Era finales de noviembre cuando un
grupo de cuatro amigos viajó hacia un modesto hotel en Sierra nevada
para pasar un fin de semana divertido. Lo que no sabían es que sería
el fin de semana más aterrador de sus vidas. Se llamaban Rodrigo,
Carla, Rubén y Miranda. Todos tenían la misma edad: dieciocho y
estudiaban en diferentes universidades.
Iban en el coche de Rodrigo, un
chico alto, de cabello castaño y ojos verdes. Miranda, la copiloto,
tenía el cabello negro como la noche recogido en una coleta sencilla
y ojos azules mientras que Carla tenía el cabello castaño corto y
ojos marrones. Rubén tenía el pelo negro corto y ojos del mismo
color que Miranda.
Los cuatro llegaron al parking del
hotel, aparcaron y entraron al hotel. Hicieron el checking y
subieron a su habitación.
El hotel era impresionante: había
una sala de juegos, así como una pequeña sala común con sofá y
televisor. Ellos habían alquilado dos habitaciones. Ambas idénticas.
Una cama de matrimonio en medio del cuarto y un baño. Eso era todo.
Dado que hacía frío, todos llevaban ropa de abrigo y botas. Dejaron
sus cosas en la habitación y salieron a disfrutar el día.
Esa noche, los problemas comenzaron.
Ya habían cenado. Eran las once de
la noche y Rubén y Carla se encontraban en la sala común. Dado que
todos los del hotel se habían acostado ya, ellos eran los únicos
que se encontraban en la sala común. Miranda y Rodrigo se hallaban
en la habitación de las chicas.
La noche imperaba afuera. Salvo por
el sonido del televisor, el cual tenía puesta una película, el
silencio reinaba en el hotel y en las afueras. En un momento dado,
Rubén pegó un bote y Carla lo miró interrogante.
— Creo que he visto algo en la
ventana — dijo él.
— Es tu reflejo — contestó
Carla —. Entiendo que te asustes.
Él la miró con cara de pocos
amigos mientras ella contenía la risa. Siguieron viendo la película
y, cuando terminó, dado que ya era la una de la mañana, decidieron
acostarse. Habían decidido ir a esquiar al día siguiente. Salieron
de la sala común y apagaron la luz. El hotel quedó en absoluta
penumbra. Al avanzar por el pasillo, vieron que las luces no
encendían.
— Qué raro — dijo Carla.
— Se habrán fundido. Es tarde,
mañana informaremos a recepción.
Ella asintió y continuaron andando,
camino a su habitación. Entonces, Carla se detuvo y dijo:
— Espera Rubén, voy a ir a por
agua.
El agua estaba en el bar del hotel,
abierto veinticuatro horas.
Rubén accedió a acompañarla y
juntos bajaron por las escaleras. La recepción estaba vacía,
naturalmente, pero vieron que el bar si tenía luz. Mejor dicho, las
bombillas parpadeaban, cual película de terror, como si estuvieran
luchando por mantenerse encendidas, perdiendo la batalla. Allí,
ambos jóvenes ahogaron un grito.
El chico de la recepción, un hombre
que tendría alrededor de treinta años con el cabello rubio, se
hallaba muerto. Su cuerpo estaba sentado, con la cabeza apoyada en la
barra y los ojos muy abiertos, sin iris. Además, alguien o algo
le había desgarrado la
garganta.
— ¿Qué animal puede hacer algo
así? — la voz de Carla temblaba.
Rubén no dijo nada, porque
sencillamente no le salían las palabras. Estaba mudo de horror. Al
avanzar por el bar, descubrieron que aún quedaban personas que, hace
un rato, habían estado vivas tomando una copa pero que ahora se
hallaban tirados en el suelo en medio de un charco de sangre. Sangre
fresca. Con la garganta desgarrada. A algunos les habían arrancado
una extremidad.
Lo vieran como lo vieran, era un
espectáculo grotesco.
Fue entonces cuando notaron un
movimiento en la sala.
Rodrigo y Miranda se hallaban en la
habitación del hotel. Cualquiera pensaría que se estaban besando o
teniendo sexo, pero lo cierto es que simplemente estaban hablando.
Ella sentada en la cama, él en el suelo. Ambos bebían un refresco.
Fue entonces cuando ambos escucharon lo que parecía ser un gemido.
— ¿Has oído eso? — preguntó
Rodrigo.
Ella asintió. Los dos salieron de
la habitación al pasillo. Estaba a oscuras. De repente, la luz de su
habitación se apagó. Rodrigo intentó encenderla, sin éxito. Se
había fundido. Afuera en el pasillo, todo estaba en calma. Una calma
muy inquietante, pensó Miranda, intranquila. Decidieron bajar a
recepción para informar del problema, pero cuando se disponían a
bajar, oyeron un grito. Provenía de la tercera habitación situada a
la izquierda de ellos. Rápidamente, se posaron delante de la
habitación y Rodrigo trató de abrir la puerta, sin éxito. Se
detuvo entonces porque ambos amigos escucharon lo que parecía ser un
gruñido. Ambos quedaron inmóviles. ¿Qué había tras esa puerta?
Acto seguido lo que quiera que estuviera tras el otro lado embistió
contra la puerta, agrietándola y permitiendo a ambos amigos ver un
trozo de la habitación. Vieron algo de sangre seguido de un ojo
felino que los miró con furia, inyectado en sangre.
Miranda y Rodrigo pusieron pies en
polvorosa al tiempo que la criatura daba otra embestida y terminaba
de romper la puerta. Oyeron un rugido y al darse la vuelta, Miranda
vio lo que los perseguía.
Parecía humano, pero no lo era. Sus
brazos y piernas eran largos y delgados, casi en los huesos, igual
que su torso. Sus dedos eran garras, no tenía un ápice de pelo e
iba desnudo. No sabía si era hembra o macho. Sus dientes parecían
cuchillos y sus orejas eran picudas. Su piel era blanca como la
leche. Y corría a cuatro patas a una velocidad vertiginosa.
Los dos amigos bajaron las escaleras
y el ser dio un gran salto y se posó delante de ellos. Rugió. Ambos
quedaron inmóviles. Miranda podía oír los latidos de su corazón,
desbocado, sentir la boca seca y las gotas de sudor, tanto de
agotamiento como de terror, surcar su frente y resbalar por la
mejilla y el mentón. Notó seco los labios y rígidos los brazos y
las piernas. Era la pura definición del horror. El ser los escrutó
con una mirada de puro odio. Habían interrumpido su banquete y ahora
iban a pagar por ello.
¿De dónde ha salido esta cosa?
Se preguntó Miranda.
Y justo cuando la criatura iba a
atacarlos, una gran lengua de fuego lo atravesó, haciéndolo chillar
de dolor. El calor golpeó a ambos amigos en la cara. Segundos más
tarde, acabó inerte en el suelo, calcinado de pies a cabeza.
Rubén y Carla solo vieron una
sombra pasar.
— ¿Qué ha sido eso? — preguntó
una atemorizada Carla.
Rubén respondió que no lo sabía y
decidieron regresar a la habitación. El miedo los atenazó. No se
oía un murmullo. Solo silencio. Un silencio que les puso los pelos
de punta a ambos.
Llamarían a la policía e
informarían del genocidio. Si, eso harían. Luego avisarían a sus
amigos y se marcharían esa misma noche. Pillarían un taxi o lo que
pudieran, no importaba el precio. Solo querían salir de allí cuanto
antes.
Pero cuando llegaron a la planta de
arriba, ambos se quedaron petrificados. Los dos amigos escucharon
“algo” en la sala común. Al ir a investigar, descubrieron que
una de las ventanas estaba rota y había cristales rotos por la sala.
Y delante de ellos, había una criatura alta, de aspecto un tanto
extraño, sin un ápice de pelo y con dedos que eran garras. Estaba
de espaldas a ellos, parecía desnutrido y no tenía ropa. Carla y
Rubén tragaron saliva y se miraron, con el terror escrito en la
mirada. Sin mediar palabra, los dos decidieron regresar a la
habitación. Sin apartar la vista de la criatura, ambos caminaron de
espaldas muy despacio, intentando evitar el mínimo ruido que pudiera
alertar a la criatura.
Dieron algunos pasos hacia atrás y
todo parecía ir bien, hasta que Rubén expulsó aire, tras haberlo
contenido tras tanto tiempo.
Eso fue suficiente.
Inmediatamente, la criatura se
volvió, mostrando unos inmensos ojos negros inyectados en sangre y
dientes que parecían cuchillos. El ser rugió y se abalanzó sobre
la pareja, quien echó a correr y entró rápidamente en la
habitación. Se apartaron de la puerta y segundos más tarde, la
criatura embistió contra la esta, agrietándola.
Un hombre que tendría unos cuarenta
años, con el pelo largo negro y ojos azules, vestido con vaqueros y
abrigo marrón, sostenía un lanzallamas con ambas manos. Él había
salvado a Miranda y Rodrigo.
— Gracias — dijo tímidamente
Miranda.
— ¿Qué era esa cosa? —
preguntó asustado Rodrigo —. ¿Y quién es usted?
El hombre contestó:
— Me llamo Alberto. Y esa cosa era
un wendigo.
— ¿Un qué? — preguntaron ambos
amigos al unisono.
— Ahora no hay tiempo para
explicaciones, debemos rescatar a vuestros amigos y salir de aquí.
Los wendigos han salido demasiado pronto.
— ¿Demasiado…?
Pero Miranda no pudo acabar la
frase, porque Alberto subía ya las escaleras. Sin querer quedarse a
solas en un hotel infectado de wendigos e indefensos, ambos amigos
siguieron a su salvador, regresando al pasillo.
El wendigo atrapó su cabeza en la
puerta y gritó de furia. Un impulso más y entraría. Desesperada,
Carla miró alrededor y vio los palos de esquí que iban a utilizar
al día siguiente. Movida por la desesperación, agarró ambos y los
clavó en la cabeza de la criatura, quien se separó de la puerta
gimiendo de dolor al tiempo que soltaba un charco de sangre negra.
Segundos después, volvió a reinar el silencio.
Ambos amigos salieron al pasillo,
donde comprobaron el cuerpo sin vida de la criatura.
Escucharon pasos y ambos amigos se
pusieron tensos otra vez. Pero enseguida vieron que eran sus amigos.
Y alguien a quien no conocían. Tras comprobar que estaban bien, el
hombre se presentó como Alberto y los llevó a la sala común, donde
los chicos se sentaron en el sofá. Alberto cerró las puertas y
ventanas y atrancó la puerta con una mesa de billar que hizo mucho
ruido al ser arrastrado por él y por Carla y Rubén. Luego, Alberto
procedió a hablar:
— Esos seres pálidos que habéis
visto ahí afuera se llaman Wendigos. Y han matado a todo el hotel.
— Joder — dijo Miranda.
Alberto prosiguió:
— Según las leyendas, los
wendigos son personas que consumieron carne humana en un estado de
desesperación y como tal, fueron poseídos por el espíritu del
wendigo, que transforma su aspecto en un híbrido entre humano y el
verdadero aspecto del demonio. Son tan fuertes como veinte hombres y
más rápidos que los leopardos. Un solo golpe suele ser mortal.
Paró un momento para que sus
palabras calaran. Y vaya si lo hicieron. Los cuatro amigos estaban
aterrorizados, mudos. Alberto continuó:
— En algún momento, hace un año,
algún excursionista se perdió en la nieve y se rindió al
canibalismo. Creo que llevaba casi un mes sin comer. Ya no pensaba
con lógica o raciocinio. En algún momento, el demonio lo poseyó.
Creo que, a diferencia de la cultura popular, estos hibernaron o
buscaron otro lugar. Pero esta noche han regresado. Ya creí que no
lo harían.
Normalmente, esta sería una
historia para no dormir, y los cuatro amigos no le creerían al
hombre. Pero lo que habían visto era prueba más que suficiente.
Alberto dijo:
— Los wendigos solo cazan de
noche, pero de día también son peligrosos. Tratemos de pasar la
noche aquí. Por la mañana marchaos. Y no volváis nunca. Yo cazaré
a los restantes.
— ¿Cómo va a cazar esas cosas
usted solo? — protestó Miranda, preocupada.
— ¿Qué le dirá a la policía? —
preguntó Rodrigo.
Alberto les dirigió una mirada muy
seria antes de responder:
— La policía ya sabe sobre los
wendigos. Ellos me ayudarán a cazarlos. Pero con la oscuridad no
vendrán. Es demasiado incluso para ellos. Los wendigos pueden llegar
a ser más rápidos que una bala. Si bien su vista es deficiente,
tienen un oído excepcional y pueden utilizar la ecolocalización.
Mucho ojo.
Terminadas esas palabras volvió a
reinar el silencio nuevamente. El reloj de la pared apenas sí
marcaba las dos de la mañana. Faltaban cuatro horas para que
despuntara el alba. Un tiempo demasiado extenso a merced de lo que
parecían ser los cazadores definitivos. Había máquinas
expendedoras con comida y agua, pero no había baño en la sala
común. Lejos de molestarse, los chicos agradecieron eso. Eran menos
recovecos que vigilar. Tuvieron que hacer sus necesidades en cubos de
basura, pero se aguantaron. Solo sería por esa noche y no por muchas
horas. O sí, dadas las circunstancias.
Durante la hora siguiente, Alberto
no despegó ojo de puertas y ventanas, mirándolas constantemente y
apoyado por los cuatro amigos. Carla agarró un palo de billar e
igual hicieron sus amigos. Eran todas las armas con las que contaban.
El hombre llevaba su lanzallamas, además de un cuchillo y un pequeño
revolver, pero nada más. Alberto le cedió el cuchillo a Miranda,
que era la única que no llevaba ninguna clase de arma.
Así pasó una hora. Todo en el más
absoluto silencio. No se oía nada. Los móviles tenían cobertura,
pero no llamaron. Alberto les dijo que no serviría. La policía
aparecería al amanecer para ayudarlos y si venía alguien más, lo
sentenciarían a muerte. A la segunda hora, escucharon un grito y
luego silencio. Y cuando el reloj dio las cinco de la mañana, vieron
pasar a un wendigo por el pasillo. Todos se ocultaron en el sofá y
trataron de contener la respiración. El wendigo se movía
relativamente despacio y a cuatro patas, olisqueando el aire. Se dio
la vuelta y miró en dirección al salón. Se acercó. Los chicos
tragaron saliva, aterrados y todos pensaron lo mismo: ¿los habría
detectado la criatura?
Pero finalmente, el ser se fue por
donde había venido y todos respiraron, aliviados.
Y de repente sucedió.
De una de las ventanas, un wendigo
la atravesó, asustando a todos, que dieron un respingo. Miles de
cristales rotos volaron y acabaron en el suelo. Con unos reflejos
impresionantes, Alberto apuntó al wendigo con el lanzallamas y
disparó. La criatura chilló, pero pronto fue pasto de las llamas.
Entonces otro wendigo (Miranda sosopechaba que el mismo de antes)
trató de atravesar la puerta, pero al haber colocado la mesa de
billar a modo de barricada, esta solo tembló un poco.
Oyeron más rugidos.
— ¿Qué ha sido eso? — el miedo
apareció en la voz de Rodrigo y nadie pudo culparlo.
— Wendigos — dijo Alberto —.
Maldita sea, pronto habrá una docena o más de ellos aquí.
— Tenemos que huir — dijo
Miranda, presa del pánico.
Carla y Rubén miraron por los
alrededores, buscando una salida. No encontraron ninguna. Las
ventanas estaban en un segundo piso, si saltaban, podían matarse o,
como poco, doblarse algún pie, lo que significaría una muerte
segura dadas las circustancias. Lo pensaran, como lo pensaran,
estaban atrapados entre la espada y la pared.
No había escapatoria. Pronto,
aparecieron más wendigos. No fueron una docena, pero Carla los
contó: eran, junto con el primero, ocho wendigos. Todos ellos
aterradores. Juntos, golpearon nuevamente la puerta y esta cedió.
Uno o dos empujones más, y entrarían.
Y entonces, Miranda dio con la
clave. Vio una escalera de mano al lado de la puerta. Demasiado
cerca. Demasiado peligroso. Pero tal vez, su única oportunidad. Así
se lo hizo saber a los demás:
— Si usamos esa escalera, podemos
bajar por la ventana sin matarnos, es lo bastante grande.
Llegaba casi hasta el techo. No era
muy seguro, pero era la única oportunidad. Aunque no estaba
convencidos, un empujón más de esas criaturas los terminó de
convencer y Alberto dijo:
— Cógela, yo los contendré como
pueda.
Miranda y Rubén agarraron la
escalera, cada uno por un lado justo cuando notaron que la mesa de
billar cedía hacia atrás hasta caerse al suelo, formando un gran
estruendo. La puerta se entreabrió y oyeron rugidos de jubilo.
— ¡Rápido! — exclamó Rodrigo.
Con la tensión por las nubes, ambos
amigos arrastraron la escalera hasta la ventana rota. Pisaron los
cristales, que crujieron y eso llamó la atención de los wendigos.
Uno de ellos atravesó la puerta y fue recibido por la calurosa
bienvenida del lanzallamas de Alberto. Miranda y Rubén colocaron con
cuidado la escalera, que pisó la nieve y entonces apremiaron a los
demás para que bajaran. Primero fue Carla, seguida de Rodrigo y
Rubén. Soltaron los palos. Y cuando solo quedaba Miranda, estaba
tembló de terror. Porque dos wendigos al unísono lograron rebasar
la puerta (los que quedaban). Uno fue abolido por el lanzallamas,
pero el otro logró agarrar a Alberto, quien gritó de dolor cuando
la criatura, de un mordisco, le arrancó la yugular y luego, de un
tirón, arrancó violentamente su cabeza, que salió rodando por la
sala. El lanzallamas salió despedido a los pies de Miranda. Sin
pensarlo, lo asió con firmeza. Era pesado. El wendigo que había
asesinado a Alberto se giró hacia ella. La había oído. Su barbilla
y su boca goteaban sangre fresca. Una escena espeluznante. El wendigo
rugió y se abalanzó sobre Miranda, quien habría muerto de no ser
porque activó en el último segundo el lanzallamas, quien dio de
lleno a la criatura y acabó en el suelo retorciéndose de dolor.
Miranda intentó disparar de nuevo, presa del pánico, pero la
munición se había terminado. Tiró el lanzallamas (ya inservible) y
bajó por las escaleras.
Cuando llegó con sus amigos,
retiraron la escalera, la dejaron caer al suelo y huyeron. El
amanecer empezaba a despuntar. Delante de ellos se extendía la
carretera. Si seguían a buen ritmo, en menos de una hora llegarían
al pueblo de abajo. Quizás ahí pudieran pedir ayuda.
Los demás wendigos los siguieron.
Saltaron por la ventana y aterrizaron en el suelo como si nada. Los
persiguieron. Los chicos, presa del pánico, apuraron todo lo que
pudieron. Nunca habían corrido tan rápido en su vida. Ni siquiera
el cansancio los detuvo. La adrenalina y el instinto de supervivencia
fue suficiente para mantenerlos corriendo. Sin embargo, las criaturas
los rozaban. Uno dio un zarpazo que rasguñó levemente a Carla,
quien gritó y corrió todavía más deprisa.
Bajaron por la carretera, que hacía
pendiente hacia abajo y además, nacía una curva bastante empinada y
peligrosa. El cielo era cada vez más claro, pero hasta que el sol no
hubiera salido por completo, los wendigos no se detendrían. Aún les
faltaba mucho para estar verdaderamente a salvo.
Miranda no podía quitarse de la
cabeza la muerte de Alberto. Había sido sangrienta, rápida,
inesperada y cruel. Tragó saliva mientras las lágrimas amenazaban
con brotar de sus ojos. Se las aguantó. No era el mejor momento para
llorar. Ya lo haría luego. Primero tenían que ponerse a salvo y
asegurarse de que nadie más moría.
Así, tras lo que les pareció una
eternidad, llegaron al pueblo. Los wendigos aún los seguían. Allí
vieron los coches patrulla. Ellos, al ver a los wendigos, sacaron las
armas. Las balas inundaron el aire, las cuales sonaron como petardos.
Hicieron falta varias balas para matar a un solo wendigo. Los
eliminaron a todos, aunque hubo bajas.
Rápidamente, le contaron todo a la
policía y, una hora más tarde, cuando ya el cielo quedó alumbrado
por la brillante luz del sol, los policías se adentraron en el
hotel. Hicieron falta traer a los SWAT para poder eliminar a los
wendigos que quedaban, que eran tres. El resto se había marchado.
También se aseguraron de que no quedaran más por el pueblo. Tomaron
declaración a los cuatro amigos y los dejaron ir.
Pero ninguno de ellos olvidó los
horrores vividos ese día. Nunca volvieron a pisar ese lugar. Miranda
fue la única que decidió investigar sobre los wendigos. Al mirar
noticias pasadas, descubrió que un grupo de excursionistas se perdió
en las montañas de Sierra Nevada y jamás regresaron, hacía ya dos
años.
Esa era su explicación.
Seguramente, no fueron los primeros wendigos, pero si los primeros en
atacar aquel hotel. Y ellos habían tenido la mala suerte de estar
ahí ese día.
Ya habían transcurrido dos semanas
desde el incidente y la masacre del hotel estaba en boca de todos y
de la televisión. Una agotada Miranda se acostó en la cama,
dispuesta a dormir, pues ya era de noche.
No vio al wendigo asomado a su
ventana.