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domingo, 29 de septiembre de 2024

PARALISIS



 

Cristina despertó en medio de la noche. Se hallaba en su habitación. Trató de moverse pero descurbrió que no podía. Era otra de sus famosas parálisis de sueño. Últimamente había sufrido muchas. Ni siquiera podía saber qué hora era. Ni mover ninguna artículación. Estaba completamente inmóvil, sujetada por cuerdas invisibles que aprisionaban su pecho. Pero no estaba sola.

No podía verlo, pero sí podía oírlo reptar por las paredes de su habitación. Las cortinas tapaban la luz de la luna llena, sumiendo la habitación en la más profunda oscuridad. Cristina se sentía nerviosa. Notaba su respiración agitada, pero trató de serenarse. Solo era otra noche más de parálisis. En un rato quedaría nuevamente dormida y luego despertaría, lista para empezar el nuevo día.

Lentamente, su visión se adaptó a la oscuridad de la habitación. Pudo ver con claridad la mesita de noche apoyada a su lado, y el camisón blanco con el que dormía. Cristina tenía treinta años. Suspiró. Vio entonces algo reptar por la pared izquierda de su cuarto, donde había apoyada una estantería con varios libros. Algunos de estos se cayeron y la estantería tembló.

Solo es un sueño se dijo. Trató de emitir con su boca algún sonido, pero tampoco fue capaz de abrirla. La criatura reptó por el techo. Su cuerpo era alargado, sus extemidades también. No tenía dedos, en lugar de eso, eran garras. No podía verle los ojos, porque su larga melena negra los ocultaba, pero si pudo ver sus afilados dientes, que eran como sables.

La criatura seguía reptando mientras que el terror que sentía Cristina iba incrementándose. Y de pronto, tuve el rostro de la criatura delante de ella. Cara a cara. El pelo se apartó un poco del rostro de la criatura, dejando entrever dos profundos y terroríficos ojos completamente negros y sin iris. El ser soltó un gruñido, que Cristina entendió como una risa gutural con tono burlón. Notaba el aliento a podrido del ser. Las garras de la criatura acariciaron sus mejillas y un sudor frío la invadió. Parecía ser muy real para ser solo un sueño ¿no?

Creo... que no estoy soñando. O ¿es un sueño lucido?

El ser rugió, un rugido que llenó los oídos de la chica y encogió su corazón. Estaba inmóvil y no podía hacer nada contra aquella criatura. Iba a morir, lo presentía. La criatura abrió la boca, revelando una segunda hilera de dientes afilados y alzó el brazo derecho, extendiendo las garras, dispuesto a acabar con la vida de Cristina.

Y de repente, un cuchillo hendió el aire y se clavó en la espalda de la criatura, que expresó sorpresa y acto seguido se apartó de Cristina soltando un chillido gutural.

— Veo que te gusta atacar a victimas indefensas — dijo una voz femenina —. Veamos que tal te las apañas conmigo.

Cristina, al haberse apartado la criatura, pudo ver a una mujer delgada, de cabello castaño y ojos verdes. Portaba en la mano otro cuchillo. El ser estaba frente a ella y la miraba con rabia.

Que sueño tan raro es este pensó Cristina. Ella no tenía tanta imaginación. Era profesora de matemáticas, no utilizaba la imaginación a menudo.

La criatura se abalanzó sobre la chica, que lo esquivó. Un segundo más tarde, del cuello de la criatura brotó sangre negra y se desplomó en el suelo, muerto. Cristina se mostró desconcertada, hasta que vio que el cuchillo de la chica estaba lleno de sangre oscura. De alguna manera, la chica misteriosa se había movido tan deprisa que había cortado el cuello del ser con el cuchillo. De pronto, la pesadez de su cuerpo desapareció y ella pudo moverse.

Pero cuando se incorporó, ni la criatura ni la chica se encontraban ahí.

Definitivamente ha sido un sueño decidió Cristina.

Sin embargo, la sombra de una duda albergó en su corazón. 

sábado, 4 de mayo de 2024

LOS DÍAS MUERTOS 4: León

 

Cuando desperté, me hallaba en el hospital. Me costó recordar qué hacía allí, pero en un minuto recordé todo. Resulta que hacía dos días me habían operado de apendicitis. Ayer estuve reposando y, que supiera, hoy me darían el alta.

Me incorporé. Ahora estaba sentado en la camilla. A mi lado había una pequeña mesita de noche. La habitación no era muy grande. Delante de mí había una ventana, a la que me asomé. Todo se veía muy tranquilo allá afuera. Y había un silencio sepulcral. Aquello me tranquilizó, aunque también me pareció raro. No se escuchaba ni un alma. Para estar en Sevilla, era raro no escuchar pitidos de coches, ni ver vehículos en circulación. Ni siquiera gente caminando o charlando. Era todo muy raro. Miré el calendario que había colgado en la pared, debajo de la televisión que estaba colocada enfrente de la cama. Hoy era día laborable. Todavía más extraño. Y no era festivo tampoco. Decidí preguntar a algún médico o enfermera. Sin duda, ellos sí estarían aquí trabajando. Así pues, fui al cuarto de baño de la habitación, donde tenía guardada una muda. Me miré al espejo. Mi cabello era gris, recogido en coleta, mientras que mis ojos eran castaños. Mi cara tenía forma de corazón y mi nariz era algo picuda. Era alto, medía 1,75.

Me puse una camisa azul, vaqueros y deportivas. Luego de eso, me dispuse a salir de la habitación.

Ahí fue cuando empecé a olerme que algo raro ocurría. Todo estaba, no solamente silencioso, sino también patas arriba. Vi dos camillas a lo lejos tiradas y un cuerpo inmóvil. También vi sangre seca delante de mí. Las luces se habían fundido y una luz parpadeaba al fondo. Parecía aquello sacado de una película de terror. Aunque a mí me gustaban mucho, no me hacía gracia vivir una personalmente. Decidí caminar con cautela. Algo me decía que estaba pasando algo malo, muy malo.

Me acerqué al cuerpo.

Este estaba totalmente tieso. Su ropa hecha jirones. Era calvo y había sido hombre.

¿Qué ha pasado aquí? Me pregunté, no sin cierto temor.

De la última noche solo recordaba haber visto la tele y luego, nada. Me dormí. Y ahora estaba allí. Era cierto que había dormido hasta tarde y tenía algo de hambre (sed no, porque había bebido del grifo).

Seguí caminando hasta llegar a recepción. Allí vi a una enfermera con la cabeza apoyada en el mostrador. No había sangre, aunque si tenía la ropa hecha jirones y luego me fijé que tenía algunos arañazos. Con cuidado, me acerqué a ella. El teléfono de recepción estaba descolgado. Hice ademán de tocarle el brazo cuando, de pronto, esta se incorporó y yo me eché para atrás.

La enfermera tenía los ojos completamente blancos, sin iris. Su cabello rubio enmarañado y tenía venas oscuras en el cuerpo. En las noticias había visto a gente así, pero eran casos aislados y se suponía, que controlados. Pero se habían descontrolado. Los dientes de la enfermera estaban sucios y llenos de sangre negra. Gemía como un zombi. De hecho, casi juraría que lo era. Sin embargo, aunque tenía alzado el brazo hacia mí (mostrando manos sucias y uñas rotas), no podía alcanzarme. El mostrador se interponía entre ella y yo. Asustado, eché a correr. Atravesé una puerta doble y llegué a un pasillo con luces parpadeantes y sin puertas. No sabía dónde estaba, pero al fondo vi otra puerta y, no queriendo regresar, seguí adelante.

Solo mis pasos resonaban en la sala. Aquello parecía sacado de una película de terror. No me hacía ninguna gracia. Pero seguí adelante. Tenía hambre, así que busqué una máquina expendedora de comida. Tenía algo de dinero en la cartera, así que podría comprar algo.

La puerta del fondo, al abrirla, me dio paso hacia una sala de espera. También vacía. Era raro pensé. Si el hospital había sido invadido por esas cosas ¿dónde se encontraban? Entonces caí. Seguramente, mucha gente habría huido infectada a la calle, y si esas cosas las perseguían, estarían afuera. Adentro habría infectados, pero quizás no tantos. Tal vez, aquel hospital era de los que menos infectados tenía. Era la única teoría que se me pasó por la cabeza.

Decidí avanzar. Entonces me detuve en seco. Escuchaba el sonido de algo rasgar y masticar. Tragué saliva. Sin duda, una de esas cosas. Para que se hagan una idea del escenario:

Había un total de diez sillas en el centro de la estancia. Enfrente una máquina de comida y refresco. Lo que buscaba (además de la salida, que era lo principal, claro). Y a la izquierda, algunas consultas. A mi derecha había una pared. Me pegué a la pared.

Al llegar a la esquina, me asomé con cautela. Allí la vi. Era una mujer. Tenía la camisa gris rasgada y los vaqueros negros manchados de sangre seca. Delante de ella había en el suelo un cuerpo inerte y le estaba sacando las tripas. Casi vomité. El hombre tendría unos veinte años y a juzgar por su rostro, tenía cáncer antes de morir. Estaba totalmente calvo y su rostro demacrado. Sus ojos, sin embargo, estaban cerrados, como si estuviera en un sueño placentero.

Tragué saliva. Tenía dos opciones. Tres, en realidad: podía seguir adelante, tratando de que la infectada no me viera (sabía que me acabaría viendo, estas cosas siempre pasaban así), podía regresar y buscar otra salida (seguramente siendo mordido por la enfermera) o podía enfrentar a la zombi, lo cual veía algo estúpido.

Así pues, opté por seguir adelante. No me servía de nada esquivar un infectado para enfrentar otro y, al menos, este parecía ocupado en su festín. Escondido tras las sillas, agazapado, seguí mi camino.

Por sorprendente que pueda parecer, no fui detectado. Aquella mujer estaba demasiado ocupada con su cadáver. Así pues, pasé de la máquina de comida (pues era estúpido tratar de sacar comida. Me acabaría detectando nada más sacar yo la cartera) y seguí adelante, donde empezaba a divisar la luz de un día nublado. Pronto podría salir de aquí.

Fue entonces cuando las cosas se torcieron. La puerta por la que había venido se abrió a mis espaldas, saliendo la enfermera. Rugió en cuanto me vio y corrió hacia mí. Aquello alertó a la mujer que estaba comiendo y también salió corriendo hacia mí.

  • Joder — dije.

Ya no tenía sentido no hablar. Lo siento por el insulto. Me incorporé y me puse a correr como loco. La salida estaba ya muy cerca. Si me atrapaban ahora, sería una mierda.

Por lo visto, la enfermera me había seguido. Pero debía ir lenta para haber tardado tanto en llegar a mí. Sin embargo, ahora corrían como condenadas. Así pues, seguí corriendo. Noté un breve pinchado en la barriga. Se notaba que necesitaba reposo. Pero entonces escuché más gritos desgarradores. De una puerta cercana salió un anciano vestido con pantalón azul y camisa verde. Sus ojos, al igual que las dos mujeres que me seguían, no tenían iris y además, lo rodeaban unas venas oscuras que marcaban su cuello y parte de su rostro izquierdo.

Lo esquivé echándome a un lado. Ya veía la salida del hospital. Continué corriendo.

Pero cuando salí del hospital no estuve más a salvo que adentro. Del lado izquierdo salieron una multitud de muertos. Sin embargo, me detuve. Respiraba con dificultad y me dolía la barriga. Y al mirar más detenidamente, noté que los infectados que me seguían, al salir afuera, dejaron de correr y empezaron a caminar hacia mí rápidamente. Sin comprender que era lo que pasaba, decidí aprovechar y volver a correr. Al haber venido en ambulancia, no tenía coche a disposición. Pero tuve una suerte increíble al encontrar en el suelo una bicicleta. Era rosa y, a juzgar por su aspecto, perteneció a una chica adolescente. Me monté en ella y, como no encontré el casco, pedaleé lo más deprisa que pude, hasta alejarme de la docena de infectados que me perseguía.

Mi apartamento no quedaba lejos.







jueves, 2 de mayo de 2024

LOS DÍAS MUERTOS 3: Un refugio inestable

 

Todo en el instituto parecía tranquilo, a excepción de los infectados, que no tardarían en romper las puertas. Ya estaban agrietadas. Arturo no sabía cuántas de esas cosas había, pero casi treinta seguro.

Arturo se movió rápidamente. No corrió, pero casi. Armado con el bate, se acercó al final del pasillo y miró a izquierda y derecha. Luego, viró a la izquierda. Todo el pasillo estaba despejado. Seguramente, dentro de las aulas habría gente o infectados. La idea de Arturo no era permanecer allí, sino dar un rodeo y salir por otra zona del instituto. Los Agresores entrarían en breve y no podía quedarse. No era un lugar seguro. Así pues, siguiendo las indicaciones del instituto (del cual no había leído ni el nombre, con las prisas, aunque tampoco le importaba), llegó hasta el patio trasero.

Y ahí acabó todo.

Si bien las películas no solían mostrarlos, el mundo real era muy diferente. Mucho más cruel.

El patio estaba lleno de niños infectados. Sus ropas hechas jirones. A alguno le faltaba un brazo y otro tenía un feo mordisco en toda la cara o cuello. Otro no tenía piernas. El patio era grande, rectangular y lleno de albero. Los niños lo detectaron de inmediato. Gimieron, enseñando dientes sucios y putrefactos.

Arturo, cagado de miedo, dio media vuelta y echó a correr. Los niños empezaron a moverse rápidamente. Aunque tardarían en alcanzarlo, eran muchos y, si no se daba prisa, lo alcanzarían y matarían. O peor: sería una de esas cosas. Y no estaba dispuesto a eso.

No conocía aquel instituto. Y aquello era un problema gordo. De haberlo conocido, sabría por dónde escapar. Al mirar hacia atrás, vio que, a lo lejos, los niños se acercaban. Fue entonces cuando la puerta de la sala de profesores, que estaba próxima a él, empezaba a ser golpeada múltiples veces. Y eso solo podía significar algo: más infectados. Posiblemente, los profesores.

  • Arturo, aquí — le susurró una voz que conocía.

Al mirar a su derecha, vio que la puerta de los baños masculinos estaba entre abierta y una cabeza familiar asomaba por ella. Era calva, de ojos azules. Javier.

Javier era su amigo desde primero de secundaria. Tenía un año más que Arturo, porque había repetido primero de secundaria. Y estaba ahí para rescatarlo de la jauría que se le aproximaba lenta, pero imparablemente.

Sin perder un segundo, Arturo entró al baño. Entonces, Javier lo abrazó, para sorpresa de Arturo, quien correspondió su abrazo.

  • Me alegra que estés bien — le dijo Javier.

  • Tío ¿qué haces aquí?

  • Yo podría hacerte la misma pregunta.

  • ¿Quién es tu amigo? — dijo una voz que sobresaltó a Arturo.

Al mirar a su izquierda, se encontró con una chica muy hermosa. Tendría no más de dieciséis años. De etnia asiática (Jesús no sabría si japonesa o china. No sabía diferenciarlos) y cabello pelirrojo y ojos verdes. Labios carnosos. Vestía uniforme escolar: falda gris y camisa blanca, lo que indicaba que no era de aquel instituto, el cual no llevaba uniforme.

  • Perdona, él es Arturo — dijo Javier presentándolo —. Arturo, esta es Yukiko.

  • ¿Cómo os habéis conocido?

Aquella pregunta debería ser irrelevante en la situación actual, pero Arturo no pudo evitar preguntar.

  • Ignoraba lo que sucedía — explicó Javier rápidamente —. Estaba dando una vuelta cuando oí a Yukiko gritar. Un infectado la estaba persiguiendo. Le di una patada al tipo, pero se levantó como si nada, así que huimos de él hasta llegar al instituto. Y nos escondimos aquí. Las cosas se habían calmado.

  • Hasta que aparecí yo — comprendió Arturo.

Javier asintió.

Arturo entonces pasó a explicar cómo había terminado allí. Al terminar, Javier dijo:

  • Esperemos a que se calmen las cosas (otra vez). Luego, nos marcharemos.

El baño no disponía de ventanas, de forma que la única manera de huir era como Javier había explicado. Habría que esperar.



Pasaron un par de horas hasta que se atrevieron a salir. Los infectados no parecían haber visto entrar a Arturo en el baño, de modo que siguieron de largo. Sin embargo, el miedo a que permanecieran en el pasillo los mantuvo allí un par de horas antes de que decidieran salir. Por toda arma tenían el bate de Arturo y una navaja de Yukiko. Eso era todo. Yukiko les confesó que su padre era abogado y había venido a España hacía veinte años. Yukiko tenía diecisiete años, en lugar de dieciséis, como había creído Arturo.

Antes de salir, comieron algunos de los bocadillos de Arturo y bebieron. Ya con fuerzas renovadas, salieron.

Abrieron lentamente la puerta del baño. Nada se veía en el pasillo. Ya en el pasillo, caminaron lentamente hacia la salida más próxima, que es por donde Arturo había venido. Se detuvieron antes de doblar la esquina y Arturo asomó la cabeza para cerciorarse de que el camino estaba despejado.

No lo estaba.

Un Agresor se encontraba allí, de espaldas a ellos. Era una mujer joven, de unos veinte años. Cabello teñido de rojo. Tenía venas oscuras saliendo de su cuello, como la mayoría y, aunque estaba quieta, tenía ciertos espasmos. Arturo sabía que en cualquier momento se daría la vuelta. ¿Sería posible ir sigilosamente y partirle la cabeza con el bate? Las posibilidades eran bajas, pero Arturo no veía otra solución. La otra salida estaba más lejos y, probablemente, habría más infectados. Y el patio ni digamos. Arturo lo había experimentado unas horas atrás.

Con gestos, Arturo les dijo lo que pasaba y se ofreció para acercarse y darle el golpe. Pero fue entonces cuando la infectada se dio la vuelta. Arturo escondió rápidamente la cabeza y tragó saliva. Por poco. Ahora no podría pillarla por sorpresa. La única alternativa, aparte de buscar otro camino, era esperar a que volviera a darse la vuelta. O distraerla con algo.

  • No podemos esperar eternamente — susurró Yukiko —. Aparecerán más de esas cosas. Yo me encargo.

Le dijo a Arturo. Sin darle opción a replicar, ella salió de su escondite y se mostró a la infectada. Esta gritó y caminó hacia ella. Yukiko corrió, dio un salto hacia adelante y golpeó a la infectada, que cayó al suelo.

  • No sabía que supiera defenderse tan bien — dijo Arturo.

  • Ni yo — replicó Javier, que estaba tan conmocionado como su amigo.

Entonces, Yukiko no perdió el tiempo y clavó la hoja de su navaja en el cerebro del infectado, matándolo del tirón.

Al existir en este universo los zombis, la gente sabía cómo matarlos. Aunque los Agresores seguían vivos en realidad (así que un disparo al corazón servía también).

  • ¿Estás…? — iba a preguntar Arturo cuando de pronto, se escucharon nuevos rugidos.

  • ¡Ya vámonos! — exclamó Yukiko.

Y los tres corrieron hacia la salida. No obstante, se detuvieron en seco al ver a tres Agresores esperándolos en la entrada: un anciano con barba de tres días y dos chicas que rondarían la treintena. Sin más opción, dieron media vuelta. Atravesaron el pasillo y giraron a la derecha. Siguieron corriendo y llegaron a las escaleras. No tenían más opción que subir. Arturo sabía que era mala idea, pues la cosa era salir de allí. Pero los tres infectados de antes ya estaban en el pasillo y venían más de camino. Estaban acorralados.

  • Maldición — dijo Arturo.

  • Venga, vamos — dijo Yukiko.

Los dos amigos la siguieron. Parecía que ella sabía qué hacer. Así que subieron a la segunda planta donde estaban las aulas. Allí se detuvieron en seco. Al menos siete infectados adolescentes (tres chicas y el resto chicos), los esperaban allí. Al verlos, gimieron y se acercaron. Yukiko clavó la navaja en el pecho de un estudiante que se había acercado demasiado y lo empujó hacia otro. Arturo golpeó la cabeza de una chica infectada, que chocó contra la barandilla de la escalera, matándola en el acto.

Arturo se sintió miserable. Un sentimiento de malestar lo invadió y sintió la garganta reseca, a pesar de haber bebido hacía escasos minutos. No dejaba de pensar que esa gente estaba viva y que, con una cura, podrían volver a ser lo que eran. Pero era matar o morir. Arturo lo veía bien claro. Pero eso no significaba que le tuviera que agradar. Javier le llamó la atención y los tres se escondieron en una clase cercana, que estaba despejada. Bloquearon la puerta con el pupitre del profesor y se quedaron allí, inmóviles, demasiado asustados para hacer nada, mientras los Agresores golpeaba la puerta de la clase. La puerta no tardaría en ceder. Y esa vez, no podrían esperar a que los infectados simplemente se fueran. Esta vez, sabían dónde se encontraban.

  • ¿Qué hacemos? — Preguntó Javier, presa del pánico.

Con serenidad, Yukiko respondió:

  • Habrá que luchar. No hay de otra. No, si queremos escapar.

Arturo sabía que tenía razón, pero seguía sin parecerle bien. Recordó entonces a su novia, la cual estaría todavía en el aeropuerto o quien sabía dónde. Tenía que saber si estaba bien.

La puerta finalmente cedió y al menos ocho Agresores entraron en la clase. dividiéndose, Yukiko hizo uso de su navaja para atravesar el corazón de uno, quien cayó al suelo, inerte. Chorros de sangre negra salieron de su corazón y Yukiko se empapó el brazo de él. por suerte, no entró en su boca ni tenía herida donde pudiera penetrar, así que no se infectaría. Javier, usando la fuerza bruta, empujó a uno contra el suelo y le aplastó la cabeza. O lo intentó, porque aquello no era una película. Sin embargo, logró que perdiera el conocimiento (al estar vivos realmente, podían perderlo). Arturo dio un par de batazos con el bate y se deshizo de dos Agresores. Aquello le provocó un tic nervioso en el ojo. Nunca había matado. Y aquello le chocó bastante. Dio otro golpe más y vio como Yukiko se deshacía de otros dos Agresores más y remataba al que Javier había tumbado. El último lo eliminaron entre Arturo y Yukiko. Arturo le dio un golpe y, cuando cayó el Agresor al suelo, Yukiko lo remató. Pronto entraron cuatro más. En lugar de luchar, los tres amigos rodearon rápidamente a los Agresores, salieron del aula y echaron a correr. Ya no buscaban luchar. Tenían que huir. No podían ponerse a buscar la salida más tranquila. De modo que se dirigieron hacia una salida de emergencia. Salieron por ahí y bajaron las escaleras rápidamente.

Ahora se encontraban en un callejón de la escuela. A pesar de lo que había visto en las películas, aquel callejón estaba completamente vacío. Pero se escuchaban los golpes de los infectados en la puerta de emergencia. Si no se daban prisa, no solo echarían la puerta abajo y los perseguirían, también atraerían a más. Siguieron corriendo y salieron del callejón, que daba a la calle.

  • ¡Eh! — avisó Javier señalando adelante —. Ahí hay bicicletas. Rápido.

En el suelo, tiradas, había dos bicicletas: una roja y otra verde. Al parecer los dueños de las bicicletas no habían tenido tanta suerte. Arturo comprobó el estado de las ruedas: estaba bien, aunque algo desinfladas. Solo les servirían un tiempo. La mejor idea era buscar un coche. A excepción de tal vez, Yukiko, el único que conocía Arturo que supiera conducir era Javier.

  • ¿cómo lo hacemos? — preguntó Arturo.

Yukiko entendió su pregunta y, totalmente decidida respondió:

  • Javier, tú te subes conmigo. Yo llevo la bicicleta. No discutáis, no hay tiempo.

Tenía razón, así que Arturo montó la bicicleta roja y Yukiko y Javier la verde. Javier se agarró tímidamente a la cintura de ella. Si se sintió incómoda, no lo demostró. Tal vez, porque en aquellos momentos solo buscaban ponerse a salvo.

Habían escapado del instituto. Parecía que pedaleaban sin rumbo fijo, pero, en realidad, Arturo se fijó en que Yukiko sabía bien adonde ir. El viaje se hizo más largo porque tuvieron que esquivar calles repletas de infectados o a algún Agresor solitario. Pero al cabo de una hora, se detuvieron frente a una casa. La casa era grande: con jardín y de forma rectangular, de paredes blancas, tipo moderna.

  • Bienvenidos a mi hogar — dijo Yukiko.

sábado, 20 de abril de 2024

LOS DIAS MUERTOS 2: LA CAÍDA

 

Era viernes y Arturo se levantó como todas las mañanas. Eran las once. Arturo sonrió. Era agradable poder acostarse a la hora que quisiera y levantarse cuando lo requería su cuerpo. Aunque sabía que eso solo duraría un par de meses más, hasta que comenzaran las clases de nuevo.

Arturo se incorporó. Llevaba por pijama una camiseta blanca y pantalón azul. Fue al baño a orinar y luego se miró fijamente al espejo. Su cabello era pelirrojo y puntiagudo. Sus ojos, verdes. Era alto, alrededor de 1,75 y su rostro era ligeramente ovalado. Sus labios, finos y sus orejas redondas. Tras desayunar unas galletas y zumo, decidió mirar el teléfono. Se encontró con que el wifi no iba, aunque sí tenía datos. Les habría preguntado a sus padres, pero se encontraban fuera por trabajo. Aunque Arturo tenía diecisiete años, sabía manejarse bien él solo.

Fue entonces cuando en Twitter, vio que había dos trending toppic inusuales: “Apocalipsis Zombi” y “Sin tecnología”.

Al entrar al primero, vio a mucha gente estúpida diciendo que había llegado el apocalipsis zombi y todos iban a morir.

Que exagerada es la gente se mofó Arturo. Era cierto, sin embargo, que hacía meses que varias personas se comportaban como tales. Por lo visto, algún extraño virus los hacía comportarse como tal. Arturo había leído las noticias. Hacía solo dos días, un par de ancianos habían asesinado a su hijo a mordiscos y arañazos. Y hacía un mes, una mujer estaba devorando a un adolescente en medio de la calzada. Y así con varias noticias más. Casos aislados y perfectamente controlados.

Pero ¿y si se les había ido de las manos? Inquieto, Arturo decidió llamar a sus padres. No le cogieron el teléfono. Fue entonces cuando decidió llamar a Rebeca. Pero tampoco se lo cogió. Empezó a asustarse. ¿Habría pasado algo de verdad?

Arturo vivía en un bloque de pisos, de modo que podría preguntar afuera qué sucedía. Decidió que así lo haría. Pero antes, miró el otro hastag, el de “sin tecnología”. Por lo visto, si bien no de golpe, se estaban empezando a perder las conexiones wifi lentamente y algunos lugares se estaban quedando sin luz. En otros había cortes de luz temporales. Una locura.

Puede que si sea el apocalipsis al final.

Pero la única forma de averiguarlo era saliendo afuera.

Así pues, decidió ponerse una camiseta roja, vaqueros y deportivas. Además, agarró un bate de béisbol. A Arturo le encantaba el béisbol. Eso, y la música. Muchas veces, tocaba la flauta y el piano. Era su hobby favorito. Sin embargo, el año siguiente entraría a estudiar un módulo de Informática, ya que no se sentía lo bastante confiado para ganarse la vida con eso, a pesar de que sus padres y amigos lo animaban a intentarlo.

  • Eres muy joven — le había dicho su padre — no dejes de perseguir tus sueños o lo lamentarás.

  • Está bien que tengas un plan B — había añadido su madre —. Pero no dejes de lado tus sueños.

Si todo iba bien, después del verano Arturo trataría de entrar en algún conservatorio y esperaba poder alternarlo con sus estudios.

En cuanto Arturo abrió la puerta, se encontró con un pasillo totalmente silencioso. Aquello no era novedad. Así estaba normalmente. Vacío, silencioso y varias puertas que daban a las otras viviendas. Sin embargo, una estaba entreabierta y le hacían señas para que entrara. Al fijarse mejor, Arturo se percató de que aquella vecina era una conocida de su madre. Una mujer mayor, anciana, llamada Marga.

Arturo se acercó con calma.

  • Marga ¿qué tal? — preguntó con amabilidad.

Ella le hizo señas para que se callara y le invitó a pasar a su apartamento.

  • No hagas ruido — le susurró.

Intrigado, Arturo hizo lo que le pedía. Su tono era de temor. Algo no iba bien. Arturo entró en el apartamento y cerró suavemente la puerta.

La anciana lo llevó a la sala de estar, una habitación con una mesa de madera rectangular en medio y rodeada de estanterías llenas de libros y enciclopedias. Un pequeño televisor estaba situado en una esquina. Marga le sirvió un zumo y le invitó a sentarse. Una vez hecho, ella dijo:

  • ¿Te has enterado no?

  • ¿Del apocalipsis? Si. Pero no creo que sea para tanto ¿verdad?

La mirada seria de Marga lo convenció de que la situación era peor de lo que se pensaba.

  • No puede haberse descontrolado todo de repente. Eso solo pasa en películas.

  • No lo ha hecho de repente — respondió tranquilamente Marga —. Pero no se ha prestado la suficiente atención y ha terminado por descontrolarse. Ahora pagamos las consecuencias. Ven, asomémonos por la ventana.

Arturo hizo lo que le decía y se levantó de la silla. Se acercó a la ventana.

  • No descorras la cortina — le aconsejó Marga —. Solo retírala un par de dedos. Lo justo para ver.

Lo hizo. Y lo que vio lo dejó helado.

Abajo, en la calle, había al menos cinco personas que caminaban de forma errática. Arturo no era muy fan del genero zombi, pero había visto alguna que otra película y fotos. Y tenía que admitir que el aspecto de esas personas era muy similar. Se movían torpemente. Arturo incluso se sorprendió de que no resbalaran en ningún momento. Sus ojos no podía verlos bien, pero tenían venas oscuras y dientes podridos y la boca llena de sangre reseca. La ropa también estaba manchada de sangre y uno de ellos tenía la camisa hecha jirones. Arturo tragó saliva y se alejó de la cortina, temblando.

  • Algunos dicen que son rápidos — dijo Marga, triste —. Otros, que son lentos. Yo de ti tendría cuidado y no saldría de casa hasta que las autoridades resuelvan el asunto.

Arturo asintió. Se despidió de Marga, le pidió que tuviera cuidado y regresó a su apartamento. Necesitaba pensar. Soltó el bate en la cama de su cuarto.

Pasó al menos una hora encerrado en su cuarto, reflexivo. Revisó el frigorífico. Tenía comida para unos tres días. Tendría que salir pronto. Recordó entonces a Rebeca. Su chica. Ella cogía ese día un vuelo. Según su reloj, debería haber llegado de Madrid hacía un cuarto de hora. ¿Estaría bien? decidió llamarla nuevamente. Pero nada. Fue entonces cuando se decidió. No podía quedarse de brazos cruzados. ¿Y si esas cosas la tenían acorralada? La rescataría. Sabía que aquello era el mundo real, no una película. Pero quedarse sentado era peor. Así que, agarrando otra vez el bate, decidió salir. No obstante, esa vez agarró una mochila roja y en ella metió dos botellas pequeñas de agua, un par de bocadillos y pañuelos. Si necesitaba más comida, la recogería de algún supermercado. Pero ahora necesitaba ir cuanto más ligero, mejor. Hecho eso, salió de casa, cerró con llave y pasó por delante de la casa de Marga. No escuchó nada. Se encogió de hombros y siguió adelante.

Atravesó el pasillo. Todo estaba en calma. Una extraña calma.

Llegó hasta el ascensor. Fue a pulsarlo, pero una imagen se le vino a la mente: ¿y si uno de esos tipos estaba adentro? El espacio del ascensor era pequeño y si lo atacaban, no podría defenderse. De modo que optó por las escaleras. Vivía en una cuarta planta, de un total de diez, así que tardaría unos minutos en bajar. Pero lo hizo igualmente. Bajó despacio, mirando hacia atrás y hacia adelante y escuchando atentamente todo a su alrededor.

Bajó al tercer piso. Todo el pasillo estaba tranquilo. Como el suyo. Pero había algo más. Algo inquietante. ¿Habría algún vecino con vida dentro? Seguramente sí, pero todos estaban asustados dentro de sus casas. Otros estarían fuera y otros, muertos o convertidos. En cualquier caso, Arturo no tenía intención llamar a ninguna puerta y optó por bajar a la segunda planta. Se notaba que estaba al inicio del brote. La infección debía ser más alta en otras zonas, porque allí los pasillos estaban tranquilos. Pero todo cambió cuando bajó al primer pasillo. uno más, y llegaría a la planta baja, donde estaba la salida.

Allí, de espaldas a él, caminaba de forma errática una persona. No podría asegurar si estaba infectado, pero diría que sí. Se movía como esas cosas. Tenía el cabello blanco y sangre fresca goteaba de su barbilla. Hacía poco que se había alimentado. Era un milagro que no lo hubiera escuchado. Arturo tragó saliva. Miró un momento arriba. Apenas un vistazo. Como nadie lo seguía, decidió bajar los escalones que le faltaban. Como un resorte, el agresor se dio la vuelta. Al verlo, Arturo confirmó que era un Agresor. Sus dientes estaban podridos y sus ojos inyectados en sangre. Rugió y caminó hacia Arturo. Este, presa del pánico, comenzó a correr.

Llegó al vestíbulo, un pasillo pequeño. Corrió hacia la puerta, la abrió y cerró. Ya estaba en la calle. Los infectados de antes ya se habían marchado, siguiendo su camino al no haber ningún estímulo y Arturo se detuvo a respirar un momento. El corazón le latía a mil. Así que había infectados en su edificio. Y Marga estaba adentro. Con el teléfono, probó a llamarla. No cogió el teléfono. Tragó saliva. No se atrevía a volver para advertirla y de todos modos, vio que el Agresor se acercaba lentamente a la puerta, aun gimiendo. Se dio cuenta entonces, de que los Agresores se movían con lentitud. Eso, reflexionó, era algo bueno. Le permitiría escapar más fácilmente.

Prosiguió su camino.

Las calles estaban demasiado tranquilas. De una forma que Arturo solo podía calificar como inquietante. No se veía a nadie. Vio a una persona caminar inquieta a lo lejos. Sus pasos eran normales, así que no era un infectado. Se metió en una casa. Arturo pasó por delante y siguió su camino, hasta que cruzó una calle.

Y se topó con al menos una veintena de Agresores. Estos lo vieron enseguida, rugieron y caminaron hacia él. A pesar de caminar, sus pasos eran rápidos.

  • ¡Ostias!

No pudo evitar decirlo. Se puso a correr. Pronto dejó a los Agresores atrás, pero sabía que no podría huir eternamente. Cruzó otra calle y nuevamente tuvo que volver sobre sus pasos y meterse en otra calle. Había al menos diez Agresores en aquella. Parecían estar concentrados en un lugar o eso le pareció a Arturo. Fue entonces cuando vio un instituto. No sabía si dentro habría Agresores o no, pero tanto por delante como por detrás, los infectados se acercaban peligrosamente. No tenía más opción. Caminaban bastante deprisa y, sino entraba en el instituto ya, lo alcanzarían.

Así que eso fue lo que hizo.

Atravesó el patio, el cual era de cemento y se adentró en el edificio, cerrando las puertas de cristal. Acto seguido, se encaró ante el pasillo que tenía ante sí.

























miércoles, 20 de marzo de 2024

LOS DÍAS MUERTOS 1: El Polizón

 

Rebeca se miró en el espejo del baño. Llevaba el cabello rubio a la altura de los hombros y eso que se lo había cortado recientemente. Sus ojos castaños observaron su nariz ligeramente picuda y sus pocas pecas, las cuales odiaba, pero que su novio Arturo encontraba agradable. Solo eso la hacía sentirse algo mejor consigo misma.

No era una chica bajita precisamente. Medía 1,65 centímetros. Llevaba por toda vestimenta unos vaqueros, deportivas de color gris y una camiseta roja de manga corta. Era pleno julio y hacía bastante calor. Suspiró. No se hallaba en casa. Estaba en el cuarto de baño de un aeropuerto. Su vuelo salía en media hora y ya estaban avisando por megafonía. Había viajado desde Sevilla para Madrid para ver a sus abuelos y ahora cogía el vuelo de regreso. Aunque a Arturo le encantaban, a ella no le hacía mucha gracia los aviones. Ni nada que tuviera que tener con las alturas. Más que terror, era respeto. Por eso podía montarse en un avión a pesar de no hacerle mucha gracia.

Salió del cuarto de baño y se encaminó hacia la cola de embarque. Allí, sacó los billetes y el DNI, los mostró y entró al avión. Una vez recorrido el correspondiente pasillo, se encontró con un avión repleto de gente. Metían maletas por arriba, otros se sentaban y en definitiva había un poco de desorden. Por suerte, las azafatas estaban allí ayudando en lo que podían. Rebeca se sentó en su asiento, situado al lado del pasillo y respiró honda. No llevaba más que una pequeña mochila con un libro. Nada más. El resto de equipaje estaba facturado.

Todo fue tranquilo durante el vuelo. Al menos, durante la primera hora. Luego empezaron los problemas.

Escuchó un grito. Ese fue el detonante. Al darse la vuelta, sobresaltada (su libro, uno de género fantástico, cayó al suelo del susto), vio como un hombre de pelo corto negro vestido con vaqueros y camisa manchada de sangre reseca mordía el cuello de una anciana.

  • ¡Suéltala cabrón! — dijo el que debía ser su hijo, un hombre calvo de unos cuarenta años, delgado.

Pero el hombre rugió y procedió a morderle la cara al tipo. Aquello horrorizó a Rebeca, quien se incorporó de su asiento junto con otras personas. Al igual que ella, otros tantos se echaron para atrás, asustados y horrorizados por lo que estaba viendo. Pero eso no era todo. El tipo no solo estaba agrediendo a dos personas. Además, había soltado un rugido que Rebeca catalogaría como de bestia.

Todo el cuerpo de Rebeca temblaba violentamente. Sus manos, sus brazos. Sus piernas parecían gelatina. Vio a las azafatas pasar al lado suyo. La empujaron un poco para poder pasar. En otras circunstancias, eso habría molestado a Rebeca. Pero en ese momento le daba igual. Estaba en shock. Estaba presenciando dos agresiones y estaba viendo sangre brotar de las víctimas. La anciana fue rápidamente socorrida por dos pasajeros, que la llevaron a un lado mientras ella gritaba preocupada:

  • ¡Mi hijo!

Su hijo le dio una patada al agresor, enviándolo lejos, donde los demás pasajeros empezaron a propinarle patadas y puñetazos. Fue entonces cuando escuchó la voz del comandante decir:

  • ¡BASTA YA! ¡No quiero más violencia en mi avión!

  • ¿Qué hacemos con este cabronazo?

Estaba diciendo uno cuando el agresor mordió su pierna. Rebeca se fijó en que el agresor parecía fuera de sí. Sus ojos no tenían iris y su rostro y boca estaban cubiertos de sangre.

El hombre lo insultó y le propinó una patada en la boca, haciéndole saltar los dientes. Un azafato y una azafata agarraron al agresor por los brazos y lo arrastraron hasta el cuarto de baño más cercano, donde lo encerraron y bloquearon la puerta.

Los siguientes veinte minutos fueron insufribles para Rebeca. El ambiente estaba muy tenso. Las azafatas e incluso el comandante, ordenaron duramente que se sentaran y se prohibió expresamente levantarse salvo para ir al servicio. Pero esto último incluso se negó un par de veces, porque las azafatas no se fiaban del comportamiento de los pasajeros. El miedo era palpable. Además, los constantes golpes y gemidos del agresor no ayudaban. Fue entonces cuando, veinte minutos después, las azafatas descubrieron que el pasajero agresivo no tenía número de asiento asignado. Había saltado directamente de la bodega y había empezado a morder a la gente.

Era un polizón.

  • Avisaremos a las autoridades cuando aterricemos — prometió una azafata.

Eso pareció tranquilizar un poco los humos. El resto del viaje transcurrió tensa, pero sin percances. Por más golpes que diera el agresor, no podía salir. Aunque eso no tranquilizaba a Rebeca que miraba nerviosamente hacia el cuarto de baño. Movía las piernas incontrolablemente y parpadeaba. Incluso le temblaba el ojo izquierdo. Pidió agua a la azafata y ella le la concedió amablemente. También dijo (por orden del comandante), que estaban invitados a las bebidas no alcohólicas (Rebeca suponía que para no crear más problemas y calmar el ambiente). Aquello mejoró la situación y la tensión disminuyó. Pronto todos bebían diversos refrescos, aunque Rebeca solo bebió su agua. Luego fue al servicio y, más tranquila, esperó a que el avión aterrizara.

Fue entonces cuando todo se descontroló. El avión, cuando aterrizó, tuvo varias turbulencias. Al mirar por la ventana, Rebeca comprobó horrorizada que estaba chocando con muchas personas. Al ir rápido, no distinguió turistas de trabajadores, pero una cosa estaba clara: decenas de personas estaban muriendo y el cristal de la ventana pronto se dibujó de rojo, impidiendo a Rebeca seguir mirando. Ella chilló, presa del pánico y no fue la única. Vio a una mujer que no chillaba. Estaba muda de la impresión. La mujer herida y su hijo (que ya habían recibido atención médica) se habían desmayado.

  • Mantengan la calma, no se levanten…

Estaba diciendo el comandante, pero la voz se cortó de repente y solo se escuchó estática. Como era de esperar, muchos no le obedecieron y se incorporaron, presa del pánico. Algunos golpearon las ventanas, otros empezaron a empujarse, otros golpearon a las azafatas. Fue entonces cuando el avión chocó contra algo (seguramente, el propio aeropuerto). Todos los que estaban de pie cayeron al suelo. Una maleta cayó. Ella hizo ademán de recogerla cuando esta impactó sobre su cabeza. Perdió el sentido, pero antes de hacerlo, pudo ver como de su cabeza goteaba bastante sangre, que ensució sus piernas y acabó en el suelo.





lunes, 25 de diciembre de 2023

LA CHICA DEL BAÑO

 

¿Eres fan de la mitología japonesa? Si así es, quizá hayas oído hablar de la niña del baño. Si no, bueno, ahora voy a relatar de qué va esta leyenda. La trama que contaré obviamente es falsa. Pero ¿el mito será cierto? Quién sabe. Comprobarlo es bastante fácil. Aunque demostrarlo quizá no tanto.

Todo empezó una tarde de Viernes en un pueblo cualquiera de Japón. No, no vamos a poner Tokio, demasiado visto ya. La protagonista de esta historia, es una joven de doce años de edad con el cabello negro corto. Se llamaba Sonoko.

Sonoko había salido a hacer unos recados a su madre, cuando de repente le entraron ganas de ir al baño. Su instituto estaba cerca así que fue allí.

El instituto estaba prácticamente vacío y aquello la amedrentó un poco. De no ser por las ganas de orinar, se habría marchado enseguida. El servicio de las chicas, lejos de estar impoluto, estaba muy sucio. Polvo, papeles y pañuelos por el suelo, el espejo manchado... casi nada estaba limpio por la de gente que entraba y salía.

— Esto está hecho un asco — dijo la niña indignada.

Apenas sí podía ver su rostro en el espejo: ojos castaños, cabello negro corto. Vestía un vestido azul, su favorito.

De pronto, escuchó un ruido procedente del cuarto cubículo. Aquello la paralizó por un segundo. Luego tragó saliva y se dijo que no podía ser.

— ¿Qui... quien... anda ahí?

Preguntó tímidamente. No hubo respuesta. Trató de calmar su acelerado corazón. Posiblemente solo había sido el viento. La ventana del baño estaba entre abierta. Sin saber muy bien porqué, se dirigió hacia la cuarta puerta. Estaba muerta de miedo, pero su curiosidad era mayor.

La curiosidad mató al gato se recordó la niña. Una vocecita interior luchó contra la razón: Pero el gato murió sabiendo. No se lo pensó más y abrió la puerta.

Y allí estaba ella. Bajita, cabello corto negro. Sus ojos la miraron con un odio ancestral, de hace siglos. La niña, la que miraba a Sonoko, se incorporó lentamente. Llevaba falda roja y la camiseta blanca estaba manchada de sangre. Sus manos parecían garras y estaba llena de heridas. La sola contemplación de la niña dejó petrificada a Sonoko. Ni siquiera podía temblar, del terror que sentía.

Así que es real pensó Sonoko. Hanako San... existe.

Dos profesores estaban conversando cuando escucharon un grito. El grito de Sonoko. Cuando acudieron allí, era demasiado tarde. La encontraron petrificada en el suelo, viva. Sin signos de heridas, ni nada. Solo había un mensaje escrito en sangre que se borró a los pocos segundos:


MI NOMBRE ES HANAKO SAN. Y HAS IRRUMPIDO MI PRIVACIDAD.

Sonoko fue a psicólogos y a todos les contó lo mismo: que había visto a Hanako san. Pero no lo contaría hasta tres años después, cuando empezó a hablar, ya que su visión la dejó tan trastocada que no pudo hablar por todo ese tiempo. Los médicos achacaron que su imaginación le jugó malas pasadas y finalmente Sonoko tuvo que fingir que "se había sanado" para que no la tomaran por loca y encerraran en un manicomio. Pero ella sabía la verdad. Y nunca jamás, volvió a pisar un baño ajeno. Al menos, sola.


EXPLICACIONES SOBRE EL MITO

El mito de Hanako existe desde los años ochenta u cincuenta. Hay varias versiones de como este fantasma empezó a existir. Algunos dicen que su padre era abusivo y la mató. Otros, que una bomba enemiga la mató. Sea cual fuere la versión, la cosa es que suele encontrarse tras el tercer o cuarto cubículo del baño de chicas o de alguno sucio. En Japón se aprovecha esta leyenda para que los niños mantengan limpios los baños.

sábado, 21 de octubre de 2023

ISLA MISTERIOSA

 

Saludos, querido lector. Este relato consta de un hecho real que creo que el mundo debe conocer. Si bien os parecerá imposible, creedme, sucedió realmente.

Preferiría dejar mi nombre en anonimato. Bien, dicho esto, pasaré a relataros qué sucedió.

Iba de camino a unas vacaciones, montado en un avión. Yo trabajaba de abogado. Pero hubo un accidente y acabé varado en una isla desierta.

Me "hospedé" por decirlo de alguna forma, en una pequeña cabaña de madera.

Todo estaba seco: no había agua ni comida, ni siquiera insectos. Nada. El sitio estaba sucio, pero libre de bichos... aquello me pareció muy raro. También había una mesa y una cama sucia. Cuando me adentré en la selva, vi algún jabalí y ciervo, pájaros... pero poco más. Pillé un par de manzanas y un puñado de plátanos, lo que pude llevar. Lo dejé en la cabaña y me puse a buscar agua. Encontré un pequeño arroyo. Bebí hasta saciarme y entonces pensé que me vendría genial algo donde guardar el agua. Una botella o algo. Pensé que no hallaría nada, pero una lata vacía de coca cola apareció. Eso me produjo la siguiente interrogante: ¿había o hubo alguien en la isla? Busqué, pero no hallé a nadie y como estaba oscureciendo, decidí volver. Además, estaba muerto de hambre. Volví a beber hasta saciarme y luego rellené la lata tras lavarla bien. De vuelta a la cabaña, decidí colocar una mesa a modo de pestillo, por si acaso.

Como empecé a notar frío, encendí un fuego con un par de piedras y cené una manzana y plátano. No creáis que no comí nada durante el día, pues durante mi búsqueda de comida y agua, una naranja y una manzana acabaron en mi cuerpo. Otra cosa no, pero estaba comiendo más sano que en toda mi vida. Entonces escuché algo.

Por supervivencia, apagué el fuego y la estancia quedó a oscuras. Me escondí bajo una ventana y allí escuché otro ruido. Eran pisadas, pero no veía de quien. ¿Del tipo de la coca colas? Quizá quedó otro superviviente del avión.

Y le vi.

O más bien, vi "algo". Era un hombre, de pelo y barba desaliñados. Saltaba a la vista que hacía semanas que no se bañaba. Pero lo que me hizo encogerme de terror, no fue únicamente su andar tipo zombi, sino sus ojos.

No tenían iris.

La noche la pasé fatal. Al menos la mayor parte de esta no dormí y me levanté cerca de las once de la mañana. Supongo que os preguntaréis que sucedió con el ser que vi. Bueno, finalmente fue todo bien y él no me vio. Apenas un minuto después él se marchó, no sin antes mirar por una de las ventanas de la cabaña. Tuve suerte de estar bajo una. Así no me vio.

Pero ahora estaba aterrado. No sabía si ese ser reaparecería de nuevo o no, si habría más o no. Temía salir y encontrármelo. Pero necesitaba salir. Necesitaba escapar de ahí. No estaba seguro de poder sobrevivir más tiempo en aquella isla.

Desayuné y luego salí. Necesitaba un arma, pero no tenía nada con qué cortar. Lo único que pude coger fue un trozo de rama y un cristal procedente del avión. Eso era todo. Al menos, era algo. Continúe mi camino, más en silencio que nunca, temiendo encontrar al ser nuevamente. Lo que más temía era pasar una nueva noche. Decidí que, si tenía que hacerlo, lo haría durmiendo bajo la puerta. Esperaba no roncar... Comí una manzana y bebí agua del arroyo. Busqué algún recipiente más donde llenar agua, pero no vi nada. Decepcionado, seguí mi camino adelante. Quería conocer la isla, saber que contenía. Tras varias horas, llegué por fin a lo que era mi destino: un poblado.

Me quedé sorprendido al verlo. Estaba derruido y se notaba que hacía varios años que nadie vivía ahí. Sin embargo, era algo. Podía haber comida, documentos de qué había sucedido y quizá alguna barca para regresar a casa.

Me adentré en el poblado. No era muy grande, y estaba bastante destrozado por el paso del tiempo. Vi varias cabañas y entré en todas ellas. Encontré comida, pero salvo algunas latas en conserva, todo estaba caducado. Sustituí mi cristal y mi rama por un par de cuchillos oxidados y luego me entretuve leyendo un diario de una niña que no decía nada que ocasionara lo de aquel ser. Leía escondido, por si acaso aquel tipo reaparecía. Según el reloj, eran ya las cinco de la tarde. El cielo andaba con nubes grises, amenazando con llover. Comí una lata en conserva y guardé el resto en una mochila asquerosa que encontré. Al menos pude llevar también una jarra vacía y un par de vasos de cerámica. Tras andar lo suficiente, me quedé nuevamente de piedra. Pues frente a mí había un edificio moderno. Tuve la impresión de que era un laboratorio y no me equivocaba, pues al entrar, vi que el lugar estaba completamente destrozado y sucio. La entrada era una sala enorme, llena de escritorios. El suelo, antaño azul, estaba ahora lleno de polvo y suciedad, al igual que las mesas. Al revisar los cajones vi unos papeles que sin duda explicarían que sucedió. Empecé a leer los informes.



INFORME I

Los experimentos van bien, al menos por el momento. No hay casos secundarios. Los pacientes se toman el medicamento y vuelven a sus vidas normales.

Rectificación: Han transcurrido dos semanas y es ahora cuando los efectos secundarios toman fuerza. Tendremos que tomar serias medidas. Relataré todo en el siguiente informe.

Pero el siguiente informe no estaba. El resto de papeles hablaban sobre experimentos realizados a insectos y ratas, que murieron en el acto o al cabo del tiempo. Pero al parecer, aquel ser formaba parte de un proyecto que aquel laboratorio sin nombre (probablemente ilegal) estaba ejerciendo. Esta isla... ¿de qué parte del mundo sería? Entonces escuché pasos. Pasos y gemidos.

Los mismos que escuché anoche.

No tardé en esconderme. Me oculté bajo una mesa a toda velocidad, a la vez que escuchaba los pasos. Eran indudablemente pasos de zapatilla. Escuchaba los gemidos cada vez más y más cerca. Temblando como una hoja, esperé.

Tras lo que me pareció una eternidad, lo vi. Era un tipo similar, aunque no el mismo que la otra noche. Era de cabello muy rapado, casi calvo. Vestía de presidiario y su rostro era azulado y blanco como la leche a su vez. Tragué saliva. Le faltaban varios dientes. Caminaba lenta pero inexorablemente. Al principio pensé que solo pasaba por allí, pero pronto comprendí que no era casualidad que ese tipo estuviera ahí.

Entró en la estancia y se puso a buscar con la mirada a la vez que caminaba lentamente. Tragué saliva. Debí de haber hecho mucho ruido, porque no cesaba de buscar. Al cabo de un rato, se marchó. Menos mal que no le dio por mirar bajo las mesas.

Una vez hubo atravesado la puerta principal, suspiré de alivio. Debía tener más cuidado me dije. Necesitaba buscar más información, escapar de ahí y denunciar esto a la policía. A lo mejor había un sistema de comunicaciones por aquí... Sí, eso tenía sentido. Así podría contactar para que vinieran a rescatarme.

Animado por esa idea, salí a rastras de mi escondite. Busqué en los demás documentos informes interesantes, pero aparte de pruebas a sujetos, no describía qué demonios pasaba en esa isla. Sé que esos experimentos extinguieron los insectos e infectaron a la aldea, convirtiéndolos en quienes son ahora, pero no sabía qué clase de experimentos eran, ni como lograron eso. Supongo que eso sería información clasificada y no la iba a encontrar en recepción. Seguramente estaría en alguna sala de alta seguridad. De todas formas, tenía pruebas suficientes de que aquí pasaba algo turbio y oscuro.

Despacio, me encaminé hacia la siguiente sala. Era un pasillo estrecho con luces azules. Aún había electricidad por lo visto. Temía encontrarme con más criaturas y sin duda las encontraría, pero no podía echarme atrás. Debía continuar. Si no, moriría aquí. Hay veces en la vida en la que un hombre ha de jugársela. Y hoy era una de esas veces. Continué caminando hasta abrir la siguiente puerta. En realidad, estaba encajada. Esos tipos parecían tener un mínimo de inteligencia aún, pues sabían abrir puertas. Sería mejor andarse con cuidado.

Nada más acceder a la siguiente sala, vi que esta se encontraba a oscuras. No escuché gemido alguno, así que parecía estar bien. De todas formas fui prudente y no me fie. Caminé lentamente. No se veía nada. Cero. Y no tenía ninguna oportuna linterna ni mechero. Nada. No era como en las películas que el protagonista mágicamente saca justo lo necesario o lo encuentra a medio camino. Mucha suerte había tenido ya con los cuchillos, la comida y el agua. Cuchillo en mano, caminé lentamente por el oscuro lugar. Tanteaba a ciegas, tocando mesas, papeles y objetos que no supe identificar bien (¿una lámpara quizá? ¿o un vaso?). Fuera lo que fuere seguí caminando siempre en línea recta. Me topé con una puerta, pero estaba atascada y no se podía abrir. Escuché pasos.

Pero ningún sonido. Miré a todas partes, nervioso. No escuchaba gemidos pero si pasos arrastrando los pies, como esos tipos. Pero ¿por qué no gemía? Intentando averiguar de dónde provenía el sonido a la vez que tragaba saliva, comprobé que venía justo del otro extremo, unos metros más a la derecha de donde yo había estado antes. No parecía que me hubiera detectado, porque no lo escuchaba dirigirse hacia aquí, pero sabía que, en cuanto me moviera, en cuanto tratara de abrir esa puerta, el ser me localizaría. Y sería mi fin. Aquella puerta estaba atascada y no tenía forma de saber si habría otra. Solo podía hacer una cosa. Respiré hondo y procedí a realizar mi plan, del cual, estaba casi convencido de que fallaría. Si eso pasaba, tendría que salir de aquí, volver a la cabaña y crearme una balsa o algo. Y no es que yo fuera realmente hábil construyendo cosas. Esa era mi última opción. Esta era más arriesgada sí, pero más efectiva. La balsa podía hundirse y quedarme yo varado en el mar.

Me quité los zapatos. Era parte de mi plan para que no me oyera. Con los zapatos en mano, Caminaría despacio, sin hacer ruido hasta la pared del fondo de mi derecha y comprobaría si había otra puerta. Todo salió como esperaba, pero no había puerta alguna. Suspiré, apesadumbrado.

Ese fue mi error.

Escuché los pasos dirigirse hacia mí con decisión, mientras un grito agónico casi me rompe los tímpanos.

La criatura se abalanzó hacia mí como si su vida dependiera de ello. Yo sí que dependía de huir. El chillido aterrador me inmovilizó durante unos instantes, pero por fortuna pronto la necesidad de huir y salvarme me movió y corrí más de lo que creía capaz. Desde luego, cuando tu vida dependía de cuanto corrieras, uno corría lo que hacía falta.

Llegué hasta el único lugar que conocía: la puerta atascada. Solté los zapatos, La abrí de un empujón y la cerré. Al empujarla, esta cedió, que era todo cuanto necesitaba. Dos segundos más tarde escuché pasos fuertes y a la criatura que se estampaba contra la puerta, tratando de abrirla. En uno de sus esfuerzos, vi como agrietaba parte de la pared. Maldiciendo, coloqué una silla cercana en la puerta, pero comprendí que, si no me marchaba enseguida, en nada esa criatura estaría dentro. Y no estaba seguro de querer verla. La zona donde me encontraba era un pequeño pasillo estrecho iluminado. Lleno de cajas y tonterías. Al parecer, había zonas con luz. Abrí la siguiente puerta despacio, a pesar de desear con todas mis fuerzas hacerlo rápidamente, pues la criatura casi había conseguido entrar y se la escuchaba muy fuerte. Llamaría la atención. Sin mirar atrás, entré. La sala estaba aparentemente vacía. Había varias mesas y en ellas se encontraban tijeras, gomas, lápices y folios. Pero también sangre seca. Inmediatamente me agaché y caminé lentamente. Aquí también había luz, pero muy débil. El problema lo encontré al final.

Había un ascensor. Pero este ascensor se encontraba apagado y necesitaba de tarjeta para que funcionara. Resoplando, miré por las mesas pero no encontré nada. Los folios estaban en blanco. Los miré por si decían algo importante pero nada. Los cajones tenían tarjetas, pero ninguna era la adecuada y de todos modos solo encontré cuatro. Manda narices, pensé en ese momento. Tantas tarjetas y ninguna era. Entonces lo entendí. Estaba convencido de que la tarjeta me la dejé atrás. Entonces me percaté en que la criatura no había llegado hasta aquí. ¿Quizá no me vio más y se fue? Fui, con todo el miedo del mundo, a comprobarlo. Al mirar de reojo por la puerta, vi que la criatura ya no estaba. La puerta a la sala oscura se encontraba abierta. No podía arriesgarme a investigar si estaba la tarjeta. Miré si encontraba otra salida pero no. Suspirando de pesar, me arriesgué. Con ambos cuchillos, pasé a la sala oscura. No tardé en escuchar la respiración de aquella criatura. Tragando saliva me alejé y esperé. Un rato más tarde, ya no la escuché más. Busqué entonces la tarjeta y encontré dos. Fui a la otra habitación y ¡Sí! una funcionaba. No sabía si las otras tarjetas las necesitaría así que me las llevé todas. Un total de seis tarjetas. Entonces me subí al ascensor y le di a la planta última. Sin duda la más peligrosa, seguro. El ascensor era de cristal y podía ver todo lo de afuera.

Cuando el ascensor ya avanzaba, pude oír la puerta volar, la puerta que daba a la habitación que yo dejaba. Escuché el agónico sonido justo antes de pasar de planta. Casi muero de un infarto allí mismo. Miré por la ventana del ascensor. Vi el mar. Era hermoso. En cuanto saliera de la isla (si es que lo lograba) no saldría de casa por días. Finalmente llegué a mi planta. Al abrirse, me encontraba frente a una sala con cámaras de seguridad y en ella se encontraban un guardia de seguridad muerto y dos seres pálidos que me vieron. Gimieron y se dirigieron hacia mí. Yo los observé, muerto de miedo. Era mi fin.

Sin pensar, inmediatamente traté de volver abajo, pero recordé a la misteriosa y terrorífica criatura. No sabía qué hacer, pero tampoco tuve tiempo de pensar. Una de esas criaturas se abalanzó sobre mí, gimiendo. Chillando de pavor, hundí mi cuchillo en su corazón. Al hundirlo, el peso de la criatura cayó sobre mí y ambos acabamos en el suelo del ascensor, que se mantenía estático. Olí el aliento apestoso de la criatura. No era a muerte era... como algo podrido o en mal estado. Pero aquella criatura había estado viva hacía unos instantes. Ahora ya no. Solo era un peso muerto que debía quitarme de encima antes de que el otro ser me alcanzara. Arranqué el cuchillo y lancé el otro al ser, que lo esquivó apartándose vagamente a un lado. El repiqueteo metálico resonó en toda la estancia. Me quité al ser inerte y entonces se me abalanzó el otro, aunque yo ya estaba preparado y hundí mi otro cuchillo al tipo, hundiéndolo también en su corazón. Pronto dejó de moverse. Respiré hondo, aliviado. Me sentía un poco mejor. Había sido capaz de acabar con dos de aquellos monstruos, algo impensable para mí. Pero estaba hecho.

Me incorporé y caminé hasta la sala de control. Aparté al guarda muerto y lo dejé allí, aunque lejos de mí. Me daba mal rollo. Inmediatamente traté de tomar contacto. No pude. Por más que traté de comunicarme por un walkie que encontré o por una radio, nadie contestó. No quedaba nadie vivo en aquella maldita isla y ahora comprendía por qué. Suspiré, desesperado. Aquella había sido mi última esperanza. Solo me quedaba recoger un bote (si es que lo había) y salir pitando de ahí, pero el problema era el mismo: moriría mucho antes de llegar a mi destino.

Antes de que pudiera acabar mis cavilaciones, recibí un mensaje por radio. Enseguida me identifiqué y ellos prometieron que mandarían un helicóptero a la isla en una hora. Estaba salvado. No les dije lo de las criaturas. Solo que andaba perdido. Sabía que me tomarían por loco sino presentaba suficientes pruebas.

Aunque pronto tuve nuevos problemas. Eran dos, de hecho.

Primero: tenía que llegar hasta la orilla, ósea, mi refugio. Y ese lugar estaba plagado de bichos. Además, estaba aquella criatura infernal. No. No podía pasar otra vez por ahí. Era tentar demasiado a la muerte. No creía siquiera que mis cuchillos pudieran protegerme tanto. Si tuviera un arma de fue...

Claro. El guarda. Fui hasta él. No me creía la maldita suerte que tenía. Esto enlaza con el segundo problema. Creo que os lo imagináis.

Segundo: al acercarme al guarda, vi su arma enfundada. Seguro que tenía balas dentro y algún cartucho. Era un revolver pequeño. Siempre fui aficionado a las armas, aunque solo he disparado armas de juguete cuando niño. Fui a coger el arma cuando escuché dos gemidos a mi espalda. Sin poder creerlo, vi como ambos seres volvían a levantarse después de haberse llevado al menos veinte minutos muertos. Y lo peor era que entonces una mano me agarró de la pernera izquierda, tirándome al suelo violentamente, donde me golpeé. Aunque estaba mareado, pude ver al guarda levantarse con ojos inyectados en sangre, dirigiéndose hacia mí.

El guarda se abalanzó por mí y logró darme un duro mordisco en la pierna izquierda. Chillé de dolor y aquello me hizo despejarme y darle una patada al guarda con la otra pierna. No miré la herida, antes me abalancé por el guarda y le di dos patadas más a su cráneo, hasta que dejó de moverse. Por supuesto, sabía que no estaba muerto, pero al menos me dejaría tranquilo un momento. La pierna herida me falló, y enseguida tuve a los otros dos tipos de antes, que se abalanzaron sobre mí antes de que pudiera hacer nada. Uno me mordió el cuello, pero lo quité antes de que me lo desgarrara. El otro mordió un hombro. Me lo quité de encima y le di varias patadas. El otro se abalanzó sobre mí, pero logré esquivarlo y se estampó él solo contra la pared. Varias patadas más. Los otros dos comenzaban a levantarse. Tenía que huir. Pero necesitaba esa pistola. Cogí una taza de café que había allí y la lancé contra el guarda, el cual cayó de espaldas contra la mesa y tuve suerte de que se golpeara contra el pico. Esquivé el ataque del otro y le estampé la cara contra la mesa. Ya no tenía tanto miedo, pues había logrado enfrentarme a aquellas criaturas, pero me habían mordido y no sabía que pasaría ahora.

Cogí la pistola del guarda y le di un tiro a él y los otros dos. No volvieron a despertarse. Mis cuchillos estaban por el suelo. Los recogí. Me disponía a marcharme cuando me encontré cara a cara con una nueva criatura. Tenía el aspecto de un hombre joven y calvo, como si tuviera cáncer. Ojos blancos en su totalidad, uñas largas. Sus dientes eran sierras. Chilló y reconocí a la criatura como la que encontré antes de subir. Lo apunté con el arma y disparé dos veces antes de que la criatura me empujase contra la pared y se abriese un boquete de la fuerza. Antes de que lograra comerme, sin embargo, cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Resulta que uno de esos disparos logró acertarlo en su abdomen. Inmediatamente apunté a su cabeza, pero la criatura me esquivó a gran velocidad, desapareciendo de la estancia.

¿Adónde había ido? No lo sabía y tampoco quería saberlo.

Salí del lugar hasta la planta de antes, sangrando. Esperaba no enfermar. Seguí adelante. No vi a la criatura por ninguna parte. Volví a recepción y me detuve a inspeccionar el lugar. Seguía vacío. Recogí varios informes que me ayudarían a explicar las heridas y también a demostrar que yo tenía razón. Entonces caí en la pistola y miré las balas que tenía. Con el cargador extra el policía, aún me quedaban diez balas. Esperaba no tener que usarlas.

Salí al poblado y me encaminé hacia mi cabaña. Comí algo durante el camino y bebí. Era raro, pensé. El lugar ultra moderno que encontré estaba plagado de esas criaturas, aunque abandonado y el resto de la Isla parecía desierta. Entonces lo comprendí. Esas criaturas solo salían en la oscuridad. Y el edificio estaba rodeado de oscuridad.

Llegué sano y salvo a la cabaña. Allí me esperaba un helicóptero. Les enseñé los informes, ellos lo leyeron y volví a casa. No encontraron a los causantes, pero sí supieron quiénes eran: una organización terrorista nueva, fundada hacía menos de cuatro años. Cogieron a una aldea pobre y desconocida por el mundo y les prometieron cosas y los usaron como ratas de laboratorio. Los convirtieron en monstruos, en busca del programa "Guerrero perfecto" para usarlo en una guerra y dominar todos los países posibles, a ser posible, el mundo entero y ser dictadores. Si bien no pescaron a la organización, dos o tres fueron encontrados por ahí, que no lograron ocultar del todo sus huellas, pero ninguno más fue a prisión. Por mi parte, recibí una trágica noticia: esas heridas eran infecciosas. Me convertiría en una de esas cosas al cabo de unos meses. Por tanto, tras mucho meditarlo, he decidido poner fin a mi vida. Estas son mis últimas palabras hacia ti lector. Con mi inevitable muerte (a menos que logren hallar una cura, cosa que dudo, pues me queda menos de un mes y ya noto algún síntoma, como ganas de comer gente, aunque lo controlo) pretendo evitar que esos seres inunden la Tierra.

Hasta siempre.



Notas Después de la muerte del autor:

No lo logró. Aunque murió, mediante eutanasia, se transformó e inmediatamente mordió al doctor. Nadie lo esperaba. Para cuando logramos matarle, ya había infectado a más de diez personas, que deben decidir qué hacer. Pero vivir no es una opción para ellos. DEBEN morir, para preservar la paz.

Yo me encargo de eso.

domingo, 1 de octubre de 2023

WENDIGO

 

Era finales de noviembre cuando un grupo de cuatro amigos viajó hacia un modesto hotel en Sierra nevada para pasar un fin de semana divertido. Lo que no sabían es que sería el fin de semana más aterrador de sus vidas. Se llamaban Rodrigo, Carla, Rubén y Miranda. Todos tenían la misma edad: dieciocho y estudiaban en diferentes universidades.

Iban en el coche de Rodrigo, un chico alto, de cabello castaño y ojos verdes. Miranda, la copiloto, tenía el cabello negro como la noche recogido en una coleta sencilla y ojos azules mientras que Carla tenía el cabello castaño corto y ojos marrones. Rubén tenía el pelo negro corto y ojos del mismo color que Miranda.

Los cuatro llegaron al parking del hotel, aparcaron y entraron al hotel. Hicieron el checking y subieron a su habitación.

El hotel era impresionante: había una sala de juegos, así como una pequeña sala común con sofá y televisor. Ellos habían alquilado dos habitaciones. Ambas idénticas. Una cama de matrimonio en medio del cuarto y un baño. Eso era todo. Dado que hacía frío, todos llevaban ropa de abrigo y botas. Dejaron sus cosas en la habitación y salieron a disfrutar el día.

Esa noche, los problemas comenzaron.

Ya habían cenado. Eran las once de la noche y Rubén y Carla se encontraban en la sala común. Dado que todos los del hotel se habían acostado ya, ellos eran los únicos que se encontraban en la sala común. Miranda y Rodrigo se hallaban en la habitación de las chicas.

La noche imperaba afuera. Salvo por el sonido del televisor, el cual tenía puesta una película, el silencio reinaba en el hotel y en las afueras. En un momento dado, Rubén pegó un bote y Carla lo miró interrogante.

Creo que he visto algo en la ventana — dijo él.

Es tu reflejo — contestó Carla —. Entiendo que te asustes.

Él la miró con cara de pocos amigos mientras ella contenía la risa. Siguieron viendo la película y, cuando terminó, dado que ya era la una de la mañana, decidieron acostarse. Habían decidido ir a esquiar al día siguiente. Salieron de la sala común y apagaron la luz. El hotel quedó en absoluta penumbra. Al avanzar por el pasillo, vieron que las luces no encendían.

Qué raro — dijo Carla.

Se habrán fundido. Es tarde, mañana informaremos a recepción.

Ella asintió y continuaron andando, camino a su habitación. Entonces, Carla se detuvo y dijo:

Espera Rubén, voy a ir a por agua.

El agua estaba en el bar del hotel, abierto veinticuatro horas.

Rubén accedió a acompañarla y juntos bajaron por las escaleras. La recepción estaba vacía, naturalmente, pero vieron que el bar si tenía luz. Mejor dicho, las bombillas parpadeaban, cual película de terror, como si estuvieran luchando por mantenerse encendidas, perdiendo la batalla. Allí, ambos jóvenes ahogaron un grito.

El chico de la recepción, un hombre que tendría alrededor de treinta años con el cabello rubio, se hallaba muerto. Su cuerpo estaba sentado, con la cabeza apoyada en la barra y los ojos muy abiertos, sin iris. Además, alguien o algo le había desgarrado la garganta.

¿Qué animal puede hacer algo así? — la voz de Carla temblaba.

Rubén no dijo nada, porque sencillamente no le salían las palabras. Estaba mudo de horror. Al avanzar por el bar, descubrieron que aún quedaban personas que, hace un rato, habían estado vivas tomando una copa pero que ahora se hallaban tirados en el suelo en medio de un charco de sangre. Sangre fresca. Con la garganta desgarrada. A algunos les habían arrancado una extremidad.

Lo vieran como lo vieran, era un espectáculo grotesco.

Fue entonces cuando notaron un movimiento en la sala.


Rodrigo y Miranda se hallaban en la habitación del hotel. Cualquiera pensaría que se estaban besando o teniendo sexo, pero lo cierto es que simplemente estaban hablando. Ella sentada en la cama, él en el suelo. Ambos bebían un refresco. Fue entonces cuando ambos escucharon lo que parecía ser un gemido.

¿Has oído eso? — preguntó Rodrigo.

Ella asintió. Los dos salieron de la habitación al pasillo. Estaba a oscuras. De repente, la luz de su habitación se apagó. Rodrigo intentó encenderla, sin éxito. Se había fundido. Afuera en el pasillo, todo estaba en calma. Una calma muy inquietante, pensó Miranda, intranquila. Decidieron bajar a recepción para informar del problema, pero cuando se disponían a bajar, oyeron un grito. Provenía de la tercera habitación situada a la izquierda de ellos. Rápidamente, se posaron delante de la habitación y Rodrigo trató de abrir la puerta, sin éxito. Se detuvo entonces porque ambos amigos escucharon lo que parecía ser un gruñido. Ambos quedaron inmóviles. ¿Qué había tras esa puerta? Acto seguido lo que quiera que estuviera tras el otro lado embistió contra la puerta, agrietándola y permitiendo a ambos amigos ver un trozo de la habitación. Vieron algo de sangre seguido de un ojo felino que los miró con furia, inyectado en sangre.

Miranda y Rodrigo pusieron pies en polvorosa al tiempo que la criatura daba otra embestida y terminaba de romper la puerta. Oyeron un rugido y al darse la vuelta, Miranda vio lo que los perseguía.

Parecía humano, pero no lo era. Sus brazos y piernas eran largos y delgados, casi en los huesos, igual que su torso. Sus dedos eran garras, no tenía un ápice de pelo e iba desnudo. No sabía si era hembra o macho. Sus dientes parecían cuchillos y sus orejas eran picudas. Su piel era blanca como la leche. Y corría a cuatro patas a una velocidad vertiginosa.

Los dos amigos bajaron las escaleras y el ser dio un gran salto y se posó delante de ellos. Rugió. Ambos quedaron inmóviles. Miranda podía oír los latidos de su corazón, desbocado, sentir la boca seca y las gotas de sudor, tanto de agotamiento como de terror, surcar su frente y resbalar por la mejilla y el mentón. Notó seco los labios y rígidos los brazos y las piernas. Era la pura definición del horror. El ser los escrutó con una mirada de puro odio. Habían interrumpido su banquete y ahora iban a pagar por ello.

¿De dónde ha salido esta cosa? Se preguntó Miranda.

Y justo cuando la criatura iba a atacarlos, una gran lengua de fuego lo atravesó, haciéndolo chillar de dolor. El calor golpeó a ambos amigos en la cara. Segundos más tarde, acabó inerte en el suelo, calcinado de pies a cabeza.


Rubén y Carla solo vieron una sombra pasar.

¿Qué ha sido eso? — preguntó una atemorizada Carla.

Rubén respondió que no lo sabía y decidieron regresar a la habitación. El miedo los atenazó. No se oía un murmullo. Solo silencio. Un silencio que les puso los pelos de punta a ambos.

Llamarían a la policía e informarían del genocidio. Si, eso harían. Luego avisarían a sus amigos y se marcharían esa misma noche. Pillarían un taxi o lo que pudieran, no importaba el precio. Solo querían salir de allí cuanto antes.

Pero cuando llegaron a la planta de arriba, ambos se quedaron petrificados. Los dos amigos escucharon “algo” en la sala común. Al ir a investigar, descubrieron que una de las ventanas estaba rota y había cristales rotos por la sala. Y delante de ellos, había una criatura alta, de aspecto un tanto extraño, sin un ápice de pelo y con dedos que eran garras. Estaba de espaldas a ellos, parecía desnutrido y no tenía ropa. Carla y Rubén tragaron saliva y se miraron, con el terror escrito en la mirada. Sin mediar palabra, los dos decidieron regresar a la habitación. Sin apartar la vista de la criatura, ambos caminaron de espaldas muy despacio, intentando evitar el mínimo ruido que pudiera alertar a la criatura.

Dieron algunos pasos hacia atrás y todo parecía ir bien, hasta que Rubén expulsó aire, tras haberlo contenido tras tanto tiempo.

Eso fue suficiente.

Inmediatamente, la criatura se volvió, mostrando unos inmensos ojos negros inyectados en sangre y dientes que parecían cuchillos. El ser rugió y se abalanzó sobre la pareja, quien echó a correr y entró rápidamente en la habitación. Se apartaron de la puerta y segundos más tarde, la criatura embistió contra la esta, agrietándola.


Un hombre que tendría unos cuarenta años, con el pelo largo negro y ojos azules, vestido con vaqueros y abrigo marrón, sostenía un lanzallamas con ambas manos. Él había salvado a Miranda y Rodrigo.

Gracias — dijo tímidamente Miranda.

¿Qué era esa cosa? — preguntó asustado Rodrigo —. ¿Y quién es usted?

El hombre contestó:

Me llamo Alberto. Y esa cosa era un wendigo.

¿Un qué? — preguntaron ambos amigos al unisono.

Ahora no hay tiempo para explicaciones, debemos rescatar a vuestros amigos y salir de aquí. Los wendigos han salido demasiado pronto.

¿Demasiado…?

Pero Miranda no pudo acabar la frase, porque Alberto subía ya las escaleras. Sin querer quedarse a solas en un hotel infectado de wendigos e indefensos, ambos amigos siguieron a su salvador, regresando al pasillo.


El wendigo atrapó su cabeza en la puerta y gritó de furia. Un impulso más y entraría. Desesperada, Carla miró alrededor y vio los palos de esquí que iban a utilizar al día siguiente. Movida por la desesperación, agarró ambos y los clavó en la cabeza de la criatura, quien se separó de la puerta gimiendo de dolor al tiempo que soltaba un charco de sangre negra. Segundos después, volvió a reinar el silencio.

Ambos amigos salieron al pasillo, donde comprobaron el cuerpo sin vida de la criatura.

Escucharon pasos y ambos amigos se pusieron tensos otra vez. Pero enseguida vieron que eran sus amigos. Y alguien a quien no conocían. Tras comprobar que estaban bien, el hombre se presentó como Alberto y los llevó a la sala común, donde los chicos se sentaron en el sofá. Alberto cerró las puertas y ventanas y atrancó la puerta con una mesa de billar que hizo mucho ruido al ser arrastrado por él y por Carla y Rubén. Luego, Alberto procedió a hablar:

Esos seres pálidos que habéis visto ahí afuera se llaman Wendigos. Y han matado a todo el hotel.

Joder — dijo Miranda.

Alberto prosiguió:

Según las leyendas, los wendigos son personas que consumieron carne humana en un estado de desesperación y como tal, fueron poseídos por el espíritu del wendigo, que transforma su aspecto en un híbrido entre humano y el verdadero aspecto del demonio. Son tan fuertes como veinte hombres y más rápidos que los leopardos. Un solo golpe suele ser mortal.

Paró un momento para que sus palabras calaran. Y vaya si lo hicieron. Los cuatro amigos estaban aterrorizados, mudos. Alberto continuó:

En algún momento, hace un año, algún excursionista se perdió en la nieve y se rindió al canibalismo. Creo que llevaba casi un mes sin comer. Ya no pensaba con lógica o raciocinio. En algún momento, el demonio lo poseyó. Creo que, a diferencia de la cultura popular, estos hibernaron o buscaron otro lugar. Pero esta noche han regresado. Ya creí que no lo harían.

Normalmente, esta sería una historia para no dormir, y los cuatro amigos no le creerían al hombre. Pero lo que habían visto era prueba más que suficiente. Alberto dijo:

Los wendigos solo cazan de noche, pero de día también son peligrosos. Tratemos de pasar la noche aquí. Por la mañana marchaos. Y no volváis nunca. Yo cazaré a los restantes.

¿Cómo va a cazar esas cosas usted solo? — protestó Miranda, preocupada.

¿Qué le dirá a la policía? — preguntó Rodrigo.

Alberto les dirigió una mirada muy seria antes de responder:

La policía ya sabe sobre los wendigos. Ellos me ayudarán a cazarlos. Pero con la oscuridad no vendrán. Es demasiado incluso para ellos. Los wendigos pueden llegar a ser más rápidos que una bala. Si bien su vista es deficiente, tienen un oído excepcional y pueden utilizar la ecolocalización. Mucho ojo.

Terminadas esas palabras volvió a reinar el silencio nuevamente. El reloj de la pared apenas sí marcaba las dos de la mañana. Faltaban cuatro horas para que despuntara el alba. Un tiempo demasiado extenso a merced de lo que parecían ser los cazadores definitivos. Había máquinas expendedoras con comida y agua, pero no había baño en la sala común. Lejos de molestarse, los chicos agradecieron eso. Eran menos recovecos que vigilar. Tuvieron que hacer sus necesidades en cubos de basura, pero se aguantaron. Solo sería por esa noche y no por muchas horas. O sí, dadas las circunstancias.

Durante la hora siguiente, Alberto no despegó ojo de puertas y ventanas, mirándolas constantemente y apoyado por los cuatro amigos. Carla agarró un palo de billar e igual hicieron sus amigos. Eran todas las armas con las que contaban. El hombre llevaba su lanzallamas, además de un cuchillo y un pequeño revolver, pero nada más. Alberto le cedió el cuchillo a Miranda, que era la única que no llevaba ninguna clase de arma.

Así pasó una hora. Todo en el más absoluto silencio. No se oía nada. Los móviles tenían cobertura, pero no llamaron. Alberto les dijo que no serviría. La policía aparecería al amanecer para ayudarlos y si venía alguien más, lo sentenciarían a muerte. A la segunda hora, escucharon un grito y luego silencio. Y cuando el reloj dio las cinco de la mañana, vieron pasar a un wendigo por el pasillo. Todos se ocultaron en el sofá y trataron de contener la respiración. El wendigo se movía relativamente despacio y a cuatro patas, olisqueando el aire. Se dio la vuelta y miró en dirección al salón. Se acercó. Los chicos tragaron saliva, aterrados y todos pensaron lo mismo: ¿los habría detectado la criatura?

Pero finalmente, el ser se fue por donde había venido y todos respiraron, aliviados.

Y de repente sucedió.

De una de las ventanas, un wendigo la atravesó, asustando a todos, que dieron un respingo. Miles de cristales rotos volaron y acabaron en el suelo. Con unos reflejos impresionantes, Alberto apuntó al wendigo con el lanzallamas y disparó. La criatura chilló, pero pronto fue pasto de las llamas. Entonces otro wendigo (Miranda sosopechaba que el mismo de antes) trató de atravesar la puerta, pero al haber colocado la mesa de billar a modo de barricada, esta solo tembló un poco.

Oyeron más rugidos.

¿Qué ha sido eso? — el miedo apareció en la voz de Rodrigo y nadie pudo culparlo.

Wendigos — dijo Alberto —. Maldita sea, pronto habrá una docena o más de ellos aquí.

Tenemos que huir — dijo Miranda, presa del pánico.

Carla y Rubén miraron por los alrededores, buscando una salida. No encontraron ninguna. Las ventanas estaban en un segundo piso, si saltaban, podían matarse o, como poco, doblarse algún pie, lo que significaría una muerte segura dadas las circustancias. Lo pensaran, como lo pensaran, estaban atrapados entre la espada y la pared.

No había escapatoria. Pronto, aparecieron más wendigos. No fueron una docena, pero Carla los contó: eran, junto con el primero, ocho wendigos. Todos ellos aterradores. Juntos, golpearon nuevamente la puerta y esta cedió. Uno o dos empujones más, y entrarían.

Y entonces, Miranda dio con la clave. Vio una escalera de mano al lado de la puerta. Demasiado cerca. Demasiado peligroso. Pero tal vez, su única oportunidad. Así se lo hizo saber a los demás:

Si usamos esa escalera, podemos bajar por la ventana sin matarnos, es lo bastante grande.

Llegaba casi hasta el techo. No era muy seguro, pero era la única oportunidad. Aunque no estaba convencidos, un empujón más de esas criaturas los terminó de convencer y Alberto dijo:

Cógela, yo los contendré como pueda.

Miranda y Rubén agarraron la escalera, cada uno por un lado justo cuando notaron que la mesa de billar cedía hacia atrás hasta caerse al suelo, formando un gran estruendo. La puerta se entreabrió y oyeron rugidos de jubilo.

¡Rápido! — exclamó Rodrigo.

Con la tensión por las nubes, ambos amigos arrastraron la escalera hasta la ventana rota. Pisaron los cristales, que crujieron y eso llamó la atención de los wendigos. Uno de ellos atravesó la puerta y fue recibido por la calurosa bienvenida del lanzallamas de Alberto. Miranda y Rubén colocaron con cuidado la escalera, que pisó la nieve y entonces apremiaron a los demás para que bajaran. Primero fue Carla, seguida de Rodrigo y Rubén. Soltaron los palos. Y cuando solo quedaba Miranda, estaba tembló de terror. Porque dos wendigos al unísono lograron rebasar la puerta (los que quedaban). Uno fue abolido por el lanzallamas, pero el otro logró agarrar a Alberto, quien gritó de dolor cuando la criatura, de un mordisco, le arrancó la yugular y luego, de un tirón, arrancó violentamente su cabeza, que salió rodando por la sala. El lanzallamas salió despedido a los pies de Miranda. Sin pensarlo, lo asió con firmeza. Era pesado. El wendigo que había asesinado a Alberto se giró hacia ella. La había oído. Su barbilla y su boca goteaban sangre fresca. Una escena espeluznante. El wendigo rugió y se abalanzó sobre Miranda, quien habría muerto de no ser porque activó en el último segundo el lanzallamas, quien dio de lleno a la criatura y acabó en el suelo retorciéndose de dolor. Miranda intentó disparar de nuevo, presa del pánico, pero la munición se había terminado. Tiró el lanzallamas (ya inservible) y bajó por las escaleras.

Cuando llegó con sus amigos, retiraron la escalera, la dejaron caer al suelo y huyeron. El amanecer empezaba a despuntar. Delante de ellos se extendía la carretera. Si seguían a buen ritmo, en menos de una hora llegarían al pueblo de abajo. Quizás ahí pudieran pedir ayuda.

Los demás wendigos los siguieron. Saltaron por la ventana y aterrizaron en el suelo como si nada. Los persiguieron. Los chicos, presa del pánico, apuraron todo lo que pudieron. Nunca habían corrido tan rápido en su vida. Ni siquiera el cansancio los detuvo. La adrenalina y el instinto de supervivencia fue suficiente para mantenerlos corriendo. Sin embargo, las criaturas los rozaban. Uno dio un zarpazo que rasguñó levemente a Carla, quien gritó y corrió todavía más deprisa.

Bajaron por la carretera, que hacía pendiente hacia abajo y además, nacía una curva bastante empinada y peligrosa. El cielo era cada vez más claro, pero hasta que el sol no hubiera salido por completo, los wendigos no se detendrían. Aún les faltaba mucho para estar verdaderamente a salvo.

Miranda no podía quitarse de la cabeza la muerte de Alberto. Había sido sangrienta, rápida, inesperada y cruel. Tragó saliva mientras las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos. Se las aguantó. No era el mejor momento para llorar. Ya lo haría luego. Primero tenían que ponerse a salvo y asegurarse de que nadie más moría.

Así, tras lo que les pareció una eternidad, llegaron al pueblo. Los wendigos aún los seguían. Allí vieron los coches patrulla. Ellos, al ver a los wendigos, sacaron las armas. Las balas inundaron el aire, las cuales sonaron como petardos. Hicieron falta varias balas para matar a un solo wendigo. Los eliminaron a todos, aunque hubo bajas.

Rápidamente, le contaron todo a la policía y, una hora más tarde, cuando ya el cielo quedó alumbrado por la brillante luz del sol, los policías se adentraron en el hotel. Hicieron falta traer a los SWAT para poder eliminar a los wendigos que quedaban, que eran tres. El resto se había marchado. También se aseguraron de que no quedaran más por el pueblo. Tomaron declaración a los cuatro amigos y los dejaron ir.

Pero ninguno de ellos olvidó los horrores vividos ese día. Nunca volvieron a pisar ese lugar. Miranda fue la única que decidió investigar sobre los wendigos. Al mirar noticias pasadas, descubrió que un grupo de excursionistas se perdió en las montañas de Sierra Nevada y jamás regresaron, hacía ya dos años.

Esa era su explicación. Seguramente, no fueron los primeros wendigos, pero si los primeros en atacar aquel hotel. Y ellos habían tenido la mala suerte de estar ahí ese día.

Ya habían transcurrido dos semanas desde el incidente y la masacre del hotel estaba en boca de todos y de la televisión. Una agotada Miranda se acostó en la cama, dispuesta a dormir, pues ya era de noche.

No vio al wendigo asomado a su ventana.