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domingo, 24 de marzo de 2024

ÁNGEL GUARDIÁN: LA CASA DE DIOS

 

Por dentro, la iglesia era tal como Jesús la recordaba. Amplia, con bancos de madera al fondo y las cofradías a buen recaudo en las habitaciones laterales. Al fondo del todo se hallaba el altar. Jesús siguió a Ariel. La iglesia no era grande, más bien pequeña y estaba repleta de gente. En aquel momento no había misa.

Ariel se coló por un lateral del atril. Allí había dos puertas de hierro. Asegurándose de que no la vieran, abrió una de ellas e instó a Jesús a seguirla. Dieron con un pasillo que Jesús nunca había visto: tenía el mismo suelo que cualquier iglesia y ventanales a la derecha. Pero el pasillo era tan largo que Jesús no veía el fondo. A ambos lados del pasillo vio puertas talladas en madera.

  • No sabía que existía esto — mencionó él.

  • Hay muchas cosas que no sabes — le respondió ella, enigmática —. Antiguamente muchos sacerdotes y curas vivían en el interior de las iglesias. Ahora la mayoría no. Supuestamente esta tampoco. Lo cual nos da el escondite perfecto.

  • ¿Y los ángeles vivís aquí? — Jesús estaba anonadado.

Ella asintió.

  • Es la Casa de Dios, después de todo. ¿Qué mejor lugar? Y hay más iglesias y más ángeles.

La cabeza le iba a estallar.

Siguiendo a Ariel, se cruzaron dos monjas en su camino, ataviadas con su tradicional atuendo negro y blanco. Si se sorprendieron de ver a Jesús, no lo demostraron. Saludaron a ambos cortésmente y siguieron su camino, charlando alegremente.

  • ¿Las monjas saben de vuestra existencia?

  • Pues claro — respondió ella como si fuera lo más obvio del mundo —. Y los curas y monjes también.

Ah, que también hay monjes. Claro, porqué no.

Finalmente llegaron al final del pasillo, en el cual se formaba una T. Ariel indicó el camino izquierdo, el cual desembocaba en otro pasillo idéntico.

  • Como verás, los pasillos son todos muy parecidos aquí.

  • ¿Parecidos? Idénticos, diría yo.

Ariel sonrió.

  • Tienen leves diferencias. Por ejemplo, en las ventanas.

Jesús se percató que, a diferencia de las que había visto antes, estas tenían dibujos de ángeles.

  • Cada pasillo con ventanas tiene diferentes dibujos. Algunos de La Ultima Cena, otros del Espíritu Santo… e incluso hay pasillos sin ventanas como — giraron a la derecha — este.

Era cierto. El pasillo no disponía de ventas. Solo la luz de las bombillas del techo iluminaba la estancia.

Jesús avanzó junto con Ariel por el pasillo. Este no tenía tantas puertas como los otros. Supuso que así era más fácil diferenciarlos.

  • Es fácil perderse por aquí. Ten cuidado — le advirtió Ariel.

No hacía falta que se lo dijera, pero de todas formas Jesús se alegró de que se lo avisara. Se veía a simple vista que aquel lugar era un laberinto en el que al menor despiste era rápido que te perdieras.

Por fin, llegaron a donde Ariel quería llegar. Para ello, tuvieron que girar otra vez a la izquierda, donde había ventanas a la izquierda que mostraban más ángeles. Ariel se detuvo a mitad de camino, frente a una enorme puerta doble de madera. Con los nudillos, llamó dos veces. Escuchó una voz de fondo que le resultó familiar a Jesús.

Al abrir Ariel la puerta, ambos entraron a un comedor. La estancia era grande; rectangular, con una mesa rectangular fabricada en madera colocada en medio de la estancia. Las paredes estaban adornadas con cuadros de Jesús en La Ultima Cena, así como con ángeles varios y algunas otras. En una cómoda situada a la izquierda de la estancia había apoyada varias copas de plata y oro. A la derecha de la estancia (desde el punto de vista de Jesús), se podía ver un ventanal enorme, que reflejaba la luz del sol perfectamente, dando alegría a la habitación. Las cortinas blancas estaban descorridas para permitir que el sol penetrase en la estancia.

Pero nada de eso impresionó a Jesús. Porque una vez hubo echado un vistazo rápido a la habitación, una voz familiar lo llamó y al mirar, este se quedó sin aliento.

La voz familiar correspondía a su padrastro. Miguel.

  • ¿Miguel? — Jesús abrió los ojos como platos.

  • ¿Qué haces aquí? — quiso saber él, anonadado.

  • Te podría hacer la misma pregunta.

Aquello no pilló desprevenida a Ariel.

Miguel la miró y le formuló la misma pregunta que a su hijastro. Ariel se explicó:

  • Le atacaron. Hace un rato. En el tren de regreso. Fue un Cerbero. Le he contado que soy un ángel y un poco sobre nuestra mitología.

  • Gracias por salvarle — Miguel le sonrió a Ariel.

Ariel le devolvió la sonrisa y respondió:

  • Es mi deber.

Jesús miraba a uno y a otro sin comprender.

  • Así que ¿os conocéis? — preguntó Jesús confuso.

Ambos lo miraron y se rieron.

  • Perdona Jesús — le dijo Miguel —. Si, nos conocemos. Al ser ella tu ángel de la guarda y yo su superior, le pedí que me mantuviera informado acerca de tu estado.

  • ¿Su superior? No entiendo nada — Jesús estaba ahora más confuso si cabía, que antes.

Miguel suspiró.

  • Explicar esto no va a ser sencillo. Quizás sea mejor que tomes asiento.

Jesús hizo lo que le sugería. Una vez se hubo sentado, Miguel y Ariel lo imitaron. Ariel se sentó al lado derecho de Miguel. Este último se sentó enfrente de Jesús. Solo entonces, Miguel le contó a Jesús:

  • Yo también soy un ángel. Como Ariel. Más concretamente un arcángel.

  • Espera un segundo — Jesús empezaba a atar cabos —. No me irás a decir — casi rio al decir eso —, que tú eres el mismísimo…

  • Arcángel Miguel, sí. En carne y hueso. El favorito de Dios — dijo con orgullo.

Jesús abrió mucho la boca. Más de lo que creía posible. Ariel y Miguel rieron entre dientes. Aquella situación debió de parecerles muy divertida, pero no a Jesús.

  • ¿Me explicas cómo es eso posible?

Entonces Miguel si se puso más serio.

  • Quizás sea mejor que esa parte te la contemos con tu madre delante.

  • ¿Por? — preguntó Jesús sin comprender. No le gustó el tono serio que su padrastro había tomado.

  • Porque le atañe a ella más que a mí — su respuesta fue tajante.

Jesús esperó a que Miguel llamara por teléfono a su madre. No escuchó que decía su madre por teléfono, pero sí a Miguel. Le escuchó contar toda la historia.

  • Ha descubierto la verdad Eva —le comentó, muy serio —. Pero hay una parte que no sabe. Ambos sabemos cuál es. Creo que deberías venir aquí a contárselo.

Algo debió de comentarle su madre, porque Miguel contestó:

  • Por favor. ¿Ni por esta vez?

De nuevo escuchó. Miguel resopló, abatido.

  • Está bien. Lleguemos a un punto medio. ¿Qué te parece si te quedas en la puerta? No hace falta que entres.

Tras un momento, Miguel se despidió finalmente de Eva y colgó.

  • Tu madre estará aquí en unos minutos. O, para ser más exactos, en la puerta.

Aquello le sorprendió. No el hecho de que no entrara a la iglesia (sabía que su madre tenía crisis de fe y se negaba a entrar en cualquier iglesia), sino al hecho en sí de que viniera. ¿Qué era eso tan importante que sólo podía contarle su madre?

  • Es mejor que salgamos de la iglesia — dijo Miguel —. O no podremos recibir a tu madre.

Así que regresaron por donde habían venido y salieron afuera, a la plaza de Los Jardines. Vieron a la gente que había por allí. Algunos aún estaban tomando café en los bares cercanos, mientras que otros solo paseaban. En pocos minutos apareció Eva, con cara de pocos amigos. Iba vestida con vaqueros y camisa verde. Se detuvo frente a Jesús y, sin saludar a su esposo ni a Ariel, le preguntó a Jesús como estaba. Este respondió:

  • Estoy bien. Gracias a ella — respondió sonriente Jesús mirando a su ángel.

Eva dirigió su mirada hacia ella. Esta se cohibió un poco, sonriendo tímidamente.

  • Gracias — le dijo seca, pero sinceramente, Eva a Ariel.

  • No hay que darlas. Es mi misión.

Entonces, Eva se dirigió finalmente a Miguel.

  • Imagino que le has contado quien eres y demás.

Este asintió.

  • Lo sabe casi todo. Excepto tu parte.

  • Y me gustaría saberla, la verdad — añadió Jesús —. Ya estoy intrigado.

Eva suspiró.

  • Supongo que tienes derecho a saberlo.

Eva entonces empezó a relatar lo sucedido el día que él nació. Le contó que ella cuando quedó embarazada de David, empezaron a asediarla monstruos y fue gracias a la intervención de Miguel, que salió airosa.

  • Yo era el ángel de la guarda de David — aquellas palabras le pesaron como losas a Miguel.

Jesús echó la cabeza hacia atrás y abrió mucho los ojos. Aquello no se lo esperaba. Implicaba muchas cosas. Entre ellas, que su protegido había muerto y él no lo había podido salvar por alguna razón. Razón que no tardó en averiguar.

  • El día de tu nacimiento, miles de monstruos nos atacaron — Eva se estremeció al recordar aquello —. Fue… tétrico. Salido de una pesadilla. Y solo pudimos huir porque tu padre se sacrificó.

  • ¿Cómo no pudiste salvarle? — quiso saber Jesús, mirando a su padrastro. Lejos de reproche, solo había dudas.

  • Basta Jesús — lo riñó su madre —. Miguel no pudo hacer nada. Eran demasiados incluso para él.

  • De todas formas, Jesús — trató de animarlo Miguel —, ahora él se encuentra en el Cielo. Y está mejor que nunca.

Jesús no supo si eso debía alegrarle o no. Pero decidió dejar el tema. Había muchas otras cosas que necesitaba averiguar.

  • Entonces ¿a papá lo mataron esos demonios? — la voz de Jesús sonó como la de un niño.

Su madre asintió.

Jesús soltó aire. Sentía como si algo le oprimiera el pecho y le impidiera respirar.

  • ¿Fue culpa mía? — casi temió preguntar. Pero debía.

  • No se te ocurra pensar semejante cosa — le contestó muy seria Eva.

  • No tienes culpa de nada, chiquitín —. Le informó Ariel acercándose a él. Parecía afectarle especialmente que él se culpara. Tenía el rostro algo congestionado. Le acarició la mejilla. Jesús tragó saliva.

  • No tienes la culpa de nacer — dijo Miguel —. Fue la voluntad del Señor.

  • Le costó la vida a mi padre — Jesús no podía pensar en otra cosa.

  • Pero él se halla mejor ahora. En el cielo — le contó Eva, sonriendo y acariciando a su hijo en el mentón.

Jesús derramó una débil lágrima. Para cuando se quiso dar cuenta, su madre lo estaba abrazando. Notó sus manos acariciar suavemente su espalda y su cabello enredarse en su cara.

  • Después de aquello — siguió explicando Eva —, contraté a una bruja para que colocara hechizos protectores en casa.

Jesús abrió los ojos como platos. Tuvo que decir:

  • No sabía que la magia existía también.

Eva sonrió.

  • Hay tantas cosas que no sabes. ¿Sabes por qué elegí tu nombre?

Jesús negó con la cabeza, aunque la verdad era que le venían algunas ideas.

  • Pensé que, si llevabas el nombre del hijo de Dios, eso te mantendría a salvo. Además, un chico que es acosado por demonios y salvado por ángeles. ¿Qué mejor nombre?

Jesús sonrió con timidez.

  • Creo que mejor nos vamos a casa — decidió Eva, soltando el abrazo a su hijo —. Por demasiadas emociones has pasado ya. Es hora de que descanses.

  • Eva — le dijo Ariel. Esta la miró, interrogante —. ¿Te importa si os acompaño? Por hoy. Soy su protectora y…

  • Y te gustaría asegurarte de que esté a salvo —. Entendió Eva. Suspiró —. Bueno, hoy lo has mantenido a salvo bastante bien y te lo agradezco. Así que, si quieres, puedes quedarte en casa por esta noche.

Ariel le sonrió agradecida.

  • Yo me quedaré en la iglesia esta noche — informó Miguel —. Me gustaría investigar más a fondo este asunto.

  • Como gustes — estaba claro que a Eva no le hacía mucha gracia la decisión de Miguel, pero se aguantó.

  • Hay una cosa más que deberías saber, Jesús — dijo Miguel muy serio.

  • ¿El qué?

Eva y Miguel se miraron. Jesús no comprendía nada.

  • ¿Seguro que es buena idea que lo sepa ahora? — quiso saber Eva, insegura —. Tal vez sea mejor contárselo más adelante.

  • Yo quiero saberlo ahora — se quejó Jesús, aunque realmente no estaba seguro de si realmente quería. Pero la intriga lo estaba matando.

Eva suspiró de nuevo.

  • Tu madre y yo no estamos realmente juntos — soltó Miguel.

Jesús parpadeó.

  • ¿Cómo que no…? No comprendo.

Jesús no estaba encajando bien el golpe. Sentía que le faltaba el aire, como si alguien le hubiera soltado de pronto una patada en el estómago.

  • Está prohibido que un ángel y un humano sean pareja — explicó apenada Eva.

  • ¿Prohibido? ¿Porqué? — quiso saber él.

  • Ya ha habido antecedentes antes — explicó Miguel —. Humanos y ángeles que salieron juntos. Se enamoraron y todo iba bien, hasta que tuvieron hijos. La unión entre ángel y humano es conocida como Nefilim.

Tras un instante, Miguel siguió hablando:

  • Al principio parecía que los Nefilim eran inocuos, pero con el tiempo, se descubrió que eran muy peligrosos. Albergaban mayor poder que un ángel convencional, y el hecho de estar atrapados entre dos mundos los volvieron eventualmente locos. Llegando incluso a atentar al mismísimo Cielo.

Aquello horrorizó a Jesús, quien tenía los ojos muy abiertos y la boca entre abierta.

  • ¿Entonces, vuestra relación…?

  • Una mentira — dijo con tristeza Eva —. Lo siento mucho Jesús. Pero teníamos que mantener una treta para mantener a raya a los demonios. Fingir que éramos pareja impedía levantar sospechas sobre quiénes éramos en realidad, ya que, si los demonios hubieran sospechado algo, aunque fuera mínimo, podríamos estar muertos.

Ariel miró a su protegido con infinita tristeza.

  • Pero siempre serás mi hijastro — le dijo Miguel —. Que tu madre y yo no tengamos una relación romántica no significa que no me considere tu padre.

Jesús lo miró con ojos apagados, aunque le agradeció el gesto. Eva añadió:

  • Además, el reino de los ángeles no está hecho para los humanos. Ellos son longevos. Vivirán para siempre a menos que los maten. Nosotros moriremos e iremos al Cielo.

Muy seriamente, Miguel le advirtió de una última cosa a su hijastro:

  • Nunca te enamores de un ángel, Jesús. Por tu bien. Lo pasarás muy mal.

Pero la advertencia llegaba ya tarde.


Continuará...

viernes, 15 de septiembre de 2023

ARADIA

 

Era viernes 13 de Octubre. Juan estaba tumbado en su cama cuando de pronto, el timbre sonó Se levantó, ansioso. A pesar de tener diecisiete años y considerarse así mismo un adulto, todavía se ponía nervioso cuando llegaban visitas nuevas. Y más aún la de Vanessa, la chica de dieciocho años de su instituto. La chica de sus ojos, la cual era animadora y estaba finalizando sus estudios.

Por toda ropa, Juan llevaba vaqueros y camiseta azul. Se calzó las deportivas y salió de su cuarto a tiempo de ver, al pie de la escalera, como en el rellano su madre, Sara, abría la puerta principal.

Entonces pudo ver a Vanessa entrando en su casa. Llevaba vaqueros y camiseta roja de tirantes. Su cabello negro caía en una cascada de rizos sobre su espalda. Los labios de ella dibujaron una sonrisa al verle y lo saludó.

Vanessa y él llevaban saliendo aproximadamente un mes. Se conocieron el año pasado y entablaron amistad a los pocos meses. Aunque a Juan le pareció increíble, ella se fijó en él.

Ver el pelo de Vanessa le hizo pensar en el suyo, negro también y algo revuelto de haber estado tumbado en la cama.

Juan bajó al rellano, y vio a su madre. Las dos mujeres de su vida, juntas en una misma habitación. Sara era alta, al menos 1,70 con el cabello rubio y los ojos azules. Por ropa llevaba un vestido negro muy elegante. No por nada, pues esa noche, ella y el padre de Juan, Miguel, saldrían.

Hola, cielo — saludó tímidamente Vanessa.

Hola — respondió él, más tímido si cabía.

Entonces hizo acto de presencia Pedro, el hermano de Juan. Pedro tenía el cabello negro lleno de rizos y por toda ropa llevaba un chándal. De altura, ambos hermanos medían exactamente lo mismo: 1,68 mientras que Vanessa medía incluso más que Sara, alrededor de 1,75. Tras saludar, llegó Miguel, un hombre alto y delgado, vestido con pantalón de vestir negro y camisa azul.

Bueno Vanessa, encantada de tenerte aquí — dijo Sara.

Chicos, portaos bien — dijo amablemente Miguel.

Se despidieron y los chicos por fin pudieron tener la casa sola.

Que bien que vuestros padres hayan salido a celebrar su aniversario — sonrió Vanessa.

Si, si, es cierto — respondió Juan.

Una pena no haberme ido con ellos ¿eh? — rio Pedro.

Tío, la única razón por la que he podido quedar aquí con Vanessa es porque estás tu —dijo molesto Juan.

¿Debería daros intimidad…?

Pero antes de que Juan pudiera responder, Vanessa se le adelantó:

En realidad… he pensado que podríamos jugar a un juego de mesa los tres. O ver una película.

Me parece bien — dijo Juan.

Y era cierto. Solo llevaban saliendo un mes. Era poco tiempo y no quería forzar a su pareja a hacer nada con la que se sintiera incómoda. Tampoco había prisa pensó. ¿Porqué habría de haberla? La noche pintaba realmente bien y su hermano no le resultaba una molestia realmente. Así pues, los tres bajaron al sótano de la casa donde vivían, pues allí los padres de Juan y Pedro tenían varios juegos de mesa. Allí, encontraron una Ouija.

Que mal rollo — dijo Juan.

¿Creéis en esas chorradas? — dijo Vanessa con una risita que sonaba a burla.

Yo no — respondió Pedro.

Pero Juan seguía sin mostrarse convencido, así que Vanessa dijo:

Venga, que no va a pasar nada. Esas cosas no son reales.

Bueno…

Aún sin estar convencido del todo, Vanessa y Pedro se lo tomaron como un sí y los tres subieron al salón, colocaron el juego en la mesa, se sentaron alrededor y abrieron el juego.

El tablero consistía en el abecedario escrito con letras negras que pusieron la piel de gallina a Juan. Un pequeño vasito de plástico venía con el juego.

¿Y cómo va esto? — preguntó Juan, cuyos nervios iban en aumento.

Pues — dijo Pedro —, supongo que habrá que usar el vaso y preguntar a un espíritu que haya en la casa o algo así…

Aquí no hay fantasmas — dijo Juan —. Es más, los fantasmas no existen.

Vamos a averiguarlo — dijo Vanessa, divertida.

Ella cogió el vaso, lo colocó en la “A” y preguntó:

Hola, ¿hay algún espíritu ahí?

De pronto, la mano de Vanessa se movió hasta la S y luego hasta la I.

Vanessa, deja de hacer…

El tonto iba a decir Juan, pero cuando vio la expresión de horror de ella, supo que no bromeaba. Y lo sabía porque era la misma expresión que puso cuando fueron asaltados por un ladrón hacía tan solo dos semanas. Por desgracia, el ladrón les robó y no recuperaron el dinero.

Y así supo que la cosa era seria.

Vale, hay que terminar ya.

Se levantó, decidido y trató de separar la mano de ella del vaso. Pero comprobó, horrorizado, que la mano de ella estaba adherido al vaso. Como si fuera pegamento.

Tiró de ella, inútilmente. Pedro, viendo que había algo raro, preguntó:

¿Qué hacéis? Parad ya…

Entonces, todos los muebles del salón comenzaron a temblar. La lampara de noche se alzó, la televisión se encendió en estática y las luces parpadearon.

Si es una broma, esto no mola — masculló Pedro, quien se veía visiblemente nervioso.

Juan miró hacia todos lados, nervioso. Luego miró a Vanessa, cuya mano empezó a moverse rápidamente por las letras del tablero, formando una frase:


MI NOMBRE ES ARADIA. GRACIAS POR LIBERARME”.


Finalmente, no supo cómo, Juan pudo retirar la mano de Vanessa del vaso. Y fue entonces cuando de este, salió un torrente negro que se introdujo en la boca de Vanessa. Esta soltó un chillido que expulsó a Pedro y Juan contra el suelo. Juan cerró los ojos un momento y, al abrirlos, quedó petrificado.

Porque quien estaba delante de ellos ya no era Vanessa. Juan lo supo al instante:

Sus ojos sin iris, completamente negros, su rostro furioso. Gruñó. Pero no era el gruñido de ningún animal. Más bien, parecía un gruñido sobrenatural. Rugió y, a supervelocidad, subió las escaleras, dio un portazo en alguna habitación de la casa y luego silencio.

Pedro y Juan se miraron, todavía hiperventilando. Pedro tragó saliva y trató de tartamudear algo, pero no le salió. Juan dijo:

Me parece que hemos liberado a un demonio.

¿Tu crees? — preguntó Pedro, sarcástico.

Los dos hermanos se incorporaron con lentitud. La habitación no tenía destrozos, pero sin duda ese rugido podría haber alertado a los vecinos. Juan comprendió que tenían que librarse del demonio cuanto antes. Sobre todo, antes de que llegaran sus padres y les echaran la bronca. O acabaran muertos.

Vale, tengo una idea — dijo Juan.

Sacó el móvil.

Excelente idea — dijo sarcástico otra vez Pedro —. Miremos instagram. O tik tok. O, ya que estamos, ¿Porqué no nos hacemos un selfie con la demonio?

Voy a buscar algún exorcista, imbécil.

Ah… ¡No me llames imbécil!

Aunque los hermanos podían pasarse horas discutiendo, aquel no era el momento y Juan lo sabía. Buscó exorcistas en google. Pero entonces, cuando iba por la tercera página, apareció un mensaje de error y Juan descubrió que ya no tenían conexión. Le pidió a su hermano que mirara si tenía conexión, pero tampoco él la tenía. El aparato de wifi estaba situado en la planta de arriba.

Genial, ha desconectado el internet — dijo Juan.

¿Esa cosa sabe lo que es el internet?

Quizá no, pero, probablemente esté destrozando todo.

Muy bien genio, ¿y ahora qué hacemos?

Irnos. Buscar ayuda. Tal vez algún cura o algo no sé… hay una iglesia cerca.

A Pedro le agradó la idea de salir de una casa gobernada por un demonio. Así pues, trataron de abrir la puerta principal. Excepto que no pudieron. Estaba fuertemente sellada.

¿También ha bloqueado las puertas? — exclamó asustado Pedro.

Quizá si rompemos una ventana…

Juan sabía que se llevarían el castigo del siglo si hacían eso, pero no se le ocurrió otro plan mejor. Tenían que salir de la casa y buscar ayuda.

Golpeó la ventana con la silla, pero esta no se rompió. De alguna manera, el demonio los había atrapado dentro con él.

Juan trató de serenarse: estaban atrapados con un demonio poseyendo el cuerpo de su amiga, y estaban incomunicados.

No, desde luego, esto no pinta bien.

Solo les quedaba enfrentar ellos mismos al demonio. No era la mejor idea pero ¿qué otra elección les quedaba? Aunque tampoco tenían idea de como exorcizar a un demonio, Juan si tenía algunas cruces y agua bendita que su madre había comprado. Esperaba que eso bastara para exorcizar al demonio. O al menos, contenerlo lo suficiente como para que les dejara escapar.

Así pues, en el sótano, Juan recogió dos cruces: una para él, y otra para Pedro y un bote de agua bendita, el único que tenían. Lentamente, subieron las escaleras para la segunda planta. Allí, notaron la puerta del cuarto de ambos hermanos entreabierta. Se dirigieron hacia allí.

El demonio en el cuerpo de Vanessa se giró rápidamente. Los miró fijamente y su mirada los asustó. Juan sabía que esa mirada lo acompañaría en sus peores pesadillas. Alzando ambos hermanos la cruz, la colocaron a modo de defensa, pero el demonio pronto les dio una manotazo a tal velocidad, que ninguno de los dos vio venir el golpe. Las cruces salieron desperdigadas al tiempo que el demonio rugía. Presa del pánico, Pedro intentó huir, pero la puerta de la habitación se cerró un fuerte portazo.

Estaban atrapados.

Por puro instinto, Juan lanzó todo el frasco de agua bendita a la cara del demonio. Este rugió de dolor y cayó al suelo. Rápidamente, Juan recogió las dos cruces y las pegó en el cuello y pecho del cuerpo de Vanessa. El demonio rugió de dolor, mientras Juan trataba de mantener inmóvil al ser.

¡Libera el cuerpo de mi novia y vuelve al Inframundo!

El demonio rugió nuevamente y un torrente de oscuridad salió de la boca de Vanessa, escapando por la rendija de la ventana de la habitación.

Juan cayó al suelo, respirando con dificultad. Pedro hiperventilaba. Vanessa se había quedado dormida, con el cabello y el rostro mojados del agua bendita. Ella despertó unos minutos después, y preguntó:

¿Qué ha pasado?

Se hallaba tumbada en la cama de Juan.

Un demonio poseyó tu cuerpo — le dijo Pedro.

¿Qué?

Le explicaron lo sucedido. Al principio, Vanessa no les creyó, pero poco a poco fue recordando.

El espíritu habrá regresado al Inframundo ¿no? — preguntó Vanessa.

Los tres se miraron, intranquilos. Lo cierto es que el demonio, llamado Aradia, salió del cuerpo de Vanessa, pero nadie podía asegurar que hubiera regresado al Inframundo.

El demonio tampoco causó demasiado destrozo. El router cayó y se desconectó, pero nada más. Aparte, se cargó algunos cajones y libros.

Con el regreso de Internet, Juan buscó sobre Aradia. Se quedó petrificado al ver que no habían liberado a cualquier demonio. Se trataba de un demonio mayor.

La hermana de Lucifer.

domingo, 23 de abril de 2023

SONG OF HORROR

 

¿Os gustan las historias ambientadas en el mar? ¿Las historias de sirenas y piratas? ¿Padecéis Talasafobia o terror al mar? ¡Pues me alegro mucho! Porque esta historia es sobre todo eso.

Lo que si tiene es una pequeña moraleja.

Esta historia tiene lugar en alguna zona del mar, en el año 1500. Y cuenta como un pirata joven llamado Smith, perdió algo más que la cabeza por una hermosa muchacha. Pero esta historia no está narrada por él, ni por ningún escritor. No, esta historia esta narrada por mí, una sirena. Podéis llamarme Molpe.

A diferencia de las otras sirenas, las cuales tenían la tez pálida, yo la tenía oscura, al igual que mi cabello, lo cual hacía resaltar mis brillantes ojos azules todavía más.

Y os voy a relatar el día que me crucé con un barco pirata, los cuales buscaban cazar sirenas como yo, los muy idiotas.


Era una tarde tranquila de verano en el Gran Mar. Yo nadaba en el fondo del mar. Muy al fondo. Donde los humanos no podéis bajar, porque os quedáis sin oxigeno y donde, todavía a día de hoy, ni siquiera podéis acceder. Me hallaba en la ciudad submarina de Atlantis. Aquella que se hundiera hacía ya tanto tiempo.

La ciudad no tenía luz. Estábamos en lo más hondo del mar y la oscuridad imperaba. Los humanos, aparte de un traje especial, necesitaríais luz para ver. En cambio, las sirenas y tritones teníamos los ojos adaptados.

Y mientras recorría la ciudad moviendo mi hermosa aleta azulada, me crucé con varios tritones y sirenas.

Ese día me disponía a salir a dar un paseo. Me detuve a las puertas de la ciudad y me di la vuelta para contemplarla. A lo lejos, vi el palacio, un edificio enorme, aunque algo agrietado por las batallas contra otros tritones y sirenas y contra algunos krakens. Quitando el palacio, Atlantis ya no tenía casas como tal. Mejor dicho, no las usábamos. No nos hacía falta. Solo usábamos el palacio, que era mi casa. Yo era una de sus princesas. Dormíamos al raso. Las calles eran todas idénticas, algunas con casas.

Me di la vuelta y nadé.

Conforme dejé la ciudad, me adentré en la más absoluta negrura. Ni siquiera mis ojos podían ver, porque no había nada que ver. Pronto vi una luz. Era un pez linterna. Con sus dientes picudos y sus cuencas vacías, eso a los humanos les resultaba aterrador. A mí me parecía tierno. Como un cachorrito. Sonreí y seguí nadando.

Subí. Nadé hacia arriba. Quería salir a la superficie.

Saqué la cabeza del agua y la negrura del mar dio paso al cielo soleado de la superficie. Un mundo prohibido para nosotras. Nosotras éramos peligrosas para los humanos, pero ellos también lo eran para nosotras.

Las aguas estaban tranquilas, pero a lo lejos vi asomarse un barco.

Un barco pirata.

Era bastante grande, pero no más que la mayoría de ellos. Construido en madera, con una bandera negra con el símbolo de una calavera con un parche en el ojo. Bastante tradicional. Detrás de mí vi una pequeña cala. Solté una risita y me dispuse a divertirme un rato. Me fui nadando hacia allí mientras entraba y salía del agua cual delfín. Mi aleta salpicaba agua de manera elegante.


Smith quedó embelesado por lo que acababa de presenciar. ¡Acababa de ver una hermosa aleta azul salpicar las aguas! Aunque no podía jurarlo, estaba bastante convencido de que acababa de ver una sirena. Pensó en decírselo a sus camaradas, pero seguramente, solo se reirían de él. Las sirenas eran mitos, eso todo el mundo lo sabía. Así que suspiró y se quedó allí embelesado mirando al mar y pensando en esa hermosa aleta de pez. ¿Porqué le fascinaba tanto? No lo sabía, pero así era.

Y entonces empezó a oír un cántico.

La voz era suave y melódica. Dulce también. No sabía qué estaba cantando, pero en su idioma no era seguro. Pero sí sabía que era la canción más bella que jamás hubiera escuchado. Tanto así, que incluso se le saltaron las lágrimas y su corazón se hinchó de alegría y, al mismo tiempo, de dolor. Era como si las emociones de quien fuera que estuviera cantando, se le hubieran adherido a su alma y las sintiera en carne propia.

Lo que sí sabía con seguridad, es que aquella era la voz de una hermosa joven. Por el tono de voz, Smith estaba seguro de que rondaría su edad, alrededor de los veinte. Se asomó al mar y, en el reflejo del agua, vio su rostro: cabello rubio y ojos verdes, piel morena del sol. Llevaba pantalones cortos negros y camiseta negra corta. Una espada curva atada el cinto como toda arma.

A lo lejos vio una pequeña cala. Y allí, al fondo, vio a la sirena.

Porque era una sirena, estaba claro. Su cola de pez no dejaba lugar a dudas y, aunque estaba algo alejada, aún pudo ver que no llevaba ropa alguna en su torso. Solo su larga cabellera negra tapaba sus senos. Sus brazos eran fuertes, como si entrenara cada día y su abdomen era muy plano. Lo que muchos hombres considerarían la mujer perfecta, sino fuera por el fuerte racismo de la época. Sus camaradas desde luego, desaprobarían una relación así, pero a él le daba exactamente igual.

La voz lo tentó. Necesitaba acudir a la chica. Decirle que era bella, aunque ya lo supiera. Decirle que amaba su voz. Que cantaba como los propios ángeles.

Es un ángel, seguro pensó Smith, convencido.

Asegurándose de que sus camaradas no lo veían, tomó impulso y saltó al agua. La notó helada, pero también revigorizante. Nada de eso le importó a Smith. Con fuerza, nadó hasta la cala, donde se hallaba la sirena, tratando de no pensar en que un kraken gigante iba a salir de las profundidades para devorarlo.

Conforme se acercó, pudo escuchar la hermosa canción. Él no la entendió, porque estaba en un idioma que sólo las sirenas podían comprender, pero que traducida sería algo así:


Quiero encontrar, un príncipe que me comprenda.

Alguien que sea digno de mi amor.

Nos llaman sádicas, malignas.

Pero, solo tenemos una idea diferente de la diversión.

Diversión, diversión, diversión.

¿Serás tú ese príncipe? ¿O tendré que devorarte?

Si eres el indicado te llevaré conmigo a Atlantis.

Te veo acercarte, dulce, inocente, incauto.

Amo tu dolor, hacerte sufrir. ¿Soy tóxica?

El mundo no es blanco o negro.

No es blanco o negro

Si eres el indicado te llevaré conmigo a Atlantis


Llegó a la cala, donde la hermosa sirena estaba sentada en una roca. Toda ella era hermosa e imponente. Ella le dedicó una mirada dulce llena de amor.

O lo que Smith creía que era amor.


Vi llegar al joven. Lo olí en cuanto llegó. Virgen. No sabía lo que era el amor. Ese era mi tipo de presa favorita. Eran las más fáciles sí, y también las más divertidas después de hombres casados.

Hola hermosa — me dijo.

Yo solo solté una risita mientras hacía un rizo con mi cabello mojado. Lo miré divertida. Sin duda, él pensaba que era coqueteo. Ignorante.

Me llamo Smith — como si me importara su nombre —. Tienes una hermosa voz. Cantas como los propios ángeles. Sin duda, debes ser uno.

No dije nada. Smith, algo más nervioso, sacó otro as de la manga:

Nunca había visto una sirena. Sin duda sois un portento.

El chico me estaba aburriendo, así que le hice una seña con el dedo índice. Él se acercó, claro. Entonces yo acerqué mis labios a los suyos, y agarré con suavidad su rostro. Era suave y bonito. Él cerró los ojos y se dejó hacer.

Y fue entonces cuando le mordí la yugular. El chico no pudo hacer otra cosa sino gritar y retorcerse. Sin dejar de sujetarlo, clavé mis uñas en su cara y, sosteniendo mis dientes en su cuello, lo arrastré mar adentro nadando a toda velocidad.

Sus gritos fueron música para mis oídos.

Dije que esta historia tenía moraleja ¿cierto? Bien, allá va:

Nunca os fiéis de una cara bonita ni de una hermosa voz. Porque puede ser bella por fuera, pero estar podrida por dentro.