos! Me asusté, lo confieso. Había un hombre lobo, una momia, un vampiro, una vampiresa y un Frankenstein. 

— ¿Quiénes sois? ¿Dónde estoy? — pregunté asustado.

Fue el hombre lobo quien me respondió, no sin tristeza en la voz:

— Bienvenido. Estamos en el Reino de los Muertos.

Pasaron unos pocos días hasta que me habitué a mi nuevo hogar. Mi eterno hogar.

Resulta que, al morir, nuestras almas se reencarnaban en monstruos en el Reino de los Muertos. En este lugar siempre era de noche o hacía nublado. Me parecía muy triste la verdad. Había alcalde, cementerios (donde vivían los que reencarnaron en fantasmas) casas, calles... era toda una ciudad de monstruos. Y yo... el duende ayudante de santa, se convirtió en un simple esqueleto. Sin carne, sin nada más que mis extremidades. Se podía comer e inclusive sentir el gusto por la comida, pero ya no sentíamos el hambre. Total, estábamos muertos. El gusto por comer era simple cortesía del regente del Inframundo, Muerte. A él vi cuando caí. Vi la muerte cernirse sobre mí y llevarme al otro mundo.
Me asignaron una pequeña casita de solo una habitación. Era acogedora. Tenía un sillón, una chimenea y una pequeña cocina. Ya no era necesario ir al baño. Traté de comer, pero como esqueleto, todo acababa cayendo. El alcalde era el hombre lobo, quien se hacía llamar Bat.

Estaba furioso. Santa Claus me había traicionado y matado. Al principio no estaba enfadado, pero conforme iba explorando el lugar y me sentaba en el sillón, pensaba que aquel maldito gordo había terminado con mi vida. Mi feliz vida. Era un duende, con el mejor trabajo del mundo... y él terminó con eso.

Me estorbarías me había dicho. ¿Estorbar? ¿Para qué? No lo sabía, pero necesitaba averiguarlo. Y en función de lo que Santa me contara, me vengaría de una forma u otra. No planeé mi venganza cuando me puse en marcha para hablar con Bat. La venganza es un plato que se sirve frío pero los planes nunca salían bien. Así que, llegado el momento según los imprevistos, me vengaría de una forma o de otra. Lo que sí tenía claro es que Santa iba a correr la misma suerte que yo.

Bat se volvió loco cuando le comenté mi proposición.

— ¡Estás loco! Jakie, piénsalo.

— Lo he pensado demasiado.

— No llevas ni un mes aquí...

— De sobra. ¿Me ayudas, o me busco yo mismo la "vida"?

Bat suspiró pesaroso.

— ¿Si puedes hacerlo tú, porque venir a pedirme ayuda?

— Contigo sería todo más fácil. Hablé con los vecinos. Y me enteré de que una vez fuiste a ver a Muerte a suplicarle volver a la vida para no abandonar a...

— Calla — su voz era triste. Bien. Un paso logrado.

— El caso es que sabes dónde está. Puedes guiarme y podré volver allá arriba y acabar con esa pelota roja.

— No funcionará. Muerte no revive a nadie.

— ¿Quien ha dicho nada de revivir?

Bat me miró con ojos atentos. Sonreí. Paso dos conseguido.

Tuvimos que pasar por duros lugares. Primero traspasamos el cementerio, donde hallamos fantasmas que nos marcaron el camino a seguir. Al parecer, los que murieron y conservaron sus cuerpos en forma de espíritus preferían "vivir" en sus tumbas. Yo también vi la mía. Me arrodillé apenado al verla. Bat trató de animarme, pero solo la venganza podía darme el descanso que merecía. O aquello pensaba. Tardamos todavía un día más en llegar a mi destino, pues la siguiente zona, un enorme bosque, era complicado de atravesar, por los recovecos y pasillos laberínticos que tenía. Pero por fin llegamos.

Mi destino: el hogar de Muerte. Esta vivía en el interior de una casa de árbol.

— Entra tú. Yo nada tengo que ver ya — dijo Bat.

Asentí. Le agradecí y entré solo. No sentía miedo. Solo podía pensar en mi venganza y en cómo convencer a la Muerte.

Muerte era un esqueleto como yo, vestido con túnica negra. Estaba rodeada de montañas de libros. Un portal brillaba. Suponía que por él accedía al mundo de los vivos. Muerte estaba escribiendo con una pluma en uno de sus innumerables libros cuando soltó la pluma y se dirigió a mí con voz impaciente:

— ¿Qué deseas?

— Volver al mundo de los vivos.

Muerte mostró lo que parecía una mueca burlona.

— Mira duendecillo, no puedes. Si lo hicieras, el caos que crearías sería enorme. Se rompería la barrera entre ambos mundos, los dos mundos colisionarían y sería el fin del universo.
— Pero ¿y si regresara antes de que todo eso pasase?

— No habría tiempo. En menos de diez minutos todo empezaría a ir al garete. Tampoco puedo revivirte ya que mi poder consiste en arrebatar las vidas de los demás.

Me quedé pensativo un momento. La cosa estaba peliaguda. Pensé en atravesar el portal, pero supuse que Muerte se interpondría antes de que pudiera hacerlo. Además, tal vez aquel portal no me llevara al mundo de los vivos sino a otro lado donde no quería acabar. Finalmente opté por otra idea:

— Santa me mató. No sé por qué.

— Ni yo ¿crees que me preocupo por vuestras tonterías duendecillo?

— ¿Tonterías? — Empecé a indignarme, pero de pronto decidí que no me importaba lo que él opinara —. Dijo que le estorbaba.

— Cuando Santa muera — dijo en un suspiro —, irá al Cementerio de los lamentos donde sufrirá eternamente. No te hace falta vengarte personalmente.

Pero aquello no me bastaba. Necesitaba venganza. Ya había caído en sus garras y estaba atrapado.

— ¿No hay manera de ir al mundo de los vivos, aunque sea por un rato?

Muerte, pensativa, respondió:

— No.

Entonces salí corriendo y atravesé el portal antes de que Muerte pudiera detenerme. Mi venganza iba a dar sus frutos. E iba a colapsar todo el universo, vivo o muerto. Solo esperaba que el portal me llevara a la Tierra.


Era navidad otra vez. El tiempo entre vivos y muertos era diferente. Santa lo tenía todo listo para sus planes. Rio con maldad. Con Jakie fuera de juego, podría efectuar su malvado plan. Cargó los regalos y se marchó ante la atemorizante mirada de sus camaradas. Al enterarse de la muerte de su compañero, Santa les había explicado que él se resbaló. Pero nadie le creyó. Al principio si se lo creyeron, pues estaban conmocionados y Santa nunca mentía... o eso habían creído ellos. Pero al inspeccionar el trineo, descubrieron que no había forma posible de caerse. Además, los renos deberían haberlo rescatado enseguida. Pero no lo hicieron. Algo no marchaba bien.

Preocupados, vieron partir a su líder.

Santa reía con maldad en su trineo, pero cuando iba a repartir el primer regalo, Jakie apareció. Todo él era huesos, así que, al principio, Santa se asustó y dijo:

— ¿Quién eres tú?

— Vaya Santa — la voz del esqueleto fingía decepción y contenía ira —, ¿no se acuerda de mí? Creo que la última vez que nos vimos yo estaba cayendo en picado.

Entonces Santa lo entendió. Sus ojos se encendieron de la sorpresa, pero inmediatamente lo dominó la rabia:

— ¿Cómo has vuelto aquí?

— Pronto lo sabrás. Vengo a llevarte.

— ¡Y una mierda!

Exclamó enfadado.

Santa se abalanzó contra Jakie. La pelea duró menos de lo esperado. Forcejearon. Al ser Jakie ahora un saco de huesos, no pesaba nada, pero tampoco se iba a dejar ganar como la otra vez. Así que en el momento en que aquel cuerpo grasiento y gordo lo agarró, Jakie tiró de él hacia atrás y ambos cayeron al vacío. Jakie escuchó el grito desgarrador de la muerte en Santa, aunque no le causó satisfacción alguna.


Me encontré de repente atravesando el portal dimensional que unas horas antes había atravesado y aterricé sobre una montaña de libros. Santa acabó sobre otra montaña. Al incorporarme, vi que Muerte se había acercado a Santa.

— Ha sido muy, muy malo Santa. Manipular los regalos para que estos intoxicasen a los niños y otros regalos explotaran y mataran a los adultos, inculpando a tus duendes... muy mal. Jakie era quien supervisaba esas cosas ¿cierto? con él fuera, ya nada te detendría... excepto Jakie claro.

Santa tragó saliva, pero no dijo una palabra. No suplicó ni nada.

— Bueno... ahora estás muerto — continuó Muerte — y todos se convierten en lo que realmente son ¿sabes por qué Jakie es un esqueleto? Porque no tiene maldad apenas en su interior. Dice lo que piensa, lo exterioriza casi todo. Por eso no tiene carne.

Aquello me asombró. Si me paraba a pensar, era cierto.

— Pero tú... tú mientes, matas, escondes. Eres como... sí — ver a Muerte sonreír de manera maquiavélica era lo más retorcido que había visto nunca —. Como una asquerosa cucaracha.

— No... cualquier cosa menos eso... por favor — Santa se arrastraba por el suelo pidiendo clemencia. Y, sin embargo, nada de aquello me produjo placer.

La venganza es un plato que se sirve frío... pero es un plato vacío, al fin y al cabo.

Muerte lo convirtió en un abrir de ojos en lo que era: una cucaracha. La cucaracha se alejó rápidamente del lugar hasta perderse de vista. Ahora estaría condenado a ser un asqueroso insecto por toda la eternidad.

Me acerqué a Muerte.

— Gracias Muerte.

Este asintió con la cabeza en silencio.

— Has traído a un criminal. Has hecho bien, pero también me has desobedecido y casi haces que el universo explote. Afortunadamente has regresado casi tan deprisa como te fuiste así que apenas ha sucedido nada más que unos terremotos (al matar a Santa, yo pude traerte de vuelta).  Dime Jakie ¿te gustaría convertirte en un Guardián?

— ¿En un qué?

— Los Guardianes es un grupo secreto con poderes que se dedica a traer criminales asesinos al Otro Mundo. Tendrías una apariencia más humana y podrías traer más gente como Santa.

Maravillado, contesté:

— Acepto.

Muerte sonrió.

jueves, 31 de octubre de 2019

ESPECIAL HALLOWEEN: VECINITO VAMPIRITO


Todo empezó un treinta de octubre del año 2014.

Hola, me llamo Malcom, tengo quince años y digamos que soy un poco antisocial (MUCHO). Vivo en un pueblo de EEUU junto a mis padres y mi hermana de diez años, llamada Alicia. A continuación paso a describiros un poco mi físico y el de mi hermana.
Yo tengo el cabello negro, algo despeinado, ya que casi nunca puedo peinarlo bien. Cierto es que soy torpe, pero creo que hasta mi cabello la tiene tomada conmigo. Llevo gafas por causas de astigmatismo y un poco de miopía. Sin las gafas, veo bastante regular, si bien tampoco soy del todo vulnerable.

Mi hermanita tiene el cabello negro como la noche, ojos castaños y un rostro impasible. Es muy lista y se le dan genial las letras y las matemáticas así como el arte. Es esa clase extraña de persona que puede elegir el destino que desee. A mí el arte se me da bien, las letras también pero soy un completo inútil con las mates, apenas sí paso de algunas ecuaciones y problemas realmente complejos (suerte si consigo resolver siquiera dos de ellos).

Pero basta de hablar de mí y mi hermanita. No voy a desprestigiar a mis padres, así que os hablaré de ellos, pero más rápidamente, pues lo que interesa es la historia. Mi padre es empleado en una fábrica de teléfonos y mi madre trabaja de camarera en un restaurante bastante caro.

Todo empezó aquel fatídico día de Octubre, aunque no se extendería más allá de dos días. Fue el día en que se mudó a nuestra calle un nuevo vecino. Y fue Alicia la que me alarmó.
Ella y yo lo vimos a través de la ventana. Como mis padres estaban el noventa por cierto del día fuera (comían fuera y todo) pues casi siempre estábamos ella y yo solos. Vimos su camión aparcar, a él (al vecino) sacar cajas junto a sus ayudantes; entrando y saliendo de la casa y del camión.

El vecino tenía el cabello negro, ojos rojos y la piel muy pálida.

Un vampiro.

Dijo mi hermanita. Solo tenía diez años, así que hice caso omiso de sus palabras. Cuan equivocado estaba...

Aquella noche mis padres avisaron de que no vendrían, así que mientras mi hermana dormía, yo me encerré en mi cuarto a jugar a la Xbox. No juego Online. Soy antisocial hasta para eso, así que en su lugar estuve dándole caña a la campaña de un Shooter. Para los que no lo sepan, un Shooter es un juego de disparos ya sea en primera o tercera persona.

Era la una de la mañana cuando empezaron los ruidos.

Al principio solo fue un ruido aislado y casi ni me enteré. Aún así, yo, curioso, me puse a investigar. El ruido provenía de la calle, la cual se encontraba completamente desierta. No había luces, ni coches pasando. Supongo que por eso lo escuché. Estaba todo en un silencio sepulcral. La casa del vecino estaba completamente a oscuras, tal como las demás. Pero los dos siguientes ruidos que escuché provenían de ahí. Era como si alguien se golpeara con un mueble y gimiera. Curioso, me aseguré de que mi hermanita dormía plácidamente y salí afuera, llaves en mano. Las guardé en el bolsillo del pijama.

Entré en la propiedad de mi vecino (si, ya sé que eso se considera allanamiento de morada, pero deseaba saber que ocurría) y me puse a investigar. Al investigar una ventana, vi a mi vecino y un bulto en el suelo. Como estaba oscuro, no sabía qué era ese bulto. Ya os lo imaginaréis supongo. Sí, era un cadáver.

No llegué a ver el cuerpo de quien era, pero sí supe quien era al día siguiente. Lo que en ese momento llegué a ver fueron los colmillos de mi vecino llenos de sangre, sus ojos inyectados en sangre y una mirada astuta y sanguinaria. Se volteó hacia mí, pues había sentido mi presencia. Yo, cagado de miedo, me aparté inmediatamente y volví a casa lo más veloz que pude, escondiéndome de las ventanas. Al entrar en casa, vi a mi hermana de pie en la entrada.

¡Jesús! — exclamé en un susurro.

Nunca daba buen rollo ver una niña pequeña en medio de un pasillo en mitad de la noche, sin luz alguna.

Ya te lo dije: es un vampiro — me dijo.

Llegó el día de Halloween. Durante la mañana, me dediqué a espiar a mi vecino, pero este no movió un pie a ninguna parte. Aunque todas las ventanas estaban destapadas, había una, seguramente su cuarto, que tenía las cortinas corridas.

Seguro que el tío está durmiendo ahora que es de día. Jesús, María y José.

Jamás había rezado. Pero en aquel momento lo necesitaba más que nunca. Aprovechando que mi enemigo estaba dormido, salí a comprar agua bendita, madera, ajo y lo que fuera. No sabía qué era real y qué era mito, pero había que probar. Ya de paso compré algo para comer.

De vuelta a casa, me informé sobre vampiros en Internet. Algunos decían que eran reales, otros que no... nada me quedaba claro. Pero me fié de lo clásico. Pillé un mechero de casa y mi desodorante. Lanzallamas casero. Tallé dos estacas. Cogí también una espada de madera. Para el agua bendita, cogí una pistola de agua y coloqué el contenido del frasco en ella. Pistola, estacas y espada de madera, además de un collar de ajos. Más preparado no podía estar.

A quien el vampiro había matado se trataba de mi vecino de enfrente, un pastelero. Decían que le había dado un infarto. Solo tenía cuarenta y tres años y hacía ejercicio siempre. Por no decir que era vegetariano. Ignoro si a pesar de todo eso a alguien le podía dar un infarto, pero desde luego, el hombre estaba más sano que yo.

No, yo sabía que había sido el vampiro.

Llegó al fin la noche. Antes de salir, bebí un poco de agua y comí algo.

Afuera, la fiesta de Halloween ya había empezado. Los niños chillaban, corrían de un lado para otro; otros solo caminaban. Múltiples timbres llamando, muchos "trato o truco" por allí y allá...

Alicia, disfrazada de brujita, me acompañaba portando la pistola de agua y una estaca, además de ajo escondido bajo el disfraz. Ambos nos enfrentaríamos al vampiro. Cuando la noche anterior me descubrió regresando aterrorizado, le pregunté cómo sabía del vampiro. Ella solo me respondió:

Los niños siempre ven cosas que los adultos no.

Así pues decidí llevarla conmigo. Era sumamente inteligente y ambos nos protegeríamos las espaldas. Además no podía dejarla sola, pues seguro escaparía y vendría conmigo. Intenté que se quedara, de verdad, pero la conocía demasiado bien para saber que no obedecería.

Antes de enfrentarnos a una posible muerte, llamamos a algunas casas. Media hora después fuimos a por el vampiro. Intenté entrar de día, pero algunos vecinos salían a la calle y podían acusarme de homicidio si encontraban el cadáver del vampiro (a menos que se redujera en polvo, pero de aquello no andaba seguro) y de allanamiento. Y por si fuera poco, la puerta andaba bien cerrada y las ventanas lo mismo. Ahora en Halloween, era el único momento. Cuando él mismo nos abría las puertas. El agua bendita no solo sería excelente para averiguar si de verdad era vampiro, sino que si no lo era, no pasaría nada, y si lo era, le haríamos un buen golpe. Llamamos a su puerta. Dimos el trato o truco y mi hermanita, de acuerdo al plan, entró a la casa cuando mi vecino saludó.

¡Alicia! — dije fingiendo enfado.

Entré yo también en su busca. Me miró traviesa, como si estuviera haciendo la mejor broma del mundo.

Venga, hay que seguir recogiendo caramelos...

Le estaba diciendo cuando de repente ella le echó agua al vampiro.

¡QUEMA!

Gritó con una voz antinatural cuando el chorro le golpeó el pecho. El vampiro cerró la puerta y yo, rápido como el pensamiento, lancé mi estaca hacia su corazón. No obstante el vampiro era muy rápido, más de lo que yo me pensaba y arrojó la estaca. Entonces me aventuré con el mechero y el desodorante. Lo tenía guardado en una bolsita colgada al cinto. No, no se me quedó atascado el mechero como pasa en muchas series y películas "casualmente". Acerté, aunque solo lo golpeé parcialmente. Mi hermana entonces lanzó más agua bendita directa al vampiro. Este la alcanzó y antes de que yo pudiera hacer nada, la mordió. Usé el lanzallamas para alejarlo y, ya conseguido, seguí atacando pero el vampiro me golpeó en las costillas. Era tan rápido que apenas sí podía prever sus movimientos. Pero cuando no era uno, era el otro quien atacaba y en ese momento fue mi hermana. El vampiro se alejó y entonces ella y yo combinamos nuestros poderes. Usamos agua bendita y fuego. El vampiro chilló de dolor, pero nuevamente nos esquivó.

Maldición

Por si no fuera ya suficientemente difícil acabar con un vampiro, encima era realmente esquivo y frustrante. Saltó, corrió y acabó golpeándonos a mi hermana y a mí. Yo sangraba por la nariz; mi hermana estaba inconsciente... o muerta. No quería pensar eso último. De todas maneras casi no tuve tiempo de pensar, el vampiro se abalanzó sobre mí. Lo esquivé en el último segundo pero aún así me agarró. La velocidad vampírica era extremadamente superior a la humana. Quizá si hubiese previsto su movimiento dos segundos antes no me hubiera agarrado, pero esa es otra diferencia del humano con el vampiro: tardamos más en ver venir las cosas.

El vampiro fue a morderme...

Lo vi hacerse cenizas.

Parpadeé. Vi a mi hermanita, estaca en mano. Rostro impasible. Pero supe que estaba muy asustada. La abracé. Aún tenía la marca del vampiro en el cuello, dos pequeños agujeros en la yugular, del que manaba mucha sangre.

Intenté curarla. De veras que lo hice. Pero no hay cura. En cuanto el hambre la atinó, no pudo resistirlo y devoró a su primer ser humano: un joven de treinta años (supuse). Y entonces su transformación se completó. Al parecer, según leí en libros que tenía el vampiro en casa, una transformación no se completa sino se bebe sangre humana. Hasta entonces, una vez mordida, pasan varios minutos antes de que la sangre del vampiro y su saliva hagan efecto en la sangre humana. Se mezclan y entonces ya no hay cura. La única cura sería que aquella sangre infectada no se mezclase. Vamos, abría que sacarla. Desde entonces, mi hermana Alicia desapareció en la oscuridad. A veces la veo asomarse a mi ventana, otras, esta tan cerca de mí... me huele, huele mi miedo, mi tensión. Sabe que estoy despierto, que no quiero moverme. Cuando encuentro el valor para hacerlo, ella ya se ha ido. Y siempre me da un beso en la frente antes de marcharse. Mis padres lloraron amargamente su perdida. Solo saben que desapareció la noche de ellos volver. Y que nunca volvió. Pero ella me escribe notas. Notas que no puedo enseñar porque no me creerían. En una de ellas me cuenta que se ha unido a un clan de vampiros al norte de la ciudad. Cazan de noche, matan, mutilan... y que le encanta.

Y eso significa que tengo trabajo.

Te quiero hermanita. Por favor, perdóname.