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sábado, 21 de octubre de 2023

ISLA MISTERIOSA

 

Saludos, querido lector. Este relato consta de un hecho real que creo que el mundo debe conocer. Si bien os parecerá imposible, creedme, sucedió realmente.

Preferiría dejar mi nombre en anonimato. Bien, dicho esto, pasaré a relataros qué sucedió.

Iba de camino a unas vacaciones, montado en un avión. Yo trabajaba de abogado. Pero hubo un accidente y acabé varado en una isla desierta.

Me "hospedé" por decirlo de alguna forma, en una pequeña cabaña de madera.

Todo estaba seco: no había agua ni comida, ni siquiera insectos. Nada. El sitio estaba sucio, pero libre de bichos... aquello me pareció muy raro. También había una mesa y una cama sucia. Cuando me adentré en la selva, vi algún jabalí y ciervo, pájaros... pero poco más. Pillé un par de manzanas y un puñado de plátanos, lo que pude llevar. Lo dejé en la cabaña y me puse a buscar agua. Encontré un pequeño arroyo. Bebí hasta saciarme y entonces pensé que me vendría genial algo donde guardar el agua. Una botella o algo. Pensé que no hallaría nada, pero una lata vacía de coca cola apareció. Eso me produjo la siguiente interrogante: ¿había o hubo alguien en la isla? Busqué, pero no hallé a nadie y como estaba oscureciendo, decidí volver. Además, estaba muerto de hambre. Volví a beber hasta saciarme y luego rellené la lata tras lavarla bien. De vuelta a la cabaña, decidí colocar una mesa a modo de pestillo, por si acaso.

Como empecé a notar frío, encendí un fuego con un par de piedras y cené una manzana y plátano. No creáis que no comí nada durante el día, pues durante mi búsqueda de comida y agua, una naranja y una manzana acabaron en mi cuerpo. Otra cosa no, pero estaba comiendo más sano que en toda mi vida. Entonces escuché algo.

Por supervivencia, apagué el fuego y la estancia quedó a oscuras. Me escondí bajo una ventana y allí escuché otro ruido. Eran pisadas, pero no veía de quien. ¿Del tipo de la coca colas? Quizá quedó otro superviviente del avión.

Y le vi.

O más bien, vi "algo". Era un hombre, de pelo y barba desaliñados. Saltaba a la vista que hacía semanas que no se bañaba. Pero lo que me hizo encogerme de terror, no fue únicamente su andar tipo zombi, sino sus ojos.

No tenían iris.

La noche la pasé fatal. Al menos la mayor parte de esta no dormí y me levanté cerca de las once de la mañana. Supongo que os preguntaréis que sucedió con el ser que vi. Bueno, finalmente fue todo bien y él no me vio. Apenas un minuto después él se marchó, no sin antes mirar por una de las ventanas de la cabaña. Tuve suerte de estar bajo una. Así no me vio.

Pero ahora estaba aterrado. No sabía si ese ser reaparecería de nuevo o no, si habría más o no. Temía salir y encontrármelo. Pero necesitaba salir. Necesitaba escapar de ahí. No estaba seguro de poder sobrevivir más tiempo en aquella isla.

Desayuné y luego salí. Necesitaba un arma, pero no tenía nada con qué cortar. Lo único que pude coger fue un trozo de rama y un cristal procedente del avión. Eso era todo. Al menos, era algo. Continúe mi camino, más en silencio que nunca, temiendo encontrar al ser nuevamente. Lo que más temía era pasar una nueva noche. Decidí que, si tenía que hacerlo, lo haría durmiendo bajo la puerta. Esperaba no roncar... Comí una manzana y bebí agua del arroyo. Busqué algún recipiente más donde llenar agua, pero no vi nada. Decepcionado, seguí mi camino adelante. Quería conocer la isla, saber que contenía. Tras varias horas, llegué por fin a lo que era mi destino: un poblado.

Me quedé sorprendido al verlo. Estaba derruido y se notaba que hacía varios años que nadie vivía ahí. Sin embargo, era algo. Podía haber comida, documentos de qué había sucedido y quizá alguna barca para regresar a casa.

Me adentré en el poblado. No era muy grande, y estaba bastante destrozado por el paso del tiempo. Vi varias cabañas y entré en todas ellas. Encontré comida, pero salvo algunas latas en conserva, todo estaba caducado. Sustituí mi cristal y mi rama por un par de cuchillos oxidados y luego me entretuve leyendo un diario de una niña que no decía nada que ocasionara lo de aquel ser. Leía escondido, por si acaso aquel tipo reaparecía. Según el reloj, eran ya las cinco de la tarde. El cielo andaba con nubes grises, amenazando con llover. Comí una lata en conserva y guardé el resto en una mochila asquerosa que encontré. Al menos pude llevar también una jarra vacía y un par de vasos de cerámica. Tras andar lo suficiente, me quedé nuevamente de piedra. Pues frente a mí había un edificio moderno. Tuve la impresión de que era un laboratorio y no me equivocaba, pues al entrar, vi que el lugar estaba completamente destrozado y sucio. La entrada era una sala enorme, llena de escritorios. El suelo, antaño azul, estaba ahora lleno de polvo y suciedad, al igual que las mesas. Al revisar los cajones vi unos papeles que sin duda explicarían que sucedió. Empecé a leer los informes.



INFORME I

Los experimentos van bien, al menos por el momento. No hay casos secundarios. Los pacientes se toman el medicamento y vuelven a sus vidas normales.

Rectificación: Han transcurrido dos semanas y es ahora cuando los efectos secundarios toman fuerza. Tendremos que tomar serias medidas. Relataré todo en el siguiente informe.

Pero el siguiente informe no estaba. El resto de papeles hablaban sobre experimentos realizados a insectos y ratas, que murieron en el acto o al cabo del tiempo. Pero al parecer, aquel ser formaba parte de un proyecto que aquel laboratorio sin nombre (probablemente ilegal) estaba ejerciendo. Esta isla... ¿de qué parte del mundo sería? Entonces escuché pasos. Pasos y gemidos.

Los mismos que escuché anoche.

No tardé en esconderme. Me oculté bajo una mesa a toda velocidad, a la vez que escuchaba los pasos. Eran indudablemente pasos de zapatilla. Escuchaba los gemidos cada vez más y más cerca. Temblando como una hoja, esperé.

Tras lo que me pareció una eternidad, lo vi. Era un tipo similar, aunque no el mismo que la otra noche. Era de cabello muy rapado, casi calvo. Vestía de presidiario y su rostro era azulado y blanco como la leche a su vez. Tragué saliva. Le faltaban varios dientes. Caminaba lenta pero inexorablemente. Al principio pensé que solo pasaba por allí, pero pronto comprendí que no era casualidad que ese tipo estuviera ahí.

Entró en la estancia y se puso a buscar con la mirada a la vez que caminaba lentamente. Tragué saliva. Debí de haber hecho mucho ruido, porque no cesaba de buscar. Al cabo de un rato, se marchó. Menos mal que no le dio por mirar bajo las mesas.

Una vez hubo atravesado la puerta principal, suspiré de alivio. Debía tener más cuidado me dije. Necesitaba buscar más información, escapar de ahí y denunciar esto a la policía. A lo mejor había un sistema de comunicaciones por aquí... Sí, eso tenía sentido. Así podría contactar para que vinieran a rescatarme.

Animado por esa idea, salí a rastras de mi escondite. Busqué en los demás documentos informes interesantes, pero aparte de pruebas a sujetos, no describía qué demonios pasaba en esa isla. Sé que esos experimentos extinguieron los insectos e infectaron a la aldea, convirtiéndolos en quienes son ahora, pero no sabía qué clase de experimentos eran, ni como lograron eso. Supongo que eso sería información clasificada y no la iba a encontrar en recepción. Seguramente estaría en alguna sala de alta seguridad. De todas formas, tenía pruebas suficientes de que aquí pasaba algo turbio y oscuro.

Despacio, me encaminé hacia la siguiente sala. Era un pasillo estrecho con luces azules. Aún había electricidad por lo visto. Temía encontrarme con más criaturas y sin duda las encontraría, pero no podía echarme atrás. Debía continuar. Si no, moriría aquí. Hay veces en la vida en la que un hombre ha de jugársela. Y hoy era una de esas veces. Continué caminando hasta abrir la siguiente puerta. En realidad, estaba encajada. Esos tipos parecían tener un mínimo de inteligencia aún, pues sabían abrir puertas. Sería mejor andarse con cuidado.

Nada más acceder a la siguiente sala, vi que esta se encontraba a oscuras. No escuché gemido alguno, así que parecía estar bien. De todas formas fui prudente y no me fie. Caminé lentamente. No se veía nada. Cero. Y no tenía ninguna oportuna linterna ni mechero. Nada. No era como en las películas que el protagonista mágicamente saca justo lo necesario o lo encuentra a medio camino. Mucha suerte había tenido ya con los cuchillos, la comida y el agua. Cuchillo en mano, caminé lentamente por el oscuro lugar. Tanteaba a ciegas, tocando mesas, papeles y objetos que no supe identificar bien (¿una lámpara quizá? ¿o un vaso?). Fuera lo que fuere seguí caminando siempre en línea recta. Me topé con una puerta, pero estaba atascada y no se podía abrir. Escuché pasos.

Pero ningún sonido. Miré a todas partes, nervioso. No escuchaba gemidos pero si pasos arrastrando los pies, como esos tipos. Pero ¿por qué no gemía? Intentando averiguar de dónde provenía el sonido a la vez que tragaba saliva, comprobé que venía justo del otro extremo, unos metros más a la derecha de donde yo había estado antes. No parecía que me hubiera detectado, porque no lo escuchaba dirigirse hacia aquí, pero sabía que, en cuanto me moviera, en cuanto tratara de abrir esa puerta, el ser me localizaría. Y sería mi fin. Aquella puerta estaba atascada y no tenía forma de saber si habría otra. Solo podía hacer una cosa. Respiré hondo y procedí a realizar mi plan, del cual, estaba casi convencido de que fallaría. Si eso pasaba, tendría que salir de aquí, volver a la cabaña y crearme una balsa o algo. Y no es que yo fuera realmente hábil construyendo cosas. Esa era mi última opción. Esta era más arriesgada sí, pero más efectiva. La balsa podía hundirse y quedarme yo varado en el mar.

Me quité los zapatos. Era parte de mi plan para que no me oyera. Con los zapatos en mano, Caminaría despacio, sin hacer ruido hasta la pared del fondo de mi derecha y comprobaría si había otra puerta. Todo salió como esperaba, pero no había puerta alguna. Suspiré, apesadumbrado.

Ese fue mi error.

Escuché los pasos dirigirse hacia mí con decisión, mientras un grito agónico casi me rompe los tímpanos.

La criatura se abalanzó hacia mí como si su vida dependiera de ello. Yo sí que dependía de huir. El chillido aterrador me inmovilizó durante unos instantes, pero por fortuna pronto la necesidad de huir y salvarme me movió y corrí más de lo que creía capaz. Desde luego, cuando tu vida dependía de cuanto corrieras, uno corría lo que hacía falta.

Llegué hasta el único lugar que conocía: la puerta atascada. Solté los zapatos, La abrí de un empujón y la cerré. Al empujarla, esta cedió, que era todo cuanto necesitaba. Dos segundos más tarde escuché pasos fuertes y a la criatura que se estampaba contra la puerta, tratando de abrirla. En uno de sus esfuerzos, vi como agrietaba parte de la pared. Maldiciendo, coloqué una silla cercana en la puerta, pero comprendí que, si no me marchaba enseguida, en nada esa criatura estaría dentro. Y no estaba seguro de querer verla. La zona donde me encontraba era un pequeño pasillo estrecho iluminado. Lleno de cajas y tonterías. Al parecer, había zonas con luz. Abrí la siguiente puerta despacio, a pesar de desear con todas mis fuerzas hacerlo rápidamente, pues la criatura casi había conseguido entrar y se la escuchaba muy fuerte. Llamaría la atención. Sin mirar atrás, entré. La sala estaba aparentemente vacía. Había varias mesas y en ellas se encontraban tijeras, gomas, lápices y folios. Pero también sangre seca. Inmediatamente me agaché y caminé lentamente. Aquí también había luz, pero muy débil. El problema lo encontré al final.

Había un ascensor. Pero este ascensor se encontraba apagado y necesitaba de tarjeta para que funcionara. Resoplando, miré por las mesas pero no encontré nada. Los folios estaban en blanco. Los miré por si decían algo importante pero nada. Los cajones tenían tarjetas, pero ninguna era la adecuada y de todos modos solo encontré cuatro. Manda narices, pensé en ese momento. Tantas tarjetas y ninguna era. Entonces lo entendí. Estaba convencido de que la tarjeta me la dejé atrás. Entonces me percaté en que la criatura no había llegado hasta aquí. ¿Quizá no me vio más y se fue? Fui, con todo el miedo del mundo, a comprobarlo. Al mirar de reojo por la puerta, vi que la criatura ya no estaba. La puerta a la sala oscura se encontraba abierta. No podía arriesgarme a investigar si estaba la tarjeta. Miré si encontraba otra salida pero no. Suspirando de pesar, me arriesgué. Con ambos cuchillos, pasé a la sala oscura. No tardé en escuchar la respiración de aquella criatura. Tragando saliva me alejé y esperé. Un rato más tarde, ya no la escuché más. Busqué entonces la tarjeta y encontré dos. Fui a la otra habitación y ¡Sí! una funcionaba. No sabía si las otras tarjetas las necesitaría así que me las llevé todas. Un total de seis tarjetas. Entonces me subí al ascensor y le di a la planta última. Sin duda la más peligrosa, seguro. El ascensor era de cristal y podía ver todo lo de afuera.

Cuando el ascensor ya avanzaba, pude oír la puerta volar, la puerta que daba a la habitación que yo dejaba. Escuché el agónico sonido justo antes de pasar de planta. Casi muero de un infarto allí mismo. Miré por la ventana del ascensor. Vi el mar. Era hermoso. En cuanto saliera de la isla (si es que lo lograba) no saldría de casa por días. Finalmente llegué a mi planta. Al abrirse, me encontraba frente a una sala con cámaras de seguridad y en ella se encontraban un guardia de seguridad muerto y dos seres pálidos que me vieron. Gimieron y se dirigieron hacia mí. Yo los observé, muerto de miedo. Era mi fin.

Sin pensar, inmediatamente traté de volver abajo, pero recordé a la misteriosa y terrorífica criatura. No sabía qué hacer, pero tampoco tuve tiempo de pensar. Una de esas criaturas se abalanzó sobre mí, gimiendo. Chillando de pavor, hundí mi cuchillo en su corazón. Al hundirlo, el peso de la criatura cayó sobre mí y ambos acabamos en el suelo del ascensor, que se mantenía estático. Olí el aliento apestoso de la criatura. No era a muerte era... como algo podrido o en mal estado. Pero aquella criatura había estado viva hacía unos instantes. Ahora ya no. Solo era un peso muerto que debía quitarme de encima antes de que el otro ser me alcanzara. Arranqué el cuchillo y lancé el otro al ser, que lo esquivó apartándose vagamente a un lado. El repiqueteo metálico resonó en toda la estancia. Me quité al ser inerte y entonces se me abalanzó el otro, aunque yo ya estaba preparado y hundí mi otro cuchillo al tipo, hundiéndolo también en su corazón. Pronto dejó de moverse. Respiré hondo, aliviado. Me sentía un poco mejor. Había sido capaz de acabar con dos de aquellos monstruos, algo impensable para mí. Pero estaba hecho.

Me incorporé y caminé hasta la sala de control. Aparté al guarda muerto y lo dejé allí, aunque lejos de mí. Me daba mal rollo. Inmediatamente traté de tomar contacto. No pude. Por más que traté de comunicarme por un walkie que encontré o por una radio, nadie contestó. No quedaba nadie vivo en aquella maldita isla y ahora comprendía por qué. Suspiré, desesperado. Aquella había sido mi última esperanza. Solo me quedaba recoger un bote (si es que lo había) y salir pitando de ahí, pero el problema era el mismo: moriría mucho antes de llegar a mi destino.

Antes de que pudiera acabar mis cavilaciones, recibí un mensaje por radio. Enseguida me identifiqué y ellos prometieron que mandarían un helicóptero a la isla en una hora. Estaba salvado. No les dije lo de las criaturas. Solo que andaba perdido. Sabía que me tomarían por loco sino presentaba suficientes pruebas.

Aunque pronto tuve nuevos problemas. Eran dos, de hecho.

Primero: tenía que llegar hasta la orilla, ósea, mi refugio. Y ese lugar estaba plagado de bichos. Además, estaba aquella criatura infernal. No. No podía pasar otra vez por ahí. Era tentar demasiado a la muerte. No creía siquiera que mis cuchillos pudieran protegerme tanto. Si tuviera un arma de fue...

Claro. El guarda. Fui hasta él. No me creía la maldita suerte que tenía. Esto enlaza con el segundo problema. Creo que os lo imagináis.

Segundo: al acercarme al guarda, vi su arma enfundada. Seguro que tenía balas dentro y algún cartucho. Era un revolver pequeño. Siempre fui aficionado a las armas, aunque solo he disparado armas de juguete cuando niño. Fui a coger el arma cuando escuché dos gemidos a mi espalda. Sin poder creerlo, vi como ambos seres volvían a levantarse después de haberse llevado al menos veinte minutos muertos. Y lo peor era que entonces una mano me agarró de la pernera izquierda, tirándome al suelo violentamente, donde me golpeé. Aunque estaba mareado, pude ver al guarda levantarse con ojos inyectados en sangre, dirigiéndose hacia mí.

El guarda se abalanzó por mí y logró darme un duro mordisco en la pierna izquierda. Chillé de dolor y aquello me hizo despejarme y darle una patada al guarda con la otra pierna. No miré la herida, antes me abalancé por el guarda y le di dos patadas más a su cráneo, hasta que dejó de moverse. Por supuesto, sabía que no estaba muerto, pero al menos me dejaría tranquilo un momento. La pierna herida me falló, y enseguida tuve a los otros dos tipos de antes, que se abalanzaron sobre mí antes de que pudiera hacer nada. Uno me mordió el cuello, pero lo quité antes de que me lo desgarrara. El otro mordió un hombro. Me lo quité de encima y le di varias patadas. El otro se abalanzó sobre mí, pero logré esquivarlo y se estampó él solo contra la pared. Varias patadas más. Los otros dos comenzaban a levantarse. Tenía que huir. Pero necesitaba esa pistola. Cogí una taza de café que había allí y la lancé contra el guarda, el cual cayó de espaldas contra la mesa y tuve suerte de que se golpeara contra el pico. Esquivé el ataque del otro y le estampé la cara contra la mesa. Ya no tenía tanto miedo, pues había logrado enfrentarme a aquellas criaturas, pero me habían mordido y no sabía que pasaría ahora.

Cogí la pistola del guarda y le di un tiro a él y los otros dos. No volvieron a despertarse. Mis cuchillos estaban por el suelo. Los recogí. Me disponía a marcharme cuando me encontré cara a cara con una nueva criatura. Tenía el aspecto de un hombre joven y calvo, como si tuviera cáncer. Ojos blancos en su totalidad, uñas largas. Sus dientes eran sierras. Chilló y reconocí a la criatura como la que encontré antes de subir. Lo apunté con el arma y disparé dos veces antes de que la criatura me empujase contra la pared y se abriese un boquete de la fuerza. Antes de que lograra comerme, sin embargo, cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Resulta que uno de esos disparos logró acertarlo en su abdomen. Inmediatamente apunté a su cabeza, pero la criatura me esquivó a gran velocidad, desapareciendo de la estancia.

¿Adónde había ido? No lo sabía y tampoco quería saberlo.

Salí del lugar hasta la planta de antes, sangrando. Esperaba no enfermar. Seguí adelante. No vi a la criatura por ninguna parte. Volví a recepción y me detuve a inspeccionar el lugar. Seguía vacío. Recogí varios informes que me ayudarían a explicar las heridas y también a demostrar que yo tenía razón. Entonces caí en la pistola y miré las balas que tenía. Con el cargador extra el policía, aún me quedaban diez balas. Esperaba no tener que usarlas.

Salí al poblado y me encaminé hacia mi cabaña. Comí algo durante el camino y bebí. Era raro, pensé. El lugar ultra moderno que encontré estaba plagado de esas criaturas, aunque abandonado y el resto de la Isla parecía desierta. Entonces lo comprendí. Esas criaturas solo salían en la oscuridad. Y el edificio estaba rodeado de oscuridad.

Llegué sano y salvo a la cabaña. Allí me esperaba un helicóptero. Les enseñé los informes, ellos lo leyeron y volví a casa. No encontraron a los causantes, pero sí supieron quiénes eran: una organización terrorista nueva, fundada hacía menos de cuatro años. Cogieron a una aldea pobre y desconocida por el mundo y les prometieron cosas y los usaron como ratas de laboratorio. Los convirtieron en monstruos, en busca del programa "Guerrero perfecto" para usarlo en una guerra y dominar todos los países posibles, a ser posible, el mundo entero y ser dictadores. Si bien no pescaron a la organización, dos o tres fueron encontrados por ahí, que no lograron ocultar del todo sus huellas, pero ninguno más fue a prisión. Por mi parte, recibí una trágica noticia: esas heridas eran infecciosas. Me convertiría en una de esas cosas al cabo de unos meses. Por tanto, tras mucho meditarlo, he decidido poner fin a mi vida. Estas son mis últimas palabras hacia ti lector. Con mi inevitable muerte (a menos que logren hallar una cura, cosa que dudo, pues me queda menos de un mes y ya noto algún síntoma, como ganas de comer gente, aunque lo controlo) pretendo evitar que esos seres inunden la Tierra.

Hasta siempre.



Notas Después de la muerte del autor:

No lo logró. Aunque murió, mediante eutanasia, se transformó e inmediatamente mordió al doctor. Nadie lo esperaba. Para cuando logramos matarle, ya había infectado a más de diez personas, que deben decidir qué hacer. Pero vivir no es una opción para ellos. DEBEN morir, para preservar la paz.

Yo me encargo de eso.

domingo, 1 de octubre de 2023

WENDIGO

 

Era finales de noviembre cuando un grupo de cuatro amigos viajó hacia un modesto hotel en Sierra nevada para pasar un fin de semana divertido. Lo que no sabían es que sería el fin de semana más aterrador de sus vidas. Se llamaban Rodrigo, Carla, Rubén y Miranda. Todos tenían la misma edad: dieciocho y estudiaban en diferentes universidades.

Iban en el coche de Rodrigo, un chico alto, de cabello castaño y ojos verdes. Miranda, la copiloto, tenía el cabello negro como la noche recogido en una coleta sencilla y ojos azules mientras que Carla tenía el cabello castaño corto y ojos marrones. Rubén tenía el pelo negro corto y ojos del mismo color que Miranda.

Los cuatro llegaron al parking del hotel, aparcaron y entraron al hotel. Hicieron el checking y subieron a su habitación.

El hotel era impresionante: había una sala de juegos, así como una pequeña sala común con sofá y televisor. Ellos habían alquilado dos habitaciones. Ambas idénticas. Una cama de matrimonio en medio del cuarto y un baño. Eso era todo. Dado que hacía frío, todos llevaban ropa de abrigo y botas. Dejaron sus cosas en la habitación y salieron a disfrutar el día.

Esa noche, los problemas comenzaron.

Ya habían cenado. Eran las once de la noche y Rubén y Carla se encontraban en la sala común. Dado que todos los del hotel se habían acostado ya, ellos eran los únicos que se encontraban en la sala común. Miranda y Rodrigo se hallaban en la habitación de las chicas.

La noche imperaba afuera. Salvo por el sonido del televisor, el cual tenía puesta una película, el silencio reinaba en el hotel y en las afueras. En un momento dado, Rubén pegó un bote y Carla lo miró interrogante.

Creo que he visto algo en la ventana — dijo él.

Es tu reflejo — contestó Carla —. Entiendo que te asustes.

Él la miró con cara de pocos amigos mientras ella contenía la risa. Siguieron viendo la película y, cuando terminó, dado que ya era la una de la mañana, decidieron acostarse. Habían decidido ir a esquiar al día siguiente. Salieron de la sala común y apagaron la luz. El hotel quedó en absoluta penumbra. Al avanzar por el pasillo, vieron que las luces no encendían.

Qué raro — dijo Carla.

Se habrán fundido. Es tarde, mañana informaremos a recepción.

Ella asintió y continuaron andando, camino a su habitación. Entonces, Carla se detuvo y dijo:

Espera Rubén, voy a ir a por agua.

El agua estaba en el bar del hotel, abierto veinticuatro horas.

Rubén accedió a acompañarla y juntos bajaron por las escaleras. La recepción estaba vacía, naturalmente, pero vieron que el bar si tenía luz. Mejor dicho, las bombillas parpadeaban, cual película de terror, como si estuvieran luchando por mantenerse encendidas, perdiendo la batalla. Allí, ambos jóvenes ahogaron un grito.

El chico de la recepción, un hombre que tendría alrededor de treinta años con el cabello rubio, se hallaba muerto. Su cuerpo estaba sentado, con la cabeza apoyada en la barra y los ojos muy abiertos, sin iris. Además, alguien o algo le había desgarrado la garganta.

¿Qué animal puede hacer algo así? — la voz de Carla temblaba.

Rubén no dijo nada, porque sencillamente no le salían las palabras. Estaba mudo de horror. Al avanzar por el bar, descubrieron que aún quedaban personas que, hace un rato, habían estado vivas tomando una copa pero que ahora se hallaban tirados en el suelo en medio de un charco de sangre. Sangre fresca. Con la garganta desgarrada. A algunos les habían arrancado una extremidad.

Lo vieran como lo vieran, era un espectáculo grotesco.

Fue entonces cuando notaron un movimiento en la sala.


Rodrigo y Miranda se hallaban en la habitación del hotel. Cualquiera pensaría que se estaban besando o teniendo sexo, pero lo cierto es que simplemente estaban hablando. Ella sentada en la cama, él en el suelo. Ambos bebían un refresco. Fue entonces cuando ambos escucharon lo que parecía ser un gemido.

¿Has oído eso? — preguntó Rodrigo.

Ella asintió. Los dos salieron de la habitación al pasillo. Estaba a oscuras. De repente, la luz de su habitación se apagó. Rodrigo intentó encenderla, sin éxito. Se había fundido. Afuera en el pasillo, todo estaba en calma. Una calma muy inquietante, pensó Miranda, intranquila. Decidieron bajar a recepción para informar del problema, pero cuando se disponían a bajar, oyeron un grito. Provenía de la tercera habitación situada a la izquierda de ellos. Rápidamente, se posaron delante de la habitación y Rodrigo trató de abrir la puerta, sin éxito. Se detuvo entonces porque ambos amigos escucharon lo que parecía ser un gruñido. Ambos quedaron inmóviles. ¿Qué había tras esa puerta? Acto seguido lo que quiera que estuviera tras el otro lado embistió contra la puerta, agrietándola y permitiendo a ambos amigos ver un trozo de la habitación. Vieron algo de sangre seguido de un ojo felino que los miró con furia, inyectado en sangre.

Miranda y Rodrigo pusieron pies en polvorosa al tiempo que la criatura daba otra embestida y terminaba de romper la puerta. Oyeron un rugido y al darse la vuelta, Miranda vio lo que los perseguía.

Parecía humano, pero no lo era. Sus brazos y piernas eran largos y delgados, casi en los huesos, igual que su torso. Sus dedos eran garras, no tenía un ápice de pelo e iba desnudo. No sabía si era hembra o macho. Sus dientes parecían cuchillos y sus orejas eran picudas. Su piel era blanca como la leche. Y corría a cuatro patas a una velocidad vertiginosa.

Los dos amigos bajaron las escaleras y el ser dio un gran salto y se posó delante de ellos. Rugió. Ambos quedaron inmóviles. Miranda podía oír los latidos de su corazón, desbocado, sentir la boca seca y las gotas de sudor, tanto de agotamiento como de terror, surcar su frente y resbalar por la mejilla y el mentón. Notó seco los labios y rígidos los brazos y las piernas. Era la pura definición del horror. El ser los escrutó con una mirada de puro odio. Habían interrumpido su banquete y ahora iban a pagar por ello.

¿De dónde ha salido esta cosa? Se preguntó Miranda.

Y justo cuando la criatura iba a atacarlos, una gran lengua de fuego lo atravesó, haciéndolo chillar de dolor. El calor golpeó a ambos amigos en la cara. Segundos más tarde, acabó inerte en el suelo, calcinado de pies a cabeza.


Rubén y Carla solo vieron una sombra pasar.

¿Qué ha sido eso? — preguntó una atemorizada Carla.

Rubén respondió que no lo sabía y decidieron regresar a la habitación. El miedo los atenazó. No se oía un murmullo. Solo silencio. Un silencio que les puso los pelos de punta a ambos.

Llamarían a la policía e informarían del genocidio. Si, eso harían. Luego avisarían a sus amigos y se marcharían esa misma noche. Pillarían un taxi o lo que pudieran, no importaba el precio. Solo querían salir de allí cuanto antes.

Pero cuando llegaron a la planta de arriba, ambos se quedaron petrificados. Los dos amigos escucharon “algo” en la sala común. Al ir a investigar, descubrieron que una de las ventanas estaba rota y había cristales rotos por la sala. Y delante de ellos, había una criatura alta, de aspecto un tanto extraño, sin un ápice de pelo y con dedos que eran garras. Estaba de espaldas a ellos, parecía desnutrido y no tenía ropa. Carla y Rubén tragaron saliva y se miraron, con el terror escrito en la mirada. Sin mediar palabra, los dos decidieron regresar a la habitación. Sin apartar la vista de la criatura, ambos caminaron de espaldas muy despacio, intentando evitar el mínimo ruido que pudiera alertar a la criatura.

Dieron algunos pasos hacia atrás y todo parecía ir bien, hasta que Rubén expulsó aire, tras haberlo contenido tras tanto tiempo.

Eso fue suficiente.

Inmediatamente, la criatura se volvió, mostrando unos inmensos ojos negros inyectados en sangre y dientes que parecían cuchillos. El ser rugió y se abalanzó sobre la pareja, quien echó a correr y entró rápidamente en la habitación. Se apartaron de la puerta y segundos más tarde, la criatura embistió contra la esta, agrietándola.


Un hombre que tendría unos cuarenta años, con el pelo largo negro y ojos azules, vestido con vaqueros y abrigo marrón, sostenía un lanzallamas con ambas manos. Él había salvado a Miranda y Rodrigo.

Gracias — dijo tímidamente Miranda.

¿Qué era esa cosa? — preguntó asustado Rodrigo —. ¿Y quién es usted?

El hombre contestó:

Me llamo Alberto. Y esa cosa era un wendigo.

¿Un qué? — preguntaron ambos amigos al unisono.

Ahora no hay tiempo para explicaciones, debemos rescatar a vuestros amigos y salir de aquí. Los wendigos han salido demasiado pronto.

¿Demasiado…?

Pero Miranda no pudo acabar la frase, porque Alberto subía ya las escaleras. Sin querer quedarse a solas en un hotel infectado de wendigos e indefensos, ambos amigos siguieron a su salvador, regresando al pasillo.


El wendigo atrapó su cabeza en la puerta y gritó de furia. Un impulso más y entraría. Desesperada, Carla miró alrededor y vio los palos de esquí que iban a utilizar al día siguiente. Movida por la desesperación, agarró ambos y los clavó en la cabeza de la criatura, quien se separó de la puerta gimiendo de dolor al tiempo que soltaba un charco de sangre negra. Segundos después, volvió a reinar el silencio.

Ambos amigos salieron al pasillo, donde comprobaron el cuerpo sin vida de la criatura.

Escucharon pasos y ambos amigos se pusieron tensos otra vez. Pero enseguida vieron que eran sus amigos. Y alguien a quien no conocían. Tras comprobar que estaban bien, el hombre se presentó como Alberto y los llevó a la sala común, donde los chicos se sentaron en el sofá. Alberto cerró las puertas y ventanas y atrancó la puerta con una mesa de billar que hizo mucho ruido al ser arrastrado por él y por Carla y Rubén. Luego, Alberto procedió a hablar:

Esos seres pálidos que habéis visto ahí afuera se llaman Wendigos. Y han matado a todo el hotel.

Joder — dijo Miranda.

Alberto prosiguió:

Según las leyendas, los wendigos son personas que consumieron carne humana en un estado de desesperación y como tal, fueron poseídos por el espíritu del wendigo, que transforma su aspecto en un híbrido entre humano y el verdadero aspecto del demonio. Son tan fuertes como veinte hombres y más rápidos que los leopardos. Un solo golpe suele ser mortal.

Paró un momento para que sus palabras calaran. Y vaya si lo hicieron. Los cuatro amigos estaban aterrorizados, mudos. Alberto continuó:

En algún momento, hace un año, algún excursionista se perdió en la nieve y se rindió al canibalismo. Creo que llevaba casi un mes sin comer. Ya no pensaba con lógica o raciocinio. En algún momento, el demonio lo poseyó. Creo que, a diferencia de la cultura popular, estos hibernaron o buscaron otro lugar. Pero esta noche han regresado. Ya creí que no lo harían.

Normalmente, esta sería una historia para no dormir, y los cuatro amigos no le creerían al hombre. Pero lo que habían visto era prueba más que suficiente. Alberto dijo:

Los wendigos solo cazan de noche, pero de día también son peligrosos. Tratemos de pasar la noche aquí. Por la mañana marchaos. Y no volváis nunca. Yo cazaré a los restantes.

¿Cómo va a cazar esas cosas usted solo? — protestó Miranda, preocupada.

¿Qué le dirá a la policía? — preguntó Rodrigo.

Alberto les dirigió una mirada muy seria antes de responder:

La policía ya sabe sobre los wendigos. Ellos me ayudarán a cazarlos. Pero con la oscuridad no vendrán. Es demasiado incluso para ellos. Los wendigos pueden llegar a ser más rápidos que una bala. Si bien su vista es deficiente, tienen un oído excepcional y pueden utilizar la ecolocalización. Mucho ojo.

Terminadas esas palabras volvió a reinar el silencio nuevamente. El reloj de la pared apenas sí marcaba las dos de la mañana. Faltaban cuatro horas para que despuntara el alba. Un tiempo demasiado extenso a merced de lo que parecían ser los cazadores definitivos. Había máquinas expendedoras con comida y agua, pero no había baño en la sala común. Lejos de molestarse, los chicos agradecieron eso. Eran menos recovecos que vigilar. Tuvieron que hacer sus necesidades en cubos de basura, pero se aguantaron. Solo sería por esa noche y no por muchas horas. O sí, dadas las circunstancias.

Durante la hora siguiente, Alberto no despegó ojo de puertas y ventanas, mirándolas constantemente y apoyado por los cuatro amigos. Carla agarró un palo de billar e igual hicieron sus amigos. Eran todas las armas con las que contaban. El hombre llevaba su lanzallamas, además de un cuchillo y un pequeño revolver, pero nada más. Alberto le cedió el cuchillo a Miranda, que era la única que no llevaba ninguna clase de arma.

Así pasó una hora. Todo en el más absoluto silencio. No se oía nada. Los móviles tenían cobertura, pero no llamaron. Alberto les dijo que no serviría. La policía aparecería al amanecer para ayudarlos y si venía alguien más, lo sentenciarían a muerte. A la segunda hora, escucharon un grito y luego silencio. Y cuando el reloj dio las cinco de la mañana, vieron pasar a un wendigo por el pasillo. Todos se ocultaron en el sofá y trataron de contener la respiración. El wendigo se movía relativamente despacio y a cuatro patas, olisqueando el aire. Se dio la vuelta y miró en dirección al salón. Se acercó. Los chicos tragaron saliva, aterrados y todos pensaron lo mismo: ¿los habría detectado la criatura?

Pero finalmente, el ser se fue por donde había venido y todos respiraron, aliviados.

Y de repente sucedió.

De una de las ventanas, un wendigo la atravesó, asustando a todos, que dieron un respingo. Miles de cristales rotos volaron y acabaron en el suelo. Con unos reflejos impresionantes, Alberto apuntó al wendigo con el lanzallamas y disparó. La criatura chilló, pero pronto fue pasto de las llamas. Entonces otro wendigo (Miranda sosopechaba que el mismo de antes) trató de atravesar la puerta, pero al haber colocado la mesa de billar a modo de barricada, esta solo tembló un poco.

Oyeron más rugidos.

¿Qué ha sido eso? — el miedo apareció en la voz de Rodrigo y nadie pudo culparlo.

Wendigos — dijo Alberto —. Maldita sea, pronto habrá una docena o más de ellos aquí.

Tenemos que huir — dijo Miranda, presa del pánico.

Carla y Rubén miraron por los alrededores, buscando una salida. No encontraron ninguna. Las ventanas estaban en un segundo piso, si saltaban, podían matarse o, como poco, doblarse algún pie, lo que significaría una muerte segura dadas las circustancias. Lo pensaran, como lo pensaran, estaban atrapados entre la espada y la pared.

No había escapatoria. Pronto, aparecieron más wendigos. No fueron una docena, pero Carla los contó: eran, junto con el primero, ocho wendigos. Todos ellos aterradores. Juntos, golpearon nuevamente la puerta y esta cedió. Uno o dos empujones más, y entrarían.

Y entonces, Miranda dio con la clave. Vio una escalera de mano al lado de la puerta. Demasiado cerca. Demasiado peligroso. Pero tal vez, su única oportunidad. Así se lo hizo saber a los demás:

Si usamos esa escalera, podemos bajar por la ventana sin matarnos, es lo bastante grande.

Llegaba casi hasta el techo. No era muy seguro, pero era la única oportunidad. Aunque no estaba convencidos, un empujón más de esas criaturas los terminó de convencer y Alberto dijo:

Cógela, yo los contendré como pueda.

Miranda y Rubén agarraron la escalera, cada uno por un lado justo cuando notaron que la mesa de billar cedía hacia atrás hasta caerse al suelo, formando un gran estruendo. La puerta se entreabrió y oyeron rugidos de jubilo.

¡Rápido! — exclamó Rodrigo.

Con la tensión por las nubes, ambos amigos arrastraron la escalera hasta la ventana rota. Pisaron los cristales, que crujieron y eso llamó la atención de los wendigos. Uno de ellos atravesó la puerta y fue recibido por la calurosa bienvenida del lanzallamas de Alberto. Miranda y Rubén colocaron con cuidado la escalera, que pisó la nieve y entonces apremiaron a los demás para que bajaran. Primero fue Carla, seguida de Rodrigo y Rubén. Soltaron los palos. Y cuando solo quedaba Miranda, estaba tembló de terror. Porque dos wendigos al unísono lograron rebasar la puerta (los que quedaban). Uno fue abolido por el lanzallamas, pero el otro logró agarrar a Alberto, quien gritó de dolor cuando la criatura, de un mordisco, le arrancó la yugular y luego, de un tirón, arrancó violentamente su cabeza, que salió rodando por la sala. El lanzallamas salió despedido a los pies de Miranda. Sin pensarlo, lo asió con firmeza. Era pesado. El wendigo que había asesinado a Alberto se giró hacia ella. La había oído. Su barbilla y su boca goteaban sangre fresca. Una escena espeluznante. El wendigo rugió y se abalanzó sobre Miranda, quien habría muerto de no ser porque activó en el último segundo el lanzallamas, quien dio de lleno a la criatura y acabó en el suelo retorciéndose de dolor. Miranda intentó disparar de nuevo, presa del pánico, pero la munición se había terminado. Tiró el lanzallamas (ya inservible) y bajó por las escaleras.

Cuando llegó con sus amigos, retiraron la escalera, la dejaron caer al suelo y huyeron. El amanecer empezaba a despuntar. Delante de ellos se extendía la carretera. Si seguían a buen ritmo, en menos de una hora llegarían al pueblo de abajo. Quizás ahí pudieran pedir ayuda.

Los demás wendigos los siguieron. Saltaron por la ventana y aterrizaron en el suelo como si nada. Los persiguieron. Los chicos, presa del pánico, apuraron todo lo que pudieron. Nunca habían corrido tan rápido en su vida. Ni siquiera el cansancio los detuvo. La adrenalina y el instinto de supervivencia fue suficiente para mantenerlos corriendo. Sin embargo, las criaturas los rozaban. Uno dio un zarpazo que rasguñó levemente a Carla, quien gritó y corrió todavía más deprisa.

Bajaron por la carretera, que hacía pendiente hacia abajo y además, nacía una curva bastante empinada y peligrosa. El cielo era cada vez más claro, pero hasta que el sol no hubiera salido por completo, los wendigos no se detendrían. Aún les faltaba mucho para estar verdaderamente a salvo.

Miranda no podía quitarse de la cabeza la muerte de Alberto. Había sido sangrienta, rápida, inesperada y cruel. Tragó saliva mientras las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos. Se las aguantó. No era el mejor momento para llorar. Ya lo haría luego. Primero tenían que ponerse a salvo y asegurarse de que nadie más moría.

Así, tras lo que les pareció una eternidad, llegaron al pueblo. Los wendigos aún los seguían. Allí vieron los coches patrulla. Ellos, al ver a los wendigos, sacaron las armas. Las balas inundaron el aire, las cuales sonaron como petardos. Hicieron falta varias balas para matar a un solo wendigo. Los eliminaron a todos, aunque hubo bajas.

Rápidamente, le contaron todo a la policía y, una hora más tarde, cuando ya el cielo quedó alumbrado por la brillante luz del sol, los policías se adentraron en el hotel. Hicieron falta traer a los SWAT para poder eliminar a los wendigos que quedaban, que eran tres. El resto se había marchado. También se aseguraron de que no quedaran más por el pueblo. Tomaron declaración a los cuatro amigos y los dejaron ir.

Pero ninguno de ellos olvidó los horrores vividos ese día. Nunca volvieron a pisar ese lugar. Miranda fue la única que decidió investigar sobre los wendigos. Al mirar noticias pasadas, descubrió que un grupo de excursionistas se perdió en las montañas de Sierra Nevada y jamás regresaron, hacía ya dos años.

Esa era su explicación. Seguramente, no fueron los primeros wendigos, pero si los primeros en atacar aquel hotel. Y ellos habían tenido la mala suerte de estar ahí ese día.

Ya habían transcurrido dos semanas desde el incidente y la masacre del hotel estaba en boca de todos y de la televisión. Una agotada Miranda se acostó en la cama, dispuesta a dormir, pues ya era de noche.

No vio al wendigo asomado a su ventana.

viernes, 15 de septiembre de 2023

ARADIA

 

Era viernes 13 de Octubre. Juan estaba tumbado en su cama cuando de pronto, el timbre sonó Se levantó, ansioso. A pesar de tener diecisiete años y considerarse así mismo un adulto, todavía se ponía nervioso cuando llegaban visitas nuevas. Y más aún la de Vanessa, la chica de dieciocho años de su instituto. La chica de sus ojos, la cual era animadora y estaba finalizando sus estudios.

Por toda ropa, Juan llevaba vaqueros y camiseta azul. Se calzó las deportivas y salió de su cuarto a tiempo de ver, al pie de la escalera, como en el rellano su madre, Sara, abría la puerta principal.

Entonces pudo ver a Vanessa entrando en su casa. Llevaba vaqueros y camiseta roja de tirantes. Su cabello negro caía en una cascada de rizos sobre su espalda. Los labios de ella dibujaron una sonrisa al verle y lo saludó.

Vanessa y él llevaban saliendo aproximadamente un mes. Se conocieron el año pasado y entablaron amistad a los pocos meses. Aunque a Juan le pareció increíble, ella se fijó en él.

Ver el pelo de Vanessa le hizo pensar en el suyo, negro también y algo revuelto de haber estado tumbado en la cama.

Juan bajó al rellano, y vio a su madre. Las dos mujeres de su vida, juntas en una misma habitación. Sara era alta, al menos 1,70 con el cabello rubio y los ojos azules. Por ropa llevaba un vestido negro muy elegante. No por nada, pues esa noche, ella y el padre de Juan, Miguel, saldrían.

Hola, cielo — saludó tímidamente Vanessa.

Hola — respondió él, más tímido si cabía.

Entonces hizo acto de presencia Pedro, el hermano de Juan. Pedro tenía el cabello negro lleno de rizos y por toda ropa llevaba un chándal. De altura, ambos hermanos medían exactamente lo mismo: 1,68 mientras que Vanessa medía incluso más que Sara, alrededor de 1,75. Tras saludar, llegó Miguel, un hombre alto y delgado, vestido con pantalón de vestir negro y camisa azul.

Bueno Vanessa, encantada de tenerte aquí — dijo Sara.

Chicos, portaos bien — dijo amablemente Miguel.

Se despidieron y los chicos por fin pudieron tener la casa sola.

Que bien que vuestros padres hayan salido a celebrar su aniversario — sonrió Vanessa.

Si, si, es cierto — respondió Juan.

Una pena no haberme ido con ellos ¿eh? — rio Pedro.

Tío, la única razón por la que he podido quedar aquí con Vanessa es porque estás tu —dijo molesto Juan.

¿Debería daros intimidad…?

Pero antes de que Juan pudiera responder, Vanessa se le adelantó:

En realidad… he pensado que podríamos jugar a un juego de mesa los tres. O ver una película.

Me parece bien — dijo Juan.

Y era cierto. Solo llevaban saliendo un mes. Era poco tiempo y no quería forzar a su pareja a hacer nada con la que se sintiera incómoda. Tampoco había prisa pensó. ¿Porqué habría de haberla? La noche pintaba realmente bien y su hermano no le resultaba una molestia realmente. Así pues, los tres bajaron al sótano de la casa donde vivían, pues allí los padres de Juan y Pedro tenían varios juegos de mesa. Allí, encontraron una Ouija.

Que mal rollo — dijo Juan.

¿Creéis en esas chorradas? — dijo Vanessa con una risita que sonaba a burla.

Yo no — respondió Pedro.

Pero Juan seguía sin mostrarse convencido, así que Vanessa dijo:

Venga, que no va a pasar nada. Esas cosas no son reales.

Bueno…

Aún sin estar convencido del todo, Vanessa y Pedro se lo tomaron como un sí y los tres subieron al salón, colocaron el juego en la mesa, se sentaron alrededor y abrieron el juego.

El tablero consistía en el abecedario escrito con letras negras que pusieron la piel de gallina a Juan. Un pequeño vasito de plástico venía con el juego.

¿Y cómo va esto? — preguntó Juan, cuyos nervios iban en aumento.

Pues — dijo Pedro —, supongo que habrá que usar el vaso y preguntar a un espíritu que haya en la casa o algo así…

Aquí no hay fantasmas — dijo Juan —. Es más, los fantasmas no existen.

Vamos a averiguarlo — dijo Vanessa, divertida.

Ella cogió el vaso, lo colocó en la “A” y preguntó:

Hola, ¿hay algún espíritu ahí?

De pronto, la mano de Vanessa se movió hasta la S y luego hasta la I.

Vanessa, deja de hacer…

El tonto iba a decir Juan, pero cuando vio la expresión de horror de ella, supo que no bromeaba. Y lo sabía porque era la misma expresión que puso cuando fueron asaltados por un ladrón hacía tan solo dos semanas. Por desgracia, el ladrón les robó y no recuperaron el dinero.

Y así supo que la cosa era seria.

Vale, hay que terminar ya.

Se levantó, decidido y trató de separar la mano de ella del vaso. Pero comprobó, horrorizado, que la mano de ella estaba adherido al vaso. Como si fuera pegamento.

Tiró de ella, inútilmente. Pedro, viendo que había algo raro, preguntó:

¿Qué hacéis? Parad ya…

Entonces, todos los muebles del salón comenzaron a temblar. La lampara de noche se alzó, la televisión se encendió en estática y las luces parpadearon.

Si es una broma, esto no mola — masculló Pedro, quien se veía visiblemente nervioso.

Juan miró hacia todos lados, nervioso. Luego miró a Vanessa, cuya mano empezó a moverse rápidamente por las letras del tablero, formando una frase:


MI NOMBRE ES ARADIA. GRACIAS POR LIBERARME”.


Finalmente, no supo cómo, Juan pudo retirar la mano de Vanessa del vaso. Y fue entonces cuando de este, salió un torrente negro que se introdujo en la boca de Vanessa. Esta soltó un chillido que expulsó a Pedro y Juan contra el suelo. Juan cerró los ojos un momento y, al abrirlos, quedó petrificado.

Porque quien estaba delante de ellos ya no era Vanessa. Juan lo supo al instante:

Sus ojos sin iris, completamente negros, su rostro furioso. Gruñó. Pero no era el gruñido de ningún animal. Más bien, parecía un gruñido sobrenatural. Rugió y, a supervelocidad, subió las escaleras, dio un portazo en alguna habitación de la casa y luego silencio.

Pedro y Juan se miraron, todavía hiperventilando. Pedro tragó saliva y trató de tartamudear algo, pero no le salió. Juan dijo:

Me parece que hemos liberado a un demonio.

¿Tu crees? — preguntó Pedro, sarcástico.

Los dos hermanos se incorporaron con lentitud. La habitación no tenía destrozos, pero sin duda ese rugido podría haber alertado a los vecinos. Juan comprendió que tenían que librarse del demonio cuanto antes. Sobre todo, antes de que llegaran sus padres y les echaran la bronca. O acabaran muertos.

Vale, tengo una idea — dijo Juan.

Sacó el móvil.

Excelente idea — dijo sarcástico otra vez Pedro —. Miremos instagram. O tik tok. O, ya que estamos, ¿Porqué no nos hacemos un selfie con la demonio?

Voy a buscar algún exorcista, imbécil.

Ah… ¡No me llames imbécil!

Aunque los hermanos podían pasarse horas discutiendo, aquel no era el momento y Juan lo sabía. Buscó exorcistas en google. Pero entonces, cuando iba por la tercera página, apareció un mensaje de error y Juan descubrió que ya no tenían conexión. Le pidió a su hermano que mirara si tenía conexión, pero tampoco él la tenía. El aparato de wifi estaba situado en la planta de arriba.

Genial, ha desconectado el internet — dijo Juan.

¿Esa cosa sabe lo que es el internet?

Quizá no, pero, probablemente esté destrozando todo.

Muy bien genio, ¿y ahora qué hacemos?

Irnos. Buscar ayuda. Tal vez algún cura o algo no sé… hay una iglesia cerca.

A Pedro le agradó la idea de salir de una casa gobernada por un demonio. Así pues, trataron de abrir la puerta principal. Excepto que no pudieron. Estaba fuertemente sellada.

¿También ha bloqueado las puertas? — exclamó asustado Pedro.

Quizá si rompemos una ventana…

Juan sabía que se llevarían el castigo del siglo si hacían eso, pero no se le ocurrió otro plan mejor. Tenían que salir de la casa y buscar ayuda.

Golpeó la ventana con la silla, pero esta no se rompió. De alguna manera, el demonio los había atrapado dentro con él.

Juan trató de serenarse: estaban atrapados con un demonio poseyendo el cuerpo de su amiga, y estaban incomunicados.

No, desde luego, esto no pinta bien.

Solo les quedaba enfrentar ellos mismos al demonio. No era la mejor idea pero ¿qué otra elección les quedaba? Aunque tampoco tenían idea de como exorcizar a un demonio, Juan si tenía algunas cruces y agua bendita que su madre había comprado. Esperaba que eso bastara para exorcizar al demonio. O al menos, contenerlo lo suficiente como para que les dejara escapar.

Así pues, en el sótano, Juan recogió dos cruces: una para él, y otra para Pedro y un bote de agua bendita, el único que tenían. Lentamente, subieron las escaleras para la segunda planta. Allí, notaron la puerta del cuarto de ambos hermanos entreabierta. Se dirigieron hacia allí.

El demonio en el cuerpo de Vanessa se giró rápidamente. Los miró fijamente y su mirada los asustó. Juan sabía que esa mirada lo acompañaría en sus peores pesadillas. Alzando ambos hermanos la cruz, la colocaron a modo de defensa, pero el demonio pronto les dio una manotazo a tal velocidad, que ninguno de los dos vio venir el golpe. Las cruces salieron desperdigadas al tiempo que el demonio rugía. Presa del pánico, Pedro intentó huir, pero la puerta de la habitación se cerró un fuerte portazo.

Estaban atrapados.

Por puro instinto, Juan lanzó todo el frasco de agua bendita a la cara del demonio. Este rugió de dolor y cayó al suelo. Rápidamente, Juan recogió las dos cruces y las pegó en el cuello y pecho del cuerpo de Vanessa. El demonio rugió de dolor, mientras Juan trataba de mantener inmóvil al ser.

¡Libera el cuerpo de mi novia y vuelve al Inframundo!

El demonio rugió nuevamente y un torrente de oscuridad salió de la boca de Vanessa, escapando por la rendija de la ventana de la habitación.

Juan cayó al suelo, respirando con dificultad. Pedro hiperventilaba. Vanessa se había quedado dormida, con el cabello y el rostro mojados del agua bendita. Ella despertó unos minutos después, y preguntó:

¿Qué ha pasado?

Se hallaba tumbada en la cama de Juan.

Un demonio poseyó tu cuerpo — le dijo Pedro.

¿Qué?

Le explicaron lo sucedido. Al principio, Vanessa no les creyó, pero poco a poco fue recordando.

El espíritu habrá regresado al Inframundo ¿no? — preguntó Vanessa.

Los tres se miraron, intranquilos. Lo cierto es que el demonio, llamado Aradia, salió del cuerpo de Vanessa, pero nadie podía asegurar que hubiera regresado al Inframundo.

El demonio tampoco causó demasiado destrozo. El router cayó y se desconectó, pero nada más. Aparte, se cargó algunos cajones y libros.

Con el regreso de Internet, Juan buscó sobre Aradia. Se quedó petrificado al ver que no habían liberado a cualquier demonio. Se trataba de un demonio mayor.

La hermana de Lucifer.

martes, 22 de agosto de 2023

LA DONACIÓN

 

Era ya tarde cuando Robin se presentó en la consulta médica. La noche ya había caído. Robin consultó su reloj: eran las nueve menos diez de la noche. Una noche sin estrellas y de luna llena. Ese día había donación de sangre y él era donante desde hacía ya tres años. Robin tenía treinta y tres años, era calvo, con ojos color avellana. No tenía cuerpo fornido, ni siquiera iba al gimnasio, y tenía algo de barriga. Ese día llevaba sudadera y pantalón de chándal. Faltaban tan solo diez minutos para que concluyera el tiempo que tenían los voluntarios para donar sangre.

Robin llamó a la puerta y escuchó la voz de la médico:

Adelante.

La voz de la médico sonó cansada. Robin pasó y entró a la consulta, una habitación blanca, con paredes del mismo color. Era un poco chocante, salvo por el suelo, que era gris.

La consulta era pequeña, tan solo un par de camillas una mesa plegable y dos sillas. Nada más. La médico era una mujer joven, alrededor de veinticinco años de edad, pelo rubio y ojos rojos.

Que lentillas más guapas pensó Robin.

La mujer era alta, de al menos 1,74. llevaba la bata de médico encima de sus vaqueros y camisa azul. El pelo le caía en cascada sobre los hombros y era rizado.

Debería haber venido antes, señor…

Robin. Discúlpeme, pero he salido tarde de trabajar.

Era cierto. Robin trabajaba como mozo de almacén y salía tarde trabajar casi siempre.

Estaba claro que la médico estaba cansada y tenía cara de pocos amigos. Miraba a Robin como si fuera un estorbo, con los ojos entornados y los labios apretados, formando una fina línea. Sus facciones eran duras. Resopló y dijo:

Muy bien pues, siéntese. Le haré unas preguntas.

Le preguntó si había comido, cosa que no, pues venía corriendo de trabajar. La médico, que se presentó a sí misma como Ana, le ofreció unas galletas y luego le hizo varias preguntas más: Si había viajado, si estaba medicado, etc. Tras tomarle la tensión y concluir que estaba sano, Ana sonrió satisfecha y, más amable, dijo:

Disculpe si parezco algo borde señor Robin. Hoy ha sido un día realmente escaso de donantes y no he comido mucho. Además, estoy algo cansada después de todo el día aquí.

No se preocupe.

La verdad es que Robin se había sentido algo incómodo, pero no quería pelearse con quien tenía que sacarle la sangre para donarla.

Ella le subió la manga de la sudadera y tanteó ambos brazos, buscando las venas. Parecía satisfecha.

Veo que tiene unas venas muy marcadas.

El tacto de sus dedos era frío, aunque no era de extrañar, pues estaban en pleno invierno.

Muy bien, túmbese en una de las camillas por favor.

Obediente, Robin se tumbó en la más cerca, exponiendo así su brazo izquierdo. Robin se puso algo nervioso. Ya había donado sangre otras veces, pero los nervios nunca desaparecían. No era muy fan de las agujas tampoco.

Vio como Ana se sentaba a su lado, de nuevo con expresión seria. Le levantó el brazo y tanteó de nuevo. Aquellos dedos fríos le produjeron cosquillas a Robin. Este tragó saliva. Entonces, se fijó que Ana no había traído aguja, ni nada por el estilo.

Disculpe, creo que se le ha olv…

Y entonces ella gruñó y mostró unos dientes puntiagudos. Sus ojos se volvieron más rojos si cabía y, a una velocidad alarmante, clavó los dientes en el brazo de Robin. Este gritó y se revolvió, pero Ana lo mordía firmemente. Sintió no solo dolor, sino un ardor inaguantable. Sentía como si se estuviera quemando por dentro. Con toda la fuerza que fue capaz, golpeó a la médico en la cabeza con un fuerte puñetazo. Eso la hizo echarse para atrás, pero las manos de ella agarraban firmemente su brazo.

¡Suélteme! ¡Socorro!

Robin gritó por ayuda y trató de levantarse, pero Ana lo agarró con su otra mano, lo elevó en el aire y lo lanzó contra la pared opuesta, creando un enorme boquete. Robin se golpeó en la cabeza, quedando semiinconsciente. Trató de moverse, pero Ana fue más rápida. Solo vio un borrón, y ya la tenía delante de él. Atemorizado, Robin preguntó:

¿Qué eres?

Esta suspiró, aburrida. Luego respondió, al tiempo que con sus fuertes manos inmovilizaba a Robin agarrándolo por los hombros:

Verás Robin, desde que Bram Stoker nos delató, a mi especie nos ha costado mucho alimentarnos.

¿Vuestra especie?

Ana se encogió de hombros mientras le dedicaba una sonrisa sádica.

Es lógico, ¿no? Vampiros.

Robin abrió mucho los ojos, incapaz de ejercer ningún movimiento o decir una sola palabra. Ana siguió hablando:

Al principio nos dieron caza, pero luego aprendimos a ocultarnos. Y aprendimos que una de las mejores formas de alimentarnos son las donaciones de sangre. Gracias a nuestra eterna juventud, nos hacemos pasar por médicos y nos alimentamos de los pobres donantes.

Se detuvo un momento y luego dijo:

Te doy las gracias, Robin. Apenas sí me he alimentado hoy. No había muchos donantes.

Pero antes de que ella pudiera devorarlo, él le propinó una fuerte patada en el pecho que la echó para atrás. Inmediatamente se incorporó y se dirigió hacia la puerta, pero ella ya estaba allí.

¿Aún no lo entiendes? No hay escapatoria, Robin.

Y Acto seguido, a una velocidad imposible de seguir, Ana se abalanzó sobre él como un animal salvaje, mordiéndole la yugular.

Y entonces, Ana se apartó con un rugido gutural, más parecido al de una bestia que al de un humano. Tenía parte del cuello quemado. Rugió y se hizo un ovillo a un lado, gimoteando. Robin se incorporó, presionando la herida del cuello con la mano derecha. Con la otra abrió la puerta y huyó todo lo rápido que pudo hasta que llegó a su casa. Sin embargo, no llegó a entrar, sino que se quedó tirado delante de la puerta, respirando con dificultad. Notaba como se le nublaba la vista y como su cuerpo le quemaba. Tosió al tiempo que se sacaba de debajo de la sudadera un pequeño colgante en forma de cruz. Él era creyente. Y esa noche se había salvado gracias a su cruz.

Logró entrar en casa y acostarse (no sin antes cerrar bien con llave). Pero, en la cama, incluso tras haberse lavado la herida, aún notaba la quemazón. ¿Debería ir a urgencias? Quizá mañana. Ahora se encontraba exhausto. El sueño fue apoderándose de él.

Pero no se despertó a la mañana siguiente. Sino a la noche. Al abrir los ojos, estos ya no era color avellana.

Ahora eran rojos.

lunes, 12 de junio de 2023

EL AULLIDO

 

Era viernes a medianoche. Bea, una joven de dieciocho años, regresaba a casa sola después de haber salido de fiesta con su amiga Carmen.

Bea tenía el cabello color café y se había hecho una trenza. Por toda ropa llevaba vaqueros y una camiseta negra. De calzado llevaba unas zapatillas de tela.

La calle por la que iba caminando estaba silenciosa. Reinaba un silencio espeluznante. La quietud la noche intranquilizó a Bea. Solo sus pasos resonaban en la calzada. A la derecha había casas y a la izquierda, un colegio.

Y en medio de la noche, un aullido puso los pelos de punta a Bea. Se detuvo en seco, petrificada por el terror. Había sonado a un lobo, pero estaban en la ciudad y en aquella ciudad, no había ningún zoo ni ningún circo. ¿Quizás uno que se hubiera escapado? El aullido sonó débil, pero en la quietud de la noche, se escuchó perfectamente. Seguramente, dentro de las casas nadie o casi nadie, lo habría escuchado. Seguramente, si no oían nada más, simplemente lo ignorarían y seguirían con sus vidas.

Pero Bea no era así. Ella era demasiado curiosa, lo cual era algo contradictorio pues también era muy asustadiza. Pero así era Bea.

Y decidida, optó por internarse en aquel colegio y averiguar la razón del aullido. ¿Y si era un pobre perrito que necesitaba ayuda? Aquella posibilidad encogió el corazón de Bea y fue lo que terminó de convencerla, a pesar de que colarse en un colegio en mitad de la noche un viernes no es algo que cualquier estudiante estuviera deseoso de hacer.

Ni nadie en sus cabales, ya puestos.

Pero Bea lo hizo igualmente.

Saltó la verja y aterrizó en el patio del instituto. Delante de ella se alzaban los muros de la escuela y la puerta principal. Llegó a la puerta, la cual era de cristal. Cristal a prueba de balas. Bea tiró de sí pero, obviamente, estaba cerrada. Suspiró, airada. Así no podría entrar. Tendría que buscar otra solución.

Dio un rodeo y terminó visualizando una pequeña rendija en la parte baja de la pared que, supuso, conducía al sótano. Sin embargo, era muy estrecho y pequeño. Ni siquiera ella cabría por ahí. Se atoraría y entonces tendrían que llamar a los bomberos y…

Solo de pensarlo, Bea se puso roja de vergüenza y decidió buscar otra entrada. Al parecer, allanar un colegio no le causaba vergüenza alguna.

Y por fin, encontró la solución:

Una ventana. Y una piedra.

Cerca de donde estaba la rendija que conducía al sótano, Bea vio una ventana algo agrietada situada en la segunda planta. Y una piedra en el suelo. Asegurándose de que no la veían, agarró la piedra y la lanzó con todas sus fuerzas contra la ventana. Esta terminó de romperse en mil pedazos. No sonó ninguna alarma y, por fortuna, nadie pareció oírlo.

Bea tomó impulso y se agarró al alféizar de la ventana. Empujó su cuerpo hacia adelante y entró al instituto.

El pasillo que se abría ante ella estaba completamente a oscuras. Solo la Bea de la luna llena iluminaba el lugar. Bea quedó indecisa. ¿En qué dirección debía ir? Ya no escuchaba aullido alguno y no sabía en qué parte había sido. ¿Quizás en el sótano? Le pareció que había sonado cerca. Probaría ahí.

Miró en las otras aulas por si acaso e incluso en los baños, pero no encontró ningún animal. Bea estaba convencida de que, más que un lobo, era un perro el que se hallaba allí. El cómo habría llegado solo podía suponerlo.

Pero llegó al sótano, cuya puerta estaba bloqueada por un candado. Eso, presintió Bea, era la señal de que iba por buen camino.

Buscó en la cocina del instituto y encontró un corta cadenas y una pequeña linterna.

¿Un corta cadenas en la cocina?

Desde luego, la ubicación del objeto era, cuanto menos, extraña, pero supuso que cosas más raras se habían visto. Agarró la herramienta y con ella cortó las cadenas que bloqueaban el acceso al sótano. Sin duda, quien la hubiera sellado tendría muchas preguntas, pero para entonces ella ya no estaría ahí. Confiaba en que las cámaras del centro no captaran su rostro y que, al ver que no se había llevado nada, quedara, si es que la atrapaban, en un mero susto.

Unas escaleras aparecieron nada más abrir la puerta del sótano. Bajó las escaleras y allí alumbró con la linterna la estancia. El suelo era gris y tenía manchas rojas en el suelo. Vio restos de carne reseca y huesos. Y vio una larga cadena que seguía hasta el fondo. Escuchó un gruñido amenazador.

Bea tragó saliva. Por que lo que vio no era un perro.

Era, efectivamente un lobo. Pero no un lobo corriente. Este doblaba en tamaño al lobo más grande que pudiera existir. Su pelaje era completamente negro. Sus ojos estaban inyectados en sangre y gruñía amenazante. Sus dientes eran sables y sus garras, dagas. Una enorme cadena de hierro le sujetaba el cuello, impidiendo que escapara. Eso relajó algo a Bea, pero solo un instante, ya que luego se percató de que las cadenas que lo sujetaban estaban oxidadas y agrietadas. Sin duda, quien quiera que lo atrapara allí, llevaba mucho tiempo desaparecido.

El lobo, al verla, se abalanzó sobre ella rugiendo. Bea gritó, trastabilló y cayó al suelo. Tuvo encima a la bestia, todo el cuerpo de ella bajo el de él. Desde abajo, la criatura era si cabía más inmensa y aterradora. La baba del lobo caía en el hombro izquierdo de ella. Bea estaba paralizada por el terror. De pronto, se dio cuenta de que el ser, aunque deseaba devorarla, no podía, pues las cadenas impedían, por muy poco, que el lobo pudiera morderla. Apenas escasos centímetros la separaban de un mordisco mortal. El lobo, en un intento desesperado por devorar a su presa, tiró más fuerte de la cadena y esta se agrietó todavía más. Entonces Bea comprendió que si la cadena había aguantado tanto tiempo, es porque el lobo no tenía una motivación lo suficientemente poderosa como para romperla.

Pero ahora estaba ella y las cadenas no eran lo sólidas que solían ser.

Bea sabía que era cuestión de tiempo que el ser se liberara, por lo que, saliendo de la parálisis, se arrastró por el suelo hasta salir de debajo de la criatura y se incorporó. Estaba subiendo las escaleras cuando la criatura dio otro tirón y finalmente rompió las cadenas.

Bea cerró la puerta del sótano justo cuando la criatura recorría las escaleras a velocidad vertiginosa. Escuchó a la criatura dar un cabezazo contra la puerta. Las paredes temblaron y la puerta también. Además, la puerta se agrietó y trozos de madera (el material de la puerta) se astillaron. Sin pensarlo, Bea corrió dirección a la puerta de la cocina pero, al intentar abrirla, descubrió que estaba cerrada por fuera. Y para colmo, no tenía tiempo ni ninguna idea de dónde se podría encontrar la llave.

Pero sí podía huir por donde había entrado. No estaba muy lejos y, si se daba prisa, podría lograrlo. Echó a correr justo cuando la criatura dio otro cabezazo, destrozando la puerta. Sin detenerse ni un segundo, el lobo corrió tras Bea, quien corrió con todas sus fuerzas. Notaba el corazón latir con fuerza. El sudor le caía por la frente. Jadeaba. Movía sus piernas todo lo rápido que podía, pero notaba al lobo pisándole los talones. No era un lobo normal y eso Bea lo sabía.

Estaba llegando a la ventana, pero notaba a la criatura casi encima de ella. Giró a la izquierda en el pasillo, donde el lobo la perdió de vista un momento. Sin embargo, en breve la alcanzaría.

No lo voy a lograr comprendió Bea, aterrorizada.

Fue entonces cuando vio a mano izquierda la puerta de un aula. Bea decidió arriesgarse. Viró a la izquierda y trató de abrir la puerta del aula.

Lo logró.

Abrió la puerta y cerró. Escuchó al lobo derrapar. Seguramente, ahora mismo estaría olisqueando el aire.

Bea hiperventilaba. Trató de analizar la situación:

se había colado en un instituto porque creía que un perro necesitaba ayuda. Y en su lugar, se topó con un lobo enorme que estaba atado en el sótano y deseaba matarla. Echó un vistazo al aula: era grande, con varios pupitres de madera. Cerca de ella se hallaba la pizarra y el escritorio del profesor (o profesora). Pero no fue eso lo que llamó su atención, sino las ventanas. Se acercó a ellas. Tenían la misma altura que la otra ventana. Y abajo había hierba. Podía saltar por ahí. Podía escapar. Había encontrado una salida.

Su pie chocó con algo. Intrigada, bajó la mirada y se topó con una papelera. Dentro solo había un papel echa bola. Curiosa, Bea agarró el papel y lo desdobló. Lo que leyó la dejó muda. La letra estaba escrita con bolígrafo y estaba algo borroso, pero era legible:


Querido James:

Lamento informarle de que sus días en este centro han terminado. No es inteligente, ni responsable, mantenerle encadenado en el sótano de un instituto. No obstante, le alegrará saber que he encontrado unas nuevas instalaciones para usted. Una bonita casa en el campo, lejos de cualquier víctima y con un sótano construido por mí, reforzado. Recuerde que nada de esto es culpa suya.

Con cariño, el Director José Moretz.


¿A quien pretendo engañar? Tengo que matarlo. Desde que aquel licántropo lo mordió, cada vez está más irritable. La bestia se está apoderando de él. Pronto dejará de ser parte humano y será completamente bestia. Lo haré esta noche.


Cuando Bea terminó de leer, pensó:

Un licántropo…

Así que eso era ese lobo. Un licántropo. Por eso era tan grande y por eso estaba atrapado allí. Bea empezó a atar cabos. En algún momento, a ese pobre hombre lo mordieron. Su amigo, que era director de ese colegio, lo descubrió o se lo revelaron. Decidió ocultarlo ahí de forma momentánea, mientras encontraba otro lugar mejor, pero se dio cuenta de que era demasiado peligroso. Dijo que iba a hacerlo esa noche. Pero a juzgar por la sangre de sótano y los huesos que vio, Bea entendió el destino del director. Solo le quedaba escapar.

La puerta del aula tembló y se agrietó. Escuchó gruñidos. ¡El licántropo la había detectado! Debía escapar enseguida.

Bea abrió la ventana. El lobo volvió a embestir, rompiendo la puerta. El lobo se acercó rápidamente hacia ella. Sus patas resonaban en el suelo. Bea se giró justo cuando la criatura se abalanzaba sobre ella. Ella saltó hacia la izquierda. El lobo cayó por la ventana. Bea se asomó lentamente, temerosa.

Allí estaba el licántropo, ileso. Había aterrizado de pie. Le dedicó una mirada amenazadora, enseñando todos sus colmillos y una expresión de furia. Luego, en lugar de perseguirla, se dirigió hacia la salida.

Bea hiperventilaba. Había estado a punto de morir. Pero no podía quedarse allí. ¿Y si el licántropo regresaba? Salió del aula, cerró la puerta y se asomó a la ventana por la que había entrado. No vio al lobo. Se agarró al alfeizar y luego se dejó caer. Aterrizó de rodillas y soltó un quejido ahogado. Se incorporó. Las piernas le pesaban y temblaban. Tragó saliva y salió del instituto.

No volvió a tener noticias del lobo. Solo vio noticias de que alguien había entrado a robar al instituto. Pero ninguna mención a ningún lobo gigante.

La pesadilla había terminado.