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domingo, 30 de marzo de 2025

URBAN FANTASY: BLOODY MARY SE PASEA POR TU CASA

 

Era noche cerrada cuando todo ocurrió. Sucedió en un pequeño pueblo estadounidense, poco conocido. Todo ocurrió un viernes noche. No, no era viernes trece.

Nuestras protagonistas eran un pequeño grupito de niñas, no mayores de trece y catorce años, las cuales se conocieron en clase. Eran cinco niñas. Una llamada Laura, la cual llevaba el pelo rubio, ojos azules y tenía trece años. Megan, de catorce, llevaba el pelo corto negro. Luego estaba Candace, una joven pelirroja de trece años, con el cabello corto y ojos azules. La cuarta niña se llamaba Brooke, llevaba el cabello rubio largo y los ojos azules. Edad catorce. La última niña se llamaba Juli, de cabello corto castaño y tenía catorce también.

Todas iban en pijama esa noche. La noche no era nada extraña, no tenía nada fuera de lo normal: las niñas hablaban de chicos, de qué guapos eran, y que mal les caía esa chica, si habían estudiado, bla bla bla. Nada raro. Hasta que Candace, la pelirroja, dijo:

  • ¿Conocéis el mito de Bloody Mary?

  • Sí, lo conocemos — respondió Juli, quien se temía qué venía a continuación. Pero calló, no fuera a ser una equivocación. No lo fue.

  • ¿Comprobamos si es verdad? — la emoción se le palpaba en la voz y Candace podía notar como se le subía el ánimo conforme la idea iba tomando fuerza.

  • Solo es un mito Candace — respondió Megan —. No es verdad. Una pérdida de tiempo.

Visiblemente molesta, Candace respondió:

  • ¿Ah sí? ¡Pues no hay huevos de hacerlo!

  • No es eso... — Megan comenzó a palidecer. La verdad es que estaba aterrada.

  • Pues si así es, hagámoslo — dijo Candace eufórica.

Las amigas de Candace se miraron indecisas, pero un comentario de Candace, fue suficiente para que luego Laura respondiera:

  • ¿O tenéis miedo?

  • Si tantas ganas tienes — respondió Laura — hazlo tú.

Silencio en la sala. Candace tragó saliva y asintió. Todas juntas fueron entonces al baño de la planta superior. Encendieron velas y entonces Candace llamó.

— Bloody Mary. Bloody Mary. Bloody Mary.

Como supondréis, nada sucedió. Solo silencio. Ni un escalofrío. Nada. Candace miró a sus amigas y les dijo sonriendo con suficiencia:

— Nada. No existe el mito.

Pero fue entonces cuando vio a sus amigas muertas de miedo, que se dio lentamente la vuelta. Ante ella, estaba una figura alta, vestida con camisón blanco, manchado. En la oscuridad no se podía ver de qué estaba manchado. La cabellera era larga y ondulada. Candace, con voz flojita dijo:

— ¿Eres... Blo... Bloody Mary?

Fueron sus últimas palabras. Las niñas no vieron nada, pero Candace chilló, les saltó sangre a la cara y estas chillaron y huyeron escaleras abajo, hacia la salida. Trataron de abrirla pero como siempre, estaba cerrada. Vieron bajar al espíritu vengativo las escaleras. Las niñas, muertas de miedo, huyeron al salón y otras a la cocina.

Bloody Mary se acercó primero al salón, donde vio asomar la cabeza de Laura. Se acercó a ella y está empezó a huir, acompañada de Megan. Huyeron, pero Megan tropezó y Laura al tratar de levantarla, vio como Bloody Mary había llegado hasta ellas.

Sólo quedaban Brooke y Juli. Ambas se habían armado con cuchillos y esperaban temblorosas a que el espíritu hiciera su aparición. Oyeron los gritos de sus amigas y supieron lo que había pasado. Bloody entró en la cocina y ambas vieron todo su camisón y su rostro lleno de sangre. Si no fuera por la sangre, y porque quería matarlas, Brooke habría dicho que era una niña preciosa. Bloody se acercó a donde estaban y entonces Brooke se acercó corriendo a ella mientras gritaba:

— ¡Corre, Juli, corre!

La niña no lo pensó y escapó, mientras oía gritar a su amiga. Presa de la desesperación, trató de abrir la puerta. Al no poder, se le ocurrió una idea desesperada. Corrió arriba, al baño, apagó las velas y esperó. Esperaba que aquello ahuyentara al espíritu. Verla subir las escaleras la convenció de que no había surtido efecto su plan. Huyó al cuarto de sus padres en cuanto vio a Bloody Mary. Al cerrar la puerta vio la ventana, la cual estaba abierta. Podía escapar por ahí...

Colocó una silla para bloquear la puerta y corrió a la ventana. Al ver la altura, le dio vértigo. Siempre tuvo miedo a las alturas. Pero cuando la silla voló y Bloody Mary entró, ella no se lo pensó y saltó. Luego todo se apagó.

Cuando despertó, estaba en la camilla del hospital, con un brazo roto y puntos en la cabeza. Relató su aterradora experiencia, pero nadie la creyó. Lo achacaron a un estrés post-traumático por ver muchas películas y creyeron que ella mató a sus amigas debido a esquizofrenia. Aunque nada en su cabeza indicaba que fuese así, los psiquíatras equivocadamente lo creyeron. Candace tenía el cuello rasgado, mientras que Brooke había sido apuñalada y a Laura y Megan les habían rasgado el cuello y arrancado el corazón. Tras varios años de internamiento y terapias, Juli pudo recuperar en cierta manera su vida normal, si bien las pesadillas la acompañan todas las noches y a veces creía ver al fantasma en los espejos o tenía ilusiones sobre que Bloody estaba delante de ella. A veces soñaba que sus amigas la culpaban.

No fue fácil para Juli vivir el resto de sus días, pero con el tiempo logró superar el dolor y el terror (aunque nunca terminó por irse por completo).

Un día, mientras se miraba en el espejo del baño de su casa, ya con muchos años encima, mientras Juli apartaba un canoso pelo de su cabello, creyó ver un camisón manchado de rojo detrás de ella. Se giró solo para ver una tétrica sonrisa tras ella.

viernes, 24 de noviembre de 2023

JUGUETELANDIA (1ª Parte)

 

Elisabeth apuntó con la linterna en la penumbra. Le había parecido ver algo. Pero era solo su imaginación.

Tranquila chica se dijo. Solo llevas una hora aquí. Solo estás tú en esta juguetería.

Elisabeth, o Eli, como la llamaban sus amigos, tenía treinta años y el cabello rubio a la altura de los hombros. Sus ojos eran del color del mar. Ella era vigilante de seguridad, vestida con su uniforme. Era delgada, pero ligeramente musculosa, resultado del ejercicio diario. También era alta, alrededor de 1,80. llevaba la linterna en la mano izquierda, y llevaba en el cinturón un taser y una porra.

La juguetería donde trabajaba de noche no era muy grande, apenas ocho pasillos, con una puerta que daba al almacén y a los baños y otra a la sala de emergencia. Todas ellas cerradas, pero ella tenía la llave. Todo lo que tenía que hacer era vigilar las cámaras de seguridad desde su pequeño despacho o bien dar una vuelta por la tienda si lo veía preciso. También tenía un pequeño teléfono para llamar a su jefe en caso de que fuera vital. Lo que no le habían especificado es que debía llamar solo si alguien había logrado entrar.

Un trabajo sencillo y tranquilo.

Sí, demasiado tranquilo pensó hastiada Eli. Era un trabajo tan tranquilo que la agobiaba. No había nada por hacer, salvo mirar una pantalla o dar una vuelta. Si, podría rendirse a la tentación de mirar el teléfono, pero entonces no estaría atenta y cualquier despiste podía ser fatal. Dado que podía rebobinar las cámaras, no pasaba nada si tenía que ausentarse al servicio. Miró el reloj: las once de la noche. Su turno no acabaría hasta las seis de la mañana. Un poco antes, en realidad, pues el primer empleado llegaría alrededor de las cinco y media para que ella pudiera marcharse y mientras, ese empleado limpiaría la tienda hasta las ocho, hora que abría la tienda. No estaría solo, pues el jefe de ambos llegaría a la misma hora.

Pero por ahora ella si estaba sola.

No supo si fue su imaginación, pero le pareció ver algo moverse en el pasillo cuatro, a través de las cámaras. Parpadeó, pero no volvió a notar ese movimiento.

De seguro lo he imaginado pensó, tratando de calmarse.

Seguramente seria eso. No podía negar que no estaba acostumbrada a ese tipo de trabajo, aunque ya había sido vigilante de seguridad en una gasolinera. Ella antes trabajaba como cajera en un supermercado.

Escuchó lo que pareció algo caerse en el pasillo dos. Sintió el corazón encogérsele y un nudo en la garganta. ¿Se habría colado alguien? ¿Cómo? No había despegado la mirada de las cámaras y no se había ausentado ni un solo instante.

Mejor lo compruebo.

Era mejor asegurarse, se dijo. Así pues, agarró el táser y salió de su despacho lentamente. La puerta apenas si crujió cuando la abrió y sus pasos no resonaron en el frío suelo hecho de mármol. Con ayuda de la linterna, la cual sujetó con la mano derecha (aunque ella era zurda y por eso tenía el táser en esa mano), alumbró los pasillos. Pronto encontró la causa del ruido: una muñeca que había caído al suelo. Aliviada, Eli guardó el taser y recogió la muñeca. Llevaba un vestido negro y tenía la apariencia de una niña de cinco años. Sus ojos eran azul cielo y su cabello dorado.

Dejó la muñeca en su sitio, aunque le extrañó que se hubiera caído.

Cosas que pasan pensó.

Ya más tranquila, decidió regresar a su despacho para vigilar las cámaras de seguridad, si bien desde donde estaba podía darse una vuelta y verificar la tienda de igual forma. Cambiando de idea, optó por hacer eso. Sus pasos resonaron en el suelo, pues ya no trataba de ser sigilosa. Aún con el taser guardado en su cinturón, alumbró los pasillos de la tienda y el mostrador. Alumbró la puerta principal, la cual era de cristal y tenía la persiana echada hasta abajo del todo para evitar que entrara ningún ladrón. Decidió ir al baño a lavarse la cara.

Pero cuando abrió la puerta y encendió la luz, se quedó petrificada.

En el espejo del baño, con sangre fresca, había escrito un mensaje:


TU TAMBIÉN SERÁS UN JUGUETE


Asustada, le hizo una foto con su teléfono para tener pruebas y entonces, escuchó un estruendo.

En la persiana de la tienda.

Lentamente, y con temor, se acercó hacia la puerta de entrada. Alumbraba con la linterna cada rincón de la tienda. De nuevo el estruendo. Ella pegó un brinco. Notaba todo su cuerpo tembloroso, y el sudor de las manos hizo que casi se le resbalara la linterna. Afortunadamente, la asió con firmeza y no se le cayó. Era lo que le faltaba, quedarse sin luz.

Cuando llegó a la reja, los ruidos dejaron de emitirse. Estuvo durante diez largos minutos esperando, pero los golpes parecieron cesar. Fue entonces cuando creyó notar un movimiento a su espalda.

Se giró rápidamente y notó un movimiento, aunque no vio sombra alguna. Se acercó lentamente a donde había escuchado el ruido, que era en el pasillo contiguo. Allí, de pie, vio un juguete.

Se trataba de un muñeco con pecas, un niño. Su pelo era verde y sostenía un cuchillo de cocina de plástico en la mano izquierda. Iba vestido con camisa a rayas y vaqueros. A la espalda tenía un mecanismo que le permitía moverse si lo girabas. El muñeco era grande, de al menos cuarenta centímetros de altitud.

Este muñeco está defectuoso pensó Elisabeth.

No era posible que el muñeco se hubiera movido por voluntad propia. Debía ser un error de fabricación. Si, eso debía ser.

Hasta que notó que no estaba sola.

Se dio la vuelta rápidamente. De repente, fue testigo de que había muchos juguetes tras ella.

Eran un total de cinco. Uno era una muñeca barbie, otro se trataba de la muñeca que había caído antes. Otro juguete consistía en un pequeño oso marrón, mientras que los dos últimos juguetes eran la figura de acción de un hombre militar, cuyo uniforme era grisáceo y llevaban fusiles como arma. Todos ellos tendrían un tamaño entre quince y treinta centímetros de altitud.

¿Qué clase de broma es esta? — gimió Elisabeth, asustada.

De pronto, notó un movimiento a su espalda. Al mirar, descubrió que el muñeco con el cuchillo se movía sola.

¿Qué… qué está pasando?

Pero más se asustó cuando el muñeco del cuchillo habló:

Hola Elisabeth.

¿Ahora los juguetes tienen mecanismos para hablar?

Elisabeth alzó la voz y dijo:

¡Esto no tiene gracia! Quien quiera que haya diseñado esta broma que pare ya o habrá consecuencias legales.

Escuchó las risitas siniestras y burlonas de los juguetes y un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven. Solo entonces comprendió que aquello no era ninguna broma. Aquellos juguetes estaban vivos de verdad.

Pobre Eli — dijo el muñeco —. Cree que todo esto es una broma.

¿Quiénes sois? ¿Cómo podéis estar vivos?

Trató de que no se notara el temblor en su voz, pero fue inútil. El que parecía ser el líder (el muñeco del cuchillo) dijo:

¿Has oído hablar de la cirugía plástica?

Ella lo miró extrañada y negó lentamente con la cabeza. Todo su cuerpo temblaba como un flan, sentía los musculos agarrotados y rígidos. Por mucho que quisiera, no podía moverse. Estaba paralizada del terror. El juguete del cuchillo continuó hablando:

Esto no tiene nada que ver con magia cariño. Es ciencia. Lo que en las pelis se llamaría Ciencia ficción. Y una nueva amiga siempre es bienvenida…

Fue entonces cuando los juguetes se abalanzaron sobre ella. Nadie escuchó los gritos de Elisabeth.


Cuando Marcus, el jefe de la tienda, llegó a la mañana siguiente, no encontró a Elisabeth. En su lugar, encontró, encima de la mesa de su despacho, una muñeca vestida de guarda de seguridad, con el pelo rubio recogido en una suave y preciosa coleta. Mediría alrededor de Treinta y cinco centímetros. Marcus sonrió satisfecho.

Lo que muy poca gente sabía sobre Marcus, es que no siempre fue dueño de una juguetería. Él la heredó de su hermano fallecido. Antes, Marcus era cirujano plástico. Aunque fue despedido por sus métodos “cuestionables”. Uno de sus últimos experimentos, y su preferido, de hecho, era verificar si podía sustituir la carne por el plástico o la lana, así como los huesos, para reducir el tamaño. Era una tarea sumamente ardua y extremadamente dolorosa sino se hacía con anestesia. Pero su experimento fue un éxito. Y tuvo éxito en enseñar eso a otros juguetes convertidos. También se había hecho experto en lavado de cerebro. Ya no le era necesario convertirlos él mismo, sus juguetes podían hacerlo por él. Suspiró satisfecho mientras sentaba a la muñeca en una silla de juguete y encendía un proyector. Tenía mucho trabajo por delante.


Minutos antes:

Cuando Elisabeth despertó, le dolía todo el cuerpo. Aquellos juguetes… no, aquellas cosas.

Esas cosas le habían hecho algo, bien lo sabía ella. La habían inmovilizado y empezaron a rajarle la cara y cortar sus extremidades. Todo sin una gota de anestesia. Pudo oír sus risas mientras ella chillaba más y más hasta que el dolor la hizo desmayarse. Frente a ella había un espejo. No podía creer lo que veía. ¿Esa era ella? Se veía mucho más pequeña y parecía estar tumbada en lo que parecía una mesa. Tampoco podía moverse. Le dolía todo el cuerpo y no podía mover su boca ni emitir sonido alguno. Aterrada, comprendió que era ahora un juguete. Escuchó entonces la verja abrirse y vio como entraba Marcus. Trató de pedir auxilio, pero, cuando vio con la delicadeza con la que la sujetó y su rostro satisfecho, comprendió que él también estaba metido en el ajo. Luego la sentó en la silla y la obligó a ver videos que luego no recordaría haber visto. Enseguida supo que se trataba de hipnosis.

Lo que Marcus no sabía, es que ella logró resistir su hipnosis. Y como ella, había algunos juguetes más, apodados “La resistencia”. Tardó un tiempo en acostumbrarse, pero pronto aceptó su nueva naturaleza y, la segunda noche, escapó con la resistencia cuando los otros juguetes trataron de matarla. Lentamente, ella inició su venganza contra Marcus.

Ese cabrón pagará por lo que me ha hecho prometió, llena de odio.


CONTINUARÁ...

sábado, 14 de enero de 2023

LOS MONSTRUOS NO EXISTEN

 Era treinta de octubre, martes. Rebeca, una chica de veinte años, rubia y de ojos

castaños, delgada, se encontraba en clase de inglés, en una academia de su ciudad. Allí,

la profesora, Magdalena procedió a contarles una historia:

— Veréis, hace como un año, por estas fechas, tuve una alumna llamada Verónica. Un

día, dejó de venir a clase. Desapareció. Algunos vecinos dijeron que no paraba de mirar

nerviosa a todas partes. Algunas leyendas, dicen que un monstruo la seguía y que chupó

su sangre, antes de matarla.

Algunas personas rieron. No tenía nada de creíble la historia. Tras contar algunas

historias más de halloween, la clase acabó y Rebeca emprendió el camino hacia su casa.

Para llegar a casa, Rebeca debía salir del parque donde se hallaba la academia y,

además, algunas calles. Rebeca no tenía vehículo ni bici, así que le tocaba andar.

Eran las nueve de la noche. No sabía si era debido a las historias, pero Rebeca empezó a

sentir que alguien o algo la miraba. Miró alrededor, pero solo vio árboles. Delante de ella,

solo vio el suelo de albero y negrura. Tragó saliva. Seguramente, serían cosas suyas.

Prosiguió su camino hacia delante, con sus pisadas como único ruido.

Visualizó las enormes puertas con rejas que le permitirían a Rebeca salir del parque

cuando creyó oír pisadas. Se detuvo, tensa y se dio la vuelta. 

Pero tan solo vio oscuridad. No había nadie. Solo ella. Tragó saliva y retomó la marcha.

Cuanto antes llegara a casa, mejor.

Al salir del parque, dio con una amplia calle. Giró a la izquierda. A la derecha de Rebeca,

había algunas casas. Cruzó en el próximo paso de peatones y se metió en una calle

iluminada con luces led y con coches aparcados a ambos lados.

Qué raro está esto pensó ella. No había nadie en las calles. Para ser martes, y las nueve,

debería de haber alguien. Ya fuera volviendo del trabajo, yendo (quizás alguien que

trabajara de noche) o alguien yendo a cenar a algún bar. Pero no había nadie. Es como si

todo el mundo se hubiera esfumado.

Escuchó entonces un crujido. Se dio la vuelta, pero nuevamente no vio nada.

¿Eh?

No veía nada, pero si notó algo: uno de los coches que estaba aparcado en la calle, un

seat color blanco, tenía leves rasguños.

Qué raro, juraría que ese coche estaba bien hace un minuto.

Aunque quizás es que no había prestado la suficiente atención, supuso. Decidió seguir su

camino. No obstante, se sentía tensa. Los músculos agarrotados. Tragó saliva mientras

aligeraba el paso. Tenía un mal presentimiento.

Ya faltaba poco para regresar a casa. Solo dos calles más.

Giró a la izquierda. Aquella calle tenía las luces fundidas.

Genial pensó Rebeca, sarcástica.

Sin más opción, sacó el teléfono del bolsillo y con él, encendió la linterna.

Así es, ahora usamos el móvil de linterna. Aunque hubiera preferido una linterna normal y

ahorrar batería.

Aunque aún tenía un cincuenta por ciento de batería de su teléfono. Ayudándose con la

linterna, alumbró el camino, y siguió adelante.

De repente, volvió a detenerse, insegura y se dio la vuelta. Nuevamente, no vio nada,

pero le había parecido escuchar algo. Tuvo entonces una idea. Siguió adelante y

encendió la cámara de su móvil. Lo puso en modo selfie. Y entonces se hizo unas fotos,

para aparentar. Si alguien la estaba siguiendo, lo descubriría. Tomó unas tres fotos

mientras seguía adelante, con un nudo en la garganta y sin apartar la vista de la calle.

Finalmente, giró a la derecha, a una calle que estaba levemente iluminada con más luces

led. Esa era su calle. Ya faltaba poco para entrar en casa. Miró el teléfono y se quedó

petrificada. Vio un borrón. Fue muy rápido. Se había escondido tras un coche gris de la

calle. Rebeca no sabía qué o quien era. Pero ya tenía confirmado sus peores temores: la

estaban siguiendo. Tratando de disimular, aceleró el paso y fue sacando las llaves

mientras miraba fijamente el teléfono. No veía a quien lo seguía, pero si un borrón. Fuera

lo que fuera, se movía deprisa, más de lo que ella podría.

Por fin, tras dos minutos angustiosos, llegó a su casa. Abrió la puerta del patio y la cerró

con fuerza. Suspiró, aliviada. El corazón le bombeaba con fuerza. Atravesó el pequeño

patio y entró en la casa.

— ¡Ya he vuelto! — dijo.

Fue entonces cuando notó que sus padres todavía no habían vuelto del trabajo. Se

encogió de hombros y fue a la cocina. Allí recibió un mensaje de su madre en el teléfono:

“Tu padre y yo cenaremos fuera. Te he dejado pizza en el congelador y algo de dinero por

si quieres pedir comida.”

Con lo ocurrido, lo que menos le apetecía a Rebeca era comer, así que se sirvió un zumo

y se sentó en el sofá del salón. Necesitaba relajarse.

Se disponía a encender el televisor cuando de repente, quedó petrificada. Allí, justo detrás

de ella, y gracias al reflejo del televisor, lo vio.

Era una criatura deforme, sin pelo, escuálida. Con garras en lugar de dedos y dientes

puntiagudos. Ojos negros como el carbón. Rebeca se dio la vuelta y chilló.

La criatura soltó un rugido y se abalanzó sobre ella, propinándole un zarpazo en el cuello,

del cual brotó muchísima sangre...

jueves, 12 de enero de 2023

ISLA CRETÁCICA

 

Hola. Me llamo Laura. Soy muy fan de la paleontología. Tengo 18 años, pelo rubio largo, delgada. Ojos azules. Acabo de empezar la carrera, todavía más fascinada que antes. Y aterrada porque viví una experiencia… en fin, dudo que me creáis pero os juro que es cierto.

El año pasado, cuando todavía tenía diecisiete años, en Agosto, estaba de viaje de crucero con mis padres. Íbamos hacia una isla, no recuerdo el nombre, para alojarnos en un hotel de allí, donde pasaríamos al menos dos semanas.

En fin, para no aburrir con detalles, os diré que hubo un accidente en el barco y luego me desmayé.

Al despertar, me encontraba en la orilla de una isla. La isla donde íbamos a ir de vacaciones. Lo supe porque vi el hotel al fondo. A mi alrededor, vi cuerpos inertes en la arena y me asusté. Había al menos cuatro hombres y cinco mujeres. Les tomé el pulso a todos pero ninguno respondió. Todos habían muerto. Mi corazón bombeaba con violencia. Al menos, no eran mis padres, pensé.

Y hablando de eso, ¿donde estarían? Tampoco veía el barco. Me asusté pensando que se podrían haber ido sin mí.

Dado que no se me da muy bien nadar (y que había un gran mar detrás de mí), decidí que la mejor opción era pedir ayuda al hotel. Si, pensé. Podrían pedir que alguien viniera a rescatarme. Y de paso, ver si mis padres estaban por aquí. Seguramente, me estarían buscando. Así pues, decidí incursionarme en el bosque que tenía delante.

Estaba oscureciendo. No llevaba reloj, pero uno de los pasajeros inertes sí. Vi, en uno de sus relojes, que eran ya las ocho de la tarde. En pocos minutos sería de noche. Debía darme prisa.

Una vez me adentré en el bosque, todo cuanto vi a mi alrededor fueron arboles, hierba y un sendero serpenteante de tierra, que decidí seguir. Mi móvil estaba destrozado, debido al agua.

Genial, ahora necesito teléfono nuevo.

Una putada, porque me encantaba. ¡Y solo tenía siete meses! Bueno, en fin, sigo con la historia.

Seguí adelante por el sendero y el miedo me atenazó. ¿Habría lobos? Se suponía que era una isla segura, pero aún así, sabía que había algo de fauna salvaje. Tragué saliva. Seguí avanzando.

El hambre me atenazó. Por suerte, en los árboles pude encontrar algo de fruta. Y para más suerte aún, algunas manzanas habían caído de un árbol cercano. Cogí una y me la comí. Al cabo de un rato, hallé un pequeño río. Y desde ahí, podía ver el imponente edificio que era el hotel. Todavía estaba lejos, claro. Pero podía tomarlo como referencia para continuar. Bebí agua del riachuelo y, escondida tras un árbol, hice mis necesidades. Luego, seguí adelante.

Iba nerviosa, con las piernas temblando y mirando en todas direcciones. Fue entonces cuando dejé atrás los árboles y salí a campo abierto. Era un claro tan grande como una pista de fútbol y al fondo se veía otro sendero de árboles que conducía al hotel. Ese era mi objetivo.

Aumenté la velocidad de mis pasos. Casi iba corriendo. Estaba ansiosa. Respiraba agitada. Estaba deseando llegar al hotel.

Cuando casi llegaba a la mitad del claro, empecé a notar unos temblores. Me detuve, extrañada. ¿Estaba ocurriendo un terremoto? Pero, no parecía un terremoto. Más bien, como si una máquina gigante estuviera caminando.

BUM. BUM. BUM.

Me giré, despacio, justo cuando esos fuertes pisotones se detuvieron. Me quedé en shock. Delante de mí, (os lo juro, de verdad), había un gigantesco dinosaurio.

Si, un dinosaurio.

DI-NO-SA-U-RIO.

Del cretácico. Y no cualquier dino.

Era un T-rex.

Alto, imponente, de piel marrón. Se parecía a los de Jurassic park. Ojos negros, patas delanteras cortas, pero peligrosas. Cola larga y similar a un látigo.

Este estaba quieto, observándome fijamente, de forma amenazante. Yo tragué saliva y quedé inmóvil. Había visto las pelis de Jurassic pero ¿sería igual aquí? En aquel momento pensé que aquello debía ser una pesadilla. Pero era todo tan real, que cuando el T-rex rugió, mostrando aquellos dientes como sables, yo chillé también, con toda la energía que permitía mis pulmones y salí corriendo a toda velocidad.

BUM, BUM, BUM. Nuevamente, sus pisadas. Si, era él el causante de aquellos temblores. Y ahora me perseguía a toda velocidad. Si bien sus patas eran más cortas que las mías, al ser más grande, salvaba las distancias con facilidad. Por suerte para mí, llegué pronto a los árboles. Sin embargo, la persecución del imponente dinosaurio no acabó ahí. Él siguió persiguiéndome, destrozando árboles a su paso. Yo seguí huyendo. El hotel estaba ya muy cerca.

Entonces, vi que a mi derecha había un coche negro aparcado. Me desvié del camino que iba al hotel y llegué al vehículo, donde me escondí debajo (ya que no había tiempo de entrar, pues el monstruo me habría visto). Apenas cinco segundos más tarde, lo vi llegar. Aterrada, aguanté la respiración mientras, tumbada boca abajo en el vehículo, escuchaba nuevamente al T-rex rodear el vehículo, oliendo, buscándome. Sus patas me asustaban cada vez que las veía, acompañadas de aquel estruendo tan horrible. El T-rex dio una vuelta completa al vehículo, se posó tras él y rugió. No pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos. No es así como había planeado morir. Devorada por un dinosaurio, que, se supone, no debía existir.

Pero cuando ya creía que el dino me había detectado, se fue, lentamente, en dirección contraria. Solo entonces, me atreví a respirar y tengo que reconocer, que del terror me hice, literalmente, pis encima. Todo mi cuerpo temblaba, mis ojos lloraban y sentía que el corazón se me iba a salir por la boca. Tras dar unas bocanadas de aire para calmarme, decidí salir del vehículo y retomar mi camino hacia el hotel, siempre vigilante por si aparecía el T-rex nuevamente. Todo mi cuerpo temblaba violentamente y cada pasó me costaba darlo sin tropezar o trastabillar ligeramente.

Y llegué al hotel.

La entrada a este era una verja de hierro que ya estaba abierta. Aquello me dio muy mala espina. Tras la verja, había un patio circular con una fuente que chorreaba agua clara en el medio. En el patio había algunos vehículos: turismos y furgonetas. Y tendidos en el suelo había cuerpos. Humanos. Inertes.

Tragué saliva. Aquello me dio mal augurio. Al acercarme a un cuerpo, el de un hombre de mediana edad (el cual tenía pelo negro corto y vestía pantalón negro y camisa blanca), vi que tenía el cuello desgarrado.

Algún tipo de animal pensé.

¿Habría sido el T-rex? Pero luego caí en que si hubiera sido él, el mordisco sería, o más grande, o bien lo habría devorado total o parcialmente. Aquello me recordó que el T-rex aún andaba cerca así que opté por entrar al hotel. Pensé que, fuera lo que fuera lo que los había atacado, debía estar en los bosques y no dentro. O eso quería creer, pues no me sentía a salvo allá afuera, donde el T-rex aún podía encontrarme y devorarme.

Cuan ilusa fui.

Una vez entré, me hallé en recepción. Esta era grande. ¿Estarían aquí mis padres?

A la derecha estaba el mostrador, a la izquierda un pasillo que llevaba a los ascensores, los baños y, al fondo, a la piscina cubierta que tenía el edificio. Enfrente había unas escaleras que llevaban a las plantas superiores.

En el mostrador, los recepcionistas (una chica rubia, que tendría treinta años y un hombre de veinti algo, calvo) estaban sentados en la silla, como dormidos. Al acercarme, temerosa, me di cuenta que les habían desgarrado el cuello y devorado, al hombre, una pierna.

En este punto, yo hiperventilaba. Aquí estaba pasando algo. Algo siniestro. Todo mi yo me chillaba que huyera. Pero ¿adónde? ¿Al bosque con el T-rex?

Vi un teléfono móvil en el mostrador y lo cogí. Este estaba bloqueado, pero podía llamar a emergencias. Eso hice.

El teléfono no sonó. Vi que no había cobertura. Alguien o algo la había cortado, seguro.

Genial.

Entonces, vi el teléfono fijo del hotel y revisé las últimas llamadas. Ya habían llamado a emergencias. Luego, la señal se cortó supongo. Así que un equipo de rescate debería llegar pronto. Entonces, caí. Quizás pudiera acceder a internet.

Justo cuando tuve esa idea, sentí que algo se movía al fondo de la sala. Al revisar con la vista, no vi nada, pero tenía los nervios muy delicados en aquel momento. Así pues, decidí ir a la que iba a ser nuestra habitación. Revisé la libreta de visitas que tenían allí, y vi que la nuestra iba a ser la 214. Al revisar las llaves del mostrador, la encontré, la recogí y me dispuse a subir las escaleras, pues cuando probé el ascensor, este no iba.

Llegué a la primera planta. La mía era la segunda. En solo una planta había ¡cien habitaciones! Que locura. Y el hotel tenía cuatro plantas. Subí a la segunda y nada más llegar, a mano izquierda, ahí estaba. Abrí la puerta y entré.

La habitación estaba intacta. Una cama en medio del cuarto, una tele de 42 pulgadas colgada de la pared izquierda, un baño a la derecha. Y una ventana enfrente de donde yo estaba.

Tras echar un vistazo al cuarto, vi que mis padres no estaban. Alicaída, me dirigí hacia la ventana, donde eché un vistazo. Y vi algo asombroso.

Dinosaurios voladores. ¡Voladores! Creo que se llamaban Quetzalcoatlus o algo así…

Vi sus hermosas alas batir el viento, sus delgados cuerpos elevarse en el aire. Tenían un largo pico y sus ojos eran negros.

Definitivamente, eso tenía que ser un sueño.

Pero os juro que no lo era.

Cuando ya pasaron, me dispuse a investigar la habitación. Y, en el baño, escondido tras el retrete, vi asomar algo. Era un papel. Lo recogí. Estaba escrito a bolígrafo negro y decía:


Rogamos a todos los huéspedes del hotel que permanezcan ocultos.

No traten de huir. Es demasiado peligroso. Por favor, mantengan la calma.

Un equipo de rescate está en camino.


Escrito y firmado por Dir. Anderson.



Dos cosas saqué en claro de aquel breve texto. Tres en verdad: Un tal Anderson era el director del hotel. Algo había ocurrido. Y por alguna razón, escribió esa nota a mano en lugar de a ordenador y darle fotocopiar. En fin, supuse que quizá era mayor y no se le daba bien la tecnología. Tampoco conocía al director. Ni quería. Solo quería hallar a mis padres y largarme cuanto antes. Dos, que sabía lo de los dinosaurios y tres, que seguramente tenía algo que ver.

Fue entonces cuando algo golpeó la puerta de la habitación.

Otra vez. PAM. PAM. Y de nuevo. PAM.

Escuché un rugido. O rugidito. Me sonaba de algo. Ya lo había oído antes. Pero no era el T-rex. No, si lo fuera, escucharía esos pasos como terremotos. Era algo más pequeño e igualmente letal.

Finalmente, rompió la puerta y entró. Apenas lo vi un milisegundo y me escondí en el baño. Cerré la puerta, eché el pestillo y me escondí en un pequeño armario que había bajo el lavabo. Era pequeño e incómodo, pero la bañera era demasiado obvia. Al cerrar de un portazo, el dinosaurio me escuchó.

Lo escuché golpear la puerta otra vez. PUM. PUM. Cerré la puerta del armario y ya todo cuanto pude ver fue oscuridad.

Escuché crujir y luego romperse la puerta. Escuché sus pasos, lentos y pausados. Lo oí sisear. Olisquear. Toda yo olía a miedo a pesar de que contenía la respiración todo cuanto podía. Lo sentí cerca del armario. ¿Y si le daba por romperlo? No solo me dañaría, sino que estaría a su merced, ya que casi no podía ni moverme. Empecé a arrepentirme de haberme escondido ahí cuando escuché gritar a otra persona. Oí más de esas cosas y luego el dinosaurio se marchó

Salí del armario (oh). ¿Qué dinosaurio era ese? Largo, delgado. Parecía… un velociraptor. O era muy rápido al menos.

La puerta del baño estaba destrozada. Lentamente, y con pavor, me asomé a la habitación. La puerta principal estaba destrozada también, así que no podía ocultarme ahí. Seguramente, el dino me escuchó o olió o algo. Y por eso me detectó.

Salí de la habitación. Y quedé petrificada. En el pasillo, a mano izquierda y a menos de cinco metros, había al menos tres velociraptores devorando algo.

O mejor dicho, a alguien.

Escuchaba sus bocas tragar, triturar y masticar. Tragué saliva y el terror inundó mi corazón. Me quedé un segundo inmóvil, solo observando. Pasado el shock inicial, y, muy despacio, empecé a caminar dirección a las escaleras. Debía esconderme. ¿Pero dónde? No tuve tiempo de pensar, pues uno de los velociraptores me detectó. Estos eran delgados, sin pelo. Tenían garras curvas, afiladas como dagas y dientes puntiagudos y finos. La criatura, al detectarme, rugió y alertó a sus camaradas. Sin pensar, me puse a correr y rápidamente fui perseguida por esas cosas. Corrí por el pasillo. Escuchaba a los velociraptores detrás de mí. Yo seguí corriendo sin cesar, hasta que empecé a sentirme agotada. Llevaba un rato corriendo y no podría huir eternamente. Giré a la izquierda al final del pasillo y vi que ese pasillo abría otros caminos a ambos lados. Giré a la derecha, luego a la izquierda y nuevamente a la izquierda, tratando de despistarlos. Luego, abrí una puerta al azar y me escondí dentro. Cerré la puerta con pestillo y coloqué una silla a modo de barrera.

Entonces caí al suelo. Hiperventilaba. Tras asegurarme de que no me seguían (o al menos, que ya no los escuchaba), me detuve a explorar la habitación.

Me di cuenta de que se trataba de un despacho. El suelo era gris, pero las paredes y el techo no. Estos eran blancos. Además, había un escritorio negro delante de mí, con un portátil enchufado, un lapicero lleno de bolígrafos y una papelera hasta arriba de papeles arrugados. Me senté en la silla de oficina negra. Desde esa posición, yo estaba delante de la puerta, vigilando que no se me colara ningún dino y, detrás de mí, había una ventana. Estaba en la segunda planta, de modo que saltar era menos que recomendable. Por si acaso, busqué en el despacho algo que me sirviera de cuerda, pero no hallé nada. Suspiré, desanimada. Lo quería por si tenía que huir por la ventana. Ya me veía teniendo que hacer eso porque los dinos me detectaban.

El portátil tenía solo un treinta por ciento de batería. Y estaba abierto por un email que no se había llegado a enviar, pues estaba a medio escribir. En él decía:


Señor director. Esto se nos ha ido de las manos. Los dinosaurios se han liberado y están matando al resto de huéspedes. Por favor envíe un equipo de limp…


Ahí terminaba abruptamente el mensaje.

No entendía gran cosa de lo que estaba pasando. Pero al parecer, quien le escribió el mensaje estaba en el ajo y el hotel también.

Los del hotel tenían dinosaurios…

Fue entonces cuando me dio por rebuscar en la montaña de papeles que había en la basura. Y pronto encontré un papel arrugado que contenía lo que yo estaba buscando: osea, pistas sobre lo que sucedía. El resto de papeles no decía nada interesante, eran facturas, o actas normales de cualquier empresa. Pero ese papel decía algo distinto:


Señorita Doris, por favor, le ruego, elimine todos los documentos. Esto se nos ha ido de las manos. Anoche, uno de los “huéspedes” logró liberarse de las instalaciones y logró huir. La mordedura es contagiosa, similar a la rabia. Ya sabe qué sucede cuando nuestros huéspedes se convierten.

Elimine este informe tan rápido lo reciba.

Dir. Anderson.


El mensaje había sido escrito a mano y, al parecer, Doris no había triturado el papel. Creo que no le dio tiempo. Pero no entendía. ¿Transformación de huéspedes?

Sin saber qué hacer, me quedé allí quieta. Estuve como alrededor de una hora. Esperando. Tenía demasiado miedo para salir y tenía la esperanza de que me rescatarían pronto. Pero nadie acudió. Ni humano ni dino. No sabía cuando vendrían a por mí ni si lo harían. En el despacho de Doris no había teléfono, así que no podía llamar. Finalmente no pude soportarlo más y opté por salir. Lentamente, abrí la puerta. Miré a derecha y a la izquierda. No se veía ningún dino. Respirando aliviada, salí del despacho y traté de buscar las escaleras mientras vigilaba que no hubiera ningún dino. Todo estaba demasiado silencioso y tranquilo. Encontré las escaleras y bajé por estas. Llegué de nuevo al rellano. Decidí que en el hotel tampoco estaba segura. Iría pues, a la orilla. De donde no me tendría que haber movido. Pero claro ¿qué sabía yo sobre dinosaurios? Además, aquella era la isla donde iríamos de vacaciones. Se suponía que en el hotel podría pedir ayuda. Visto lo visto, no fue así.

Me quedé helada. En la puerta principal, un velociraptor devoraba uno de los cadáveres. Tragué saliva y caminé despacio, dirección a las piscinas.

El pasillo era corto y la puerta que daba a la piscina se veía al fondo. Llegué a ella sin problemas y la abrí con cautela, no queriendo toparme con más dinos. Pero dentro solo estaba la piscina. No había restos de cuerpos ni nada. Al fondo, se veía la puerta que daba a la terraza del lugar. Me había estudiado de pasada el mapa del hotel, aunque claro, las plantas superiores eran un laberinto para mí. Pero sabía que en esa terraza debía haber unas escaleras que dieran con el parking del hotel. Quizás pudiera escabullirme por allí. Decidida, pasé a la piscina.

La piscina era rectangular y grande. El agua era transparente y tenía matices rojos.

Matices rojos.

¿Qué?

Como soy muy lista (nótese la ironía), iba yo caminando por el borde cuando una violenta sacudida hizo temblar el agua de la piscina. Chillé de la impresión y caí al agua. Esta medía como mucho dos metros de profundidad. Yo medía 1,60.

Al caer al agua, pude ver los restos de un cuerpo humano, el cual era todo hueso. Entonces, vi que un enorme monstruo marino se movía reptando por al agua a toda velocidad hacia mí. Presa del pánico, rápidamente nadé hacia abajo, esquivando por poco su boca. Me giré para verlo mejor. Era un mossasaurio, pero más pequeño que el de Jurassic world. Sería tan grande como un cocodrilo, era negro, o eso me parecía y tenía dos grandes hileras de dientes, los cuales eran muy amenazantes. La inmensa criatura volvió a arremeter contra mí. Rápidamente, saqué la cabeza del agua y me agarré al bordillo de la piscina. No sé como lo hice tan deprisa, pero logré sacar los pies de la piscina justo cuando noté los dientes de la criatura rozarme. Presa del pánico, me arrastré un poco más lejos en el suelo. Tumbada boca arriba, mientras hiperventilaba, vi como tenía dos arañazos en mi pierna izquierda. Escocía y dolía, pero a pesar de eso, logré incorporarme. Entonces, tuve que saltar hacia atrás y pegarme a la pared, pues el mossasaurio dio un gran impulso y salió de la piscina. Sus dientes me rozaron, pero enseguida regresó a la piscina. Con el corazón bombeando con violencia, salí de la piscina.

Nada más salir, vi unas escaleras a mano derecha, que bajé todavía con todo el cuerpo temblando. Había estado a punto. A punto de palmarla. Y al parecer, otra persona no había tenido tanta suerte.

Al bajar las escaleras, me detuve. Me encontraba en un callejón con una puerta que estaba entreabierta a mano izquierda y que rezaba: “Solo personal autorizado”. Y delante de mí, bloqueando el camino, me encontré nuevamente con el T-rex.

Este me miraba enfadado. Seguramente, por no haberme podido atrapar antes. Yo volví a quedarme inmóvil. Tragué saliva. Lo miraba sin saber qué hacer. No terminaba de salir de una, que me metía en otra. El ser rugió violentamente y esa fue la señal para colarme corriendo por la puerta. Sentí al T-rex golpearla no una, sino dos veces hasta que pude escuchar, mientras corría a toda velocidad por un pasillo blanco iluminado, como la puerta volaba y se estrellaba a escasos centímetros de mí. Yo hiperventilaba mientras huía.

Seguí corriendo por el pasillo, el cual tenía muchas puertas. Pero ¿en cual entrar? Cualquiera de ellas podía provocar que me metiera en una sala sin ventanas. Ese sería mi fin. Escuchaba nuevamente el BUM, BUM, BUM y luego otro rugido del T-rex.

Me colé entonces tras unas puertas dobles. Reconocí la sala como un comedor. Pero aquel no era el comedor del hotel.

¿Qué es este sitio?

Sin importarme en aquel momento, seguí corriendo y me colé en una puerta que había al fondo a la derecha y que dio lugar a otro pasillo blanco iluminado. Seguí corriendo y me colé tras la última puerta a la izquierda, pues ese pasillo, para mi desgracia no tenía salida. Cerré la puerta y la atranqué con una silla que vi. Igual que antes.

Respirando con dificultad (me dolía el pecho y sentía las articulaciones agarrotadas), vi que me hallaba en un despacho blanco de suelo alfombrado y mesa negra. Había una ventana tras de mí, aunque, al asomarme, vi que estaba bastante alto.

Es igual, tengo que saltar pensé.

No sabía si me había vuelto loca o qué, pero no podía quedarme allí esperando al T-rex. Sabía que me acabaría descubriendo y esa puerta no resistiría. Sin embargo, antes de irme, noté que en la mesa había un portátil apagado. Rápidamente, lo encendí, pero pedía clave.

Mierda.

Fue entonces cuando escuché nuevamente el BUM. BUM. BUM. Dado que no me quedaba tiempo, opté por rebuscar en la papelera, pero no encontré nada, ni tampoco en los cajones. Aquel debía ser el despacho del director Anderson y esperaba aclarar algunas cosas, pero, viendo que el T-rex me andaba buscando, abrí la ventana.

Me encontraba en lo que parecía ser la segunda planta. Había un árbol al que poder asirme. Así pues, salté a la rama, la cual tenía convenientemente cerca. Me agarré y, justo en ese momento, el dino dio un solo embiste al cuarto, echando la puerta abajo y destrozando la silla.

No ha aguantado nada pensé atemorizada. Creí que resistiría más.

Me deslicé por el árbol hasta acabar en el suelo.

Entonces se me cayó el alma a los pies.

Ocho velociraptores me estaban esperando ya abajo. Me escrutaron con la mirada y se dirigieron lentamente hacia mí, gruñendo y olfateándome.

Se acabó pensé mientras una lágrima se deslizaba por mi mejilla izquierda. Para mejorar las cosas, el T-rex dio un salto en el despacho, destrozando parte del edificio y aterrizando con un fuerte temblor que nos desestabilizó a mí y a los velociraptores. Pronto, estos se incorporaron mientras yo me quedaba sentada en el suelo, derrotada. Ya no podía hacer nada. Incluso aunque intentara levantarme, esas cosas me atraparían. Estaba condenada a una muerte horrible.

Fue entonces cuando el sonido de un helicóptero sonó en la distancia. Todos alzamos la cabeza. El T-rex rugió.

¡Fuego! — gritó alguien.

El sonido de muchas metralletas inundó el lugar abatió a dos Velociraptores. También hirió al T-rex, que trató de dar un bocado al helicóptero negro que nos sobrevolaba, pero este se hallaba lejos de su alcance y lo obligó a huir. El resto de velociraptores hizo lo propio.

En pocos minutos, aquel lugar quedó despejado y una escalera de mano bajó de inmediato hacia mi posición. La voz del megáfono me indicó que subiera y eso hice.

Me costó subir. Tenía los brazos y las piernas entumecidos. Pero lo hice deprisa y rápidamente, llegué al helicóptero, donde recibí el abrazo de mis padres. Mi padre era moreno y delgado, mi madre rubia como yo, algo rellenita. No pude evitar llorar mientras era abrazada por ellos.

Gracias a Dios, están bien pensé.

Mientras nos largábamos de aquella asquerosa isla, nuestros salvadores, que eran del FBI, nos explicaron todo:

Al parecer, en esa isla se hacían experimentos con los huéspedes. La empresa se llamaba como el hotel: King Summer. Usaban ADN fosilizado de dinosaurios y algunas cosas más para mezclar su genética con la nuestra. Su idea era crear un híbrido de dinosaurio y humano y así dominar la humanidad. Pero como todo, los planes salieron mal y las personas convertidas se escaparon del laboratorio (de donde acababa de venir yo). El doctor Anderson y Doris presumiblemente habían muerto. Nosotros íbamos a ir a esa isla de vacaciones por un sorteo que ganamos. Ahora veo que todo fue una trampa. Nosotros íbamos a ser sus próximas victimas.

Ahora esa isla ha sido clausurada. Parece que los dinosaurios han regresado.


jueves, 29 de diciembre de 2022

UN DUENDECILLO SUELTO POR MI CASA

 Hola. Me llamo Julio, y voy a relataros una experiencia paranormal que sufrí el veintiséis de diciembre de 2019. Por aquel entonces yo tenía veintisiete años y acababa de comprar una bonita casa en un barrio tranquilo de un tranquilo pueblo de Estados Unidos. La casa tenía dos plantas, y en la planta principal, a la derecha, había un comedor, a la izquierda un salón, enfrente la cocina y, una puerta entre la escalera que daba al sótano. Lo único que le faltaba era una piscina, pero el jardín trasero era grande y con espacio suficiente para fabricarla, de modo que decidí que la haría en un futuro.

Bueno, que me desvío. Digamos que, tras conseguir la casa y demás, me instalé allí esa misma noche. Mi esposa Amanda llegaría también, pero estaba atrapada en un tráfico horrible.

Mi experiencia paranormal solo duró tres horas. Pero fueron las tres horas más interminables de mi vida.

Una vez instalado, me hallaba tumbado en mi nueva cama. Era una cama de matrimonio, que Amanda y yo compartiríamos. La cama era cómoda, blanda. Tenía la luz de la mesilla de noche encendida, dando al cuarto un tono anaranjado. Enfrente de mí se alzaba la cómoda con el espejo. Mi rostro ovalado, mi cabello corto castaño y mis ojos azules. Eso veía.

Suspiré. La respiración bajaba y subía de mi pecho de forma regular.

Crack, crack.

Me sobresalté. Había oído algo. Me quedé un momento en silencio. Afuera, el cielo estaba oscuro porque eran pasadas las diez. Había cenado un trozo de pizza. Amanda aún seguía en el tráfico. Dado que había una tormenta horrible allá afuera, muchas calles estaban inundadas y cortadas. Oí el fuerte repiqueteo de la lluvia chocar contra la ventana.

Crack, crack.

De nuevo ese sonido. Provenía de abajo. Me incorporé de un salto. Por toda ropa llevaba unos vaqueros y camisa, además de zapatos. Ni me había cambiado, esperando a Amanda.

Abrí la puerta con cuidado. Esta no hizo ningún ruido. Claro, era nueva (aunque ignoraba si podría haber hecho algún ruido también). Afuera, todo estaba oscuro y silencioso.

Demasiado silencioso. Tragué saliva. Quizás no hubiera sido nada. Estaba a punto de regresar a mi cuarto, cuando volví a escucharlo:

Crack, crack.

Ahora lo escuché totalmente claro. Era como algo rasgando. Y se escuchaba DENTRO de la casa.

Dentro de casa había alguien conmigo.

Revisé el móvil, pero Amanda no me había dicho nada de que hubiera llegado. Y de haberlo hecho, me lo habría dicho. Y no se escucharía ese sonido tan raro. La piel se me erizó. No tenía fama de cobarde, pero que hubiera un intruso en casa… además, con la tormenta de fuera y yo totalmente solo. ¿Y si estaba armado? Haciendo acopio de valor, me dirigí hacia abajo, de dónde provenía el sonido. Iba despacio, tratando de no hacer ruido.

Abajo, en el rellano de la casa, había una ventana situada al lado izquierdo (desde mi perspectiva) de la puerta. Afuera veía el porche.

Y en el porche había alguien.

No veía su rostro claramente, aunque era más bajo que yo. Quizá midiera alrededor de uno cincuenta (yo medía uno ochenta). Parecía tener orejas picudas y cabello corto e iba vestido con una camiseta que, por la poca luz que entraba por la ventana (ya que tenía las luces apagadas en casa) parecía ser negra, marrón o tal vez, verde. En cualquier caso, como al final de las escaleras había un pequeño interruptor situado a mano izquierda, decidí pulsarlo para así ver con claridad.

La luz no se encendió.

¿Se ha ido la luz?

Era probable, pensé. Con la tormenta, se producían muchos cortes de luz.

Sin embargo, enseguida comprendí que aquello no tenía que ver con la tormenta, pues al apartar la vista del interruptor, no solo la figura había desaparecido, sino que pude ver que los vecinos de enfrente sí tenían luz.

En este punto, ya había transcurrido una hora completa desde que llegué a la casa. Aún faltaban dos horas más. Y las cosas estaban a punto de ponerse aún más inquietantes.

Sabía que tenía a alguien rondando la casa, que se había ido la luz solo en mi hogar (no sabía si esa figura la había cortado) y supe que estaba en peligro. Por algún motivo, noté más frío del habitual.

Fui a la cocina. Esta constaba de un pequeño pasillo con una encimera y una mesa para comer, blanca. Al lado de la encimera se situaba el frigorífico. En la mesa aún estaba la caja de pizza con tan solo un trozo de pizza en su interior. Amanda tenía otra pizza entera para ella guardada en el frigorífico que tan solo había que calentar. Estaba bastante preocupado. No solo por la figura, sino porque Amanda siguiera en el tráfico.

Cogí el móvil. Me disponía a llamar a emergencias. Pero no sonaba. Llamé y llamé, pero nada. Escuché una risa. Una risa que pertenecía a la de un chico joven y que me heló la sangre.

— ¿Quién eres?

Aunque lo intenté, no pude evitar que la voz me temblara violentamente. Sentía las piernas de mantequilla y los vellos de punta.

De nuevo la risa. Una risita traviesa. Alguien me estaba gastando una broma, eso era todo. Eso es lo que quería creer. Rápidamente, corrí hacia la calle. No sabía si con esta tormenta alguien me ayudaría, pero tenía que intentarlo. Pero cuando salí al pasillo me detuve en seco.

Delante de mí, se hallaba aquella figura. Ahora podía verlo más claramente. Su camiseta era color verde, pero sus ojos no los veía bien. Ni su boca, torcida en una inquietante sonrisa. El cabello lo tenía alborotado y en la mano izquierda sujetaba algo. Sus dedos tamborileaban con el objeto puntiagudo y metálico. Su brillo me dijo que eso era un arma.

Al fijarme mejor, vi que era un cuchillo de cocina. Tragué saliva y salí huyendo. En la cocina había una puerta que daba acceso al patio trasero. Pero la puerta no se abrió. Por más que giraba el pomo, este no cedió. Maldiciendo por lo bajo, me di la vuelta para encarar a mi atacante, pero al salir al pasillo, se había ido.

Tenía a un asesino suelto por casa.

Asustado, caminé despacio, tratando de no hacer ruido. Me sentía observado. Sabía que, estuviera donde estuviera, me estaría observando. Ya no se oían risas ni aquel sonido inquietante. Subí las escaleras dirección a mi cuarto. Allí tenía un teléfono fijo. Si el móvil no iba, tal vez el fijo sí. Al entrar en mi cuarto cerré la puerta y coloqué una silla a modo de pestillo. Traté de llamar a emergencias, a la casa de mis padres, a un amigo. El resultado fue el mismo: el teléfono no sonaba. Me dejaba marcar e indicaba que había línea. Pero eso era todo. Por alguna razón, yo no podía comunicarme con el mundo exterior. Traté de abrir la ventana. Aunque sonara a locura, tal vez podría bajar desde una segunda planta de alguna forma y salir así a la calle. Pero la ventana también estaba bloqueada.

No podía salir de casa ni comunicarme con nadie.

Ahí fue cuando sentí el verdadero terror.

— Juuuuuliooo

Mi nombre sonó como una canción. Una canción de cuna tétrica. Se me erizó la piel y comencé a sudar. Quise agarrar algún arma, algo con lo que defenderme. Pero no la tenía. Estaba total y absolutamente indefenso.

— ¿Qué quieres? — Pregunté y esa vez no me salió la voz temblorosa. Aunque eso no me reflejaba como me sentía realmente.

De nuevo aquella risa.

Me quedé allí el resto de la hora, aterrorizado y acurrucado tras la cama, intentando esconderme. Pero él me veía, yo lo sabía. No sabía cómo lo sabía, pero así era. Y lo peor era que no sabía cómo librarme de él. Miré el móvil. No había recibido más mensajes de Amanda desde hacía dos horas.

Desde que aquella figura apareció en la casa.

POM. Un golpe seco, fuerte. En algún lugar de la casa. El golpe se repitió, más fuerte. La tormenta había cesado y la lluvia también, pero el cielo aún tenía muy mala cara. Como la tenía mi situación. Me incorporé y, temblando violentamente, me dirigí hacia la puerta.

POM POM POM. Tres golpes fuertes y seguidos. Venían del pasillo de fuera. ¿Qué podía hacer? No podía llamar a nadie ni salir de casa por algún motivo.

Un momento pensé. Sí, aún tenía el coche. En el sótano. Si es que la puerta se abría, claro. Y por muy bloqueada que estuviera la puerta del garaje, el coche debería romperla con la suficiente velocidad. Era lo único que tenía, así que inspiré y exhalé varias veces y me dispuse a salir de mi habitación.

Fue entonces cuando caí. ¿Cómo sabía aquel tipo mi nombre? Estaba claro que me conocía. Aunque yo no lo identificaba a él. Supongo que porque estaba oscuro. Me pregunté, mientras retiraba la silla con sumo cuidado y abría la puerta con la misma cautela, quien sería la figura que rondaba mi nuevo hogar. Además, era curioso que había atacado justo al mudarme. Estando solo en casa.

Ya solo quedaban cuarenta minutos antes de que la pesadilla terminara. Bajé con cuidado las escaleras. aunque sabía que me estaba observando o, al menos, rondando la casa, no convenía hacer ruido. Lo mejor era ser silencioso.

Una risa suave me obligó a correr al sótano. La puerta sí se abrió, para mi alivio. Bajé las escaleras con cuidado. No veía nada, tan solo negrura. Ya que no podía ver, puse la oreja a tope. Solo escuchaba mis zapatos crujir la madera de la escalera. Llegué abajo, donde un ligero olor a moho inundaba el lugar. Tosí. El sótano era rectangular, con un coche viejo y blanco aparcado en medio y un estante a la izquierda. Dado que nos acabábamos de mudar, aún no teníamos nada más. Poco a poco. Menuda primera noche en la casa.

Saqué la llave del coche, aún en mi pantalón, cuando de repente, la luz del sótano (una luz amarilla tenue) se encendió y ante mí vi de nuevo la figura. Ahora podía verle el rostro. Tenía los ojos negros, su ropa era verde, su cabello castaño claro. Y sus dientes eran largos y afilados, recordando a los de un tiburón. Tragué saliva y pegué un respingo justo después, cuando el ser se movió, mostrando garras en lugar de dedos.

—Hola Juuulio — dijo en un siseo.

Hablaba como cantando. Aquella visión de él me horrorizó, sentí un nudo en el estómago y el corazón encogido en un puño.

— ¿Por qué haces esto? ¿Qué eres?

El ser rio. Una risa infantil, pero que me dejó tan helado como antes. Quizá incluso más, contando que ahora lo tenía delante de mí. Aún sostenía el cuchillo de cocina en la mano izquierda.

— Vennnn a juugarrr con nosssotros.

— ¿Con…?

¿Acaso había más de uno? Eso fue lo que pensé e inmediatamente noté algo tras de mí. Me di la vuelta, con un respingo y se me cayó el alma a los pies.

Era Amanda. O lo que quedaba de ella. Tenía el cabello negro enmarañado, no liso, como lo solía tener. Su camisa blanca y sus vaqueros estaba rajados y ella sangraba por los ojos. O lo que habían sido sus ojos, que ahora no eran más que dos cuencas vacías. Su sangre era negra, no roja y sus uñas estaban rotas y sangraban. Sus dientes eran similares a los del ser, puntiagudos. Era la pesadilla hecha carne.

— Amanda ¿Qué te ha pasado?

Logré decir con un temblor en la voz. Ella soltó un chillido y eso me impulsó a huir. Corrí, apartándola de un empujón. Subí las escaleras y cuando me disponía a cerrar la puerta, la vi, subiendo las escaleras a cuatro patas y gruñendo como un animal furioso. Parecía una araña humana. Cerré de un portazo y el sonido retumbó en la casa. Traté de abrir la puerta principal, sin éxito. Cogí desesperado una silla del salón y traté de romper las ventanas. No se rompían.

¿Qué narices pasa?

Tenía que estar soñando, eso seguro. La puerta del sótano sonó con un POM, POM, POM. Como antes. Luego el Crack, Crack. Así que era ella. Todo ese tiempo había estado en el sótano. Ella había llegado hacía casi tres horas y ese ser la había capturado y transformado en esa cosa. ¿Eso me pasaría a mí sí me atrapaba? La puerta del sótano salió disparada y vi cómo, a cuatro patas, salía la que un día fue mi pareja. Desesperado, y sin poder pensar racionalmente debido al miedo, hui arriba a mi cuarto. Atranqué de nuevo la puerta e intenté romper con otra silla (solo había dos en mi cuarto), la ventana, pero esta no cedió. Y tampoco podía acceder al coche porque aquel tipo lo custodiaba.

— Pareeccee que essste es el fin.

Me di la vuelta sobresaltado. Aquel tipo estaba sentado en mi cama, con aire despreocupado.

— ¿Por qué me haces esto? — pregunté. Las lágrimas brotaron de mis ojos, sin poder contenerme.

De un salto, el ser se acercó a mí y me besó la mejilla con la punta del cuchillo. Un hilillo de sangre resbaló por esta y manchó mi camisa.

— Fuissste un malll tío Juliiiooo. Deberías haberrrte porrrtado bien y no haberrrte comido la comida para ssaaanta.

Entonces recordé: la noche del veinticuatro me comí unas galletas y leche que había sobre la mesa. Me entró hambre a medianoche y las comí. Había estado durmiendo en casa de mi hermano.

— ¿Santa existe?

— Oh, claro que ssiii, y trae regalosss a los que se porrtan bien. Pero su bondad, es equivalente a su ira.

Ya no siseaba. Ni cantaba. Solo había furia y una voz gutural que me pareció aún peor que la voz de antes.

— No volveré a hacerlo, no sabía, yo…

El duende (las orejas picudas, su tamaño, ahora lo entendía todo) me hizo callar colocando una garra en mis labios. Sonrió y su sonrisa fue escalofriante.

— Próxima parada: el Infierno Polar.

El duende despareció y escuché en la puerta de mi habitación: POM, POM. Luego de nuevo. Tragué saliva.

Ya que voy a morir, he decidido escribir esta confesión. A modo de relato. ¿La moraleja? Nunca os comáis la comida de santa. Al igual que su bondad, su furia es terrible. Como la de una tormenta.

La puerta de mi habitación voló por los aires y Amanda entró.



Amanda aparcó como pudo. Eran las dos de la mañana, pero por fin había llegado. Le había enviado un mensaje a Julio indicando que cenaría en un bar de carretera (eran los únicos que estaba abiertos tan tarde). Había comido bien, sin embargo. Un bocadillo de queso (su favorito), una coca cola y se había llevado unos donuts para desayunar al día siguiente. Ya comería pizza mañana. Ahora solo quería despertar a Julio (que debía estar frito) y explicarle que al fin había llegado. No iba a volver a coger el coche en una semana por lo menos. Que tráfico y tormenta más terribles. ¡Y el día de su mudanza! Todo porque ella había tenido que trabajar en el hospital.

Entró en la casa. La notó muy silenciosa. Era normal, se dijo. A fin de cuentas, su pareja estaba dormida. Cada puerta estaba en su sitio, cada silla. Subió a la habitación que compartía con su marido.

No lo encontró. Buscó en los servicios por si estuviera. En el espejo del baño vio un mensaje escrito con sangre negra:



PAGARÁ POR SUS PECADOS



Julio despertó. Estaba atado a un bastón de caramelo gigante. Hacía mucho frío y la nieve caía en forma de copos. Enfrente de él, reconoció al hombre rechoncho, vestido de rojo y barba blanca. Si bien tenía un aspecto muy humano, sus ojos azules tenían un brillo asesino. Al lado de él, Santa tenía varios utensilios de tortura: pinzas, sopletes, cuchara (¿cuchara?) y objetos varios puntiagudos. Santa cogió el soplete. Y cuando habló lo hizo con un tono que le heló la sangre a Julio:

— Hora de abrir mi regalo.