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sábado, 20 de abril de 2024

LOS DIAS MUERTOS 2: LA CAÍDA

 

Era viernes y Arturo se levantó como todas las mañanas. Eran las once. Arturo sonrió. Era agradable poder acostarse a la hora que quisiera y levantarse cuando lo requería su cuerpo. Aunque sabía que eso solo duraría un par de meses más, hasta que comenzaran las clases de nuevo.

Arturo se incorporó. Llevaba por pijama una camiseta blanca y pantalón azul. Fue al baño a orinar y luego se miró fijamente al espejo. Su cabello era pelirrojo y puntiagudo. Sus ojos, verdes. Era alto, alrededor de 1,75 y su rostro era ligeramente ovalado. Sus labios, finos y sus orejas redondas. Tras desayunar unas galletas y zumo, decidió mirar el teléfono. Se encontró con que el wifi no iba, aunque sí tenía datos. Les habría preguntado a sus padres, pero se encontraban fuera por trabajo. Aunque Arturo tenía diecisiete años, sabía manejarse bien él solo.

Fue entonces cuando en Twitter, vio que había dos trending toppic inusuales: “Apocalipsis Zombi” y “Sin tecnología”.

Al entrar al primero, vio a mucha gente estúpida diciendo que había llegado el apocalipsis zombi y todos iban a morir.

Que exagerada es la gente se mofó Arturo. Era cierto, sin embargo, que hacía meses que varias personas se comportaban como tales. Por lo visto, algún extraño virus los hacía comportarse como tal. Arturo había leído las noticias. Hacía solo dos días, un par de ancianos habían asesinado a su hijo a mordiscos y arañazos. Y hacía un mes, una mujer estaba devorando a un adolescente en medio de la calzada. Y así con varias noticias más. Casos aislados y perfectamente controlados.

Pero ¿y si se les había ido de las manos? Inquieto, Arturo decidió llamar a sus padres. No le cogieron el teléfono. Fue entonces cuando decidió llamar a Rebeca. Pero tampoco se lo cogió. Empezó a asustarse. ¿Habría pasado algo de verdad?

Arturo vivía en un bloque de pisos, de modo que podría preguntar afuera qué sucedía. Decidió que así lo haría. Pero antes, miró el otro hastag, el de “sin tecnología”. Por lo visto, si bien no de golpe, se estaban empezando a perder las conexiones wifi lentamente y algunos lugares se estaban quedando sin luz. En otros había cortes de luz temporales. Una locura.

Puede que si sea el apocalipsis al final.

Pero la única forma de averiguarlo era saliendo afuera.

Así pues, decidió ponerse una camiseta roja, vaqueros y deportivas. Además, agarró un bate de béisbol. A Arturo le encantaba el béisbol. Eso, y la música. Muchas veces, tocaba la flauta y el piano. Era su hobby favorito. Sin embargo, el año siguiente entraría a estudiar un módulo de Informática, ya que no se sentía lo bastante confiado para ganarse la vida con eso, a pesar de que sus padres y amigos lo animaban a intentarlo.

  • Eres muy joven — le había dicho su padre — no dejes de perseguir tus sueños o lo lamentarás.

  • Está bien que tengas un plan B — había añadido su madre —. Pero no dejes de lado tus sueños.

Si todo iba bien, después del verano Arturo trataría de entrar en algún conservatorio y esperaba poder alternarlo con sus estudios.

En cuanto Arturo abrió la puerta, se encontró con un pasillo totalmente silencioso. Aquello no era novedad. Así estaba normalmente. Vacío, silencioso y varias puertas que daban a las otras viviendas. Sin embargo, una estaba entreabierta y le hacían señas para que entrara. Al fijarse mejor, Arturo se percató de que aquella vecina era una conocida de su madre. Una mujer mayor, anciana, llamada Marga.

Arturo se acercó con calma.

  • Marga ¿qué tal? — preguntó con amabilidad.

Ella le hizo señas para que se callara y le invitó a pasar a su apartamento.

  • No hagas ruido — le susurró.

Intrigado, Arturo hizo lo que le pedía. Su tono era de temor. Algo no iba bien. Arturo entró en el apartamento y cerró suavemente la puerta.

La anciana lo llevó a la sala de estar, una habitación con una mesa de madera rectangular en medio y rodeada de estanterías llenas de libros y enciclopedias. Un pequeño televisor estaba situado en una esquina. Marga le sirvió un zumo y le invitó a sentarse. Una vez hecho, ella dijo:

  • ¿Te has enterado no?

  • ¿Del apocalipsis? Si. Pero no creo que sea para tanto ¿verdad?

La mirada seria de Marga lo convenció de que la situación era peor de lo que se pensaba.

  • No puede haberse descontrolado todo de repente. Eso solo pasa en películas.

  • No lo ha hecho de repente — respondió tranquilamente Marga —. Pero no se ha prestado la suficiente atención y ha terminado por descontrolarse. Ahora pagamos las consecuencias. Ven, asomémonos por la ventana.

Arturo hizo lo que le decía y se levantó de la silla. Se acercó a la ventana.

  • No descorras la cortina — le aconsejó Marga —. Solo retírala un par de dedos. Lo justo para ver.

Lo hizo. Y lo que vio lo dejó helado.

Abajo, en la calle, había al menos cinco personas que caminaban de forma errática. Arturo no era muy fan del genero zombi, pero había visto alguna que otra película y fotos. Y tenía que admitir que el aspecto de esas personas era muy similar. Se movían torpemente. Arturo incluso se sorprendió de que no resbalaran en ningún momento. Sus ojos no podía verlos bien, pero tenían venas oscuras y dientes podridos y la boca llena de sangre reseca. La ropa también estaba manchada de sangre y uno de ellos tenía la camisa hecha jirones. Arturo tragó saliva y se alejó de la cortina, temblando.

  • Algunos dicen que son rápidos — dijo Marga, triste —. Otros, que son lentos. Yo de ti tendría cuidado y no saldría de casa hasta que las autoridades resuelvan el asunto.

Arturo asintió. Se despidió de Marga, le pidió que tuviera cuidado y regresó a su apartamento. Necesitaba pensar. Soltó el bate en la cama de su cuarto.

Pasó al menos una hora encerrado en su cuarto, reflexivo. Revisó el frigorífico. Tenía comida para unos tres días. Tendría que salir pronto. Recordó entonces a Rebeca. Su chica. Ella cogía ese día un vuelo. Según su reloj, debería haber llegado de Madrid hacía un cuarto de hora. ¿Estaría bien? decidió llamarla nuevamente. Pero nada. Fue entonces cuando se decidió. No podía quedarse de brazos cruzados. ¿Y si esas cosas la tenían acorralada? La rescataría. Sabía que aquello era el mundo real, no una película. Pero quedarse sentado era peor. Así que, agarrando otra vez el bate, decidió salir. No obstante, esa vez agarró una mochila roja y en ella metió dos botellas pequeñas de agua, un par de bocadillos y pañuelos. Si necesitaba más comida, la recogería de algún supermercado. Pero ahora necesitaba ir cuanto más ligero, mejor. Hecho eso, salió de casa, cerró con llave y pasó por delante de la casa de Marga. No escuchó nada. Se encogió de hombros y siguió adelante.

Atravesó el pasillo. Todo estaba en calma. Una extraña calma.

Llegó hasta el ascensor. Fue a pulsarlo, pero una imagen se le vino a la mente: ¿y si uno de esos tipos estaba adentro? El espacio del ascensor era pequeño y si lo atacaban, no podría defenderse. De modo que optó por las escaleras. Vivía en una cuarta planta, de un total de diez, así que tardaría unos minutos en bajar. Pero lo hizo igualmente. Bajó despacio, mirando hacia atrás y hacia adelante y escuchando atentamente todo a su alrededor.

Bajó al tercer piso. Todo el pasillo estaba tranquilo. Como el suyo. Pero había algo más. Algo inquietante. ¿Habría algún vecino con vida dentro? Seguramente sí, pero todos estaban asustados dentro de sus casas. Otros estarían fuera y otros, muertos o convertidos. En cualquier caso, Arturo no tenía intención llamar a ninguna puerta y optó por bajar a la segunda planta. Se notaba que estaba al inicio del brote. La infección debía ser más alta en otras zonas, porque allí los pasillos estaban tranquilos. Pero todo cambió cuando bajó al primer pasillo. uno más, y llegaría a la planta baja, donde estaba la salida.

Allí, de espaldas a él, caminaba de forma errática una persona. No podría asegurar si estaba infectado, pero diría que sí. Se movía como esas cosas. Tenía el cabello blanco y sangre fresca goteaba de su barbilla. Hacía poco que se había alimentado. Era un milagro que no lo hubiera escuchado. Arturo tragó saliva. Miró un momento arriba. Apenas un vistazo. Como nadie lo seguía, decidió bajar los escalones que le faltaban. Como un resorte, el agresor se dio la vuelta. Al verlo, Arturo confirmó que era un Agresor. Sus dientes estaban podridos y sus ojos inyectados en sangre. Rugió y caminó hacia Arturo. Este, presa del pánico, comenzó a correr.

Llegó al vestíbulo, un pasillo pequeño. Corrió hacia la puerta, la abrió y cerró. Ya estaba en la calle. Los infectados de antes ya se habían marchado, siguiendo su camino al no haber ningún estímulo y Arturo se detuvo a respirar un momento. El corazón le latía a mil. Así que había infectados en su edificio. Y Marga estaba adentro. Con el teléfono, probó a llamarla. No cogió el teléfono. Tragó saliva. No se atrevía a volver para advertirla y de todos modos, vio que el Agresor se acercaba lentamente a la puerta, aun gimiendo. Se dio cuenta entonces, de que los Agresores se movían con lentitud. Eso, reflexionó, era algo bueno. Le permitiría escapar más fácilmente.

Prosiguió su camino.

Las calles estaban demasiado tranquilas. De una forma que Arturo solo podía calificar como inquietante. No se veía a nadie. Vio a una persona caminar inquieta a lo lejos. Sus pasos eran normales, así que no era un infectado. Se metió en una casa. Arturo pasó por delante y siguió su camino, hasta que cruzó una calle.

Y se topó con al menos una veintena de Agresores. Estos lo vieron enseguida, rugieron y caminaron hacia él. A pesar de caminar, sus pasos eran rápidos.

  • ¡Ostias!

No pudo evitar decirlo. Se puso a correr. Pronto dejó a los Agresores atrás, pero sabía que no podría huir eternamente. Cruzó otra calle y nuevamente tuvo que volver sobre sus pasos y meterse en otra calle. Había al menos diez Agresores en aquella. Parecían estar concentrados en un lugar o eso le pareció a Arturo. Fue entonces cuando vio un instituto. No sabía si dentro habría Agresores o no, pero tanto por delante como por detrás, los infectados se acercaban peligrosamente. No tenía más opción. Caminaban bastante deprisa y, sino entraba en el instituto ya, lo alcanzarían.

Así que eso fue lo que hizo.

Atravesó el patio, el cual era de cemento y se adentró en el edificio, cerrando las puertas de cristal. Acto seguido, se encaró ante el pasillo que tenía ante sí.

























domingo, 24 de marzo de 2024

ÁNGEL GUARDIÁN: LA CASA DE DIOS

 

Por dentro, la iglesia era tal como Jesús la recordaba. Amplia, con bancos de madera al fondo y las cofradías a buen recaudo en las habitaciones laterales. Al fondo del todo se hallaba el altar. Jesús siguió a Ariel. La iglesia no era grande, más bien pequeña y estaba repleta de gente. En aquel momento no había misa.

Ariel se coló por un lateral del atril. Allí había dos puertas de hierro. Asegurándose de que no la vieran, abrió una de ellas e instó a Jesús a seguirla. Dieron con un pasillo que Jesús nunca había visto: tenía el mismo suelo que cualquier iglesia y ventanales a la derecha. Pero el pasillo era tan largo que Jesús no veía el fondo. A ambos lados del pasillo vio puertas talladas en madera.

  • No sabía que existía esto — mencionó él.

  • Hay muchas cosas que no sabes — le respondió ella, enigmática —. Antiguamente muchos sacerdotes y curas vivían en el interior de las iglesias. Ahora la mayoría no. Supuestamente esta tampoco. Lo cual nos da el escondite perfecto.

  • ¿Y los ángeles vivís aquí? — Jesús estaba anonadado.

Ella asintió.

  • Es la Casa de Dios, después de todo. ¿Qué mejor lugar? Y hay más iglesias y más ángeles.

La cabeza le iba a estallar.

Siguiendo a Ariel, se cruzaron dos monjas en su camino, ataviadas con su tradicional atuendo negro y blanco. Si se sorprendieron de ver a Jesús, no lo demostraron. Saludaron a ambos cortésmente y siguieron su camino, charlando alegremente.

  • ¿Las monjas saben de vuestra existencia?

  • Pues claro — respondió ella como si fuera lo más obvio del mundo —. Y los curas y monjes también.

Ah, que también hay monjes. Claro, porqué no.

Finalmente llegaron al final del pasillo, en el cual se formaba una T. Ariel indicó el camino izquierdo, el cual desembocaba en otro pasillo idéntico.

  • Como verás, los pasillos son todos muy parecidos aquí.

  • ¿Parecidos? Idénticos, diría yo.

Ariel sonrió.

  • Tienen leves diferencias. Por ejemplo, en las ventanas.

Jesús se percató que, a diferencia de las que había visto antes, estas tenían dibujos de ángeles.

  • Cada pasillo con ventanas tiene diferentes dibujos. Algunos de La Ultima Cena, otros del Espíritu Santo… e incluso hay pasillos sin ventanas como — giraron a la derecha — este.

Era cierto. El pasillo no disponía de ventas. Solo la luz de las bombillas del techo iluminaba la estancia.

Jesús avanzó junto con Ariel por el pasillo. Este no tenía tantas puertas como los otros. Supuso que así era más fácil diferenciarlos.

  • Es fácil perderse por aquí. Ten cuidado — le advirtió Ariel.

No hacía falta que se lo dijera, pero de todas formas Jesús se alegró de que se lo avisara. Se veía a simple vista que aquel lugar era un laberinto en el que al menor despiste era rápido que te perdieras.

Por fin, llegaron a donde Ariel quería llegar. Para ello, tuvieron que girar otra vez a la izquierda, donde había ventanas a la izquierda que mostraban más ángeles. Ariel se detuvo a mitad de camino, frente a una enorme puerta doble de madera. Con los nudillos, llamó dos veces. Escuchó una voz de fondo que le resultó familiar a Jesús.

Al abrir Ariel la puerta, ambos entraron a un comedor. La estancia era grande; rectangular, con una mesa rectangular fabricada en madera colocada en medio de la estancia. Las paredes estaban adornadas con cuadros de Jesús en La Ultima Cena, así como con ángeles varios y algunas otras. En una cómoda situada a la izquierda de la estancia había apoyada varias copas de plata y oro. A la derecha de la estancia (desde el punto de vista de Jesús), se podía ver un ventanal enorme, que reflejaba la luz del sol perfectamente, dando alegría a la habitación. Las cortinas blancas estaban descorridas para permitir que el sol penetrase en la estancia.

Pero nada de eso impresionó a Jesús. Porque una vez hubo echado un vistazo rápido a la habitación, una voz familiar lo llamó y al mirar, este se quedó sin aliento.

La voz familiar correspondía a su padrastro. Miguel.

  • ¿Miguel? — Jesús abrió los ojos como platos.

  • ¿Qué haces aquí? — quiso saber él, anonadado.

  • Te podría hacer la misma pregunta.

Aquello no pilló desprevenida a Ariel.

Miguel la miró y le formuló la misma pregunta que a su hijastro. Ariel se explicó:

  • Le atacaron. Hace un rato. En el tren de regreso. Fue un Cerbero. Le he contado que soy un ángel y un poco sobre nuestra mitología.

  • Gracias por salvarle — Miguel le sonrió a Ariel.

Ariel le devolvió la sonrisa y respondió:

  • Es mi deber.

Jesús miraba a uno y a otro sin comprender.

  • Así que ¿os conocéis? — preguntó Jesús confuso.

Ambos lo miraron y se rieron.

  • Perdona Jesús — le dijo Miguel —. Si, nos conocemos. Al ser ella tu ángel de la guarda y yo su superior, le pedí que me mantuviera informado acerca de tu estado.

  • ¿Su superior? No entiendo nada — Jesús estaba ahora más confuso si cabía, que antes.

Miguel suspiró.

  • Explicar esto no va a ser sencillo. Quizás sea mejor que tomes asiento.

Jesús hizo lo que le sugería. Una vez se hubo sentado, Miguel y Ariel lo imitaron. Ariel se sentó al lado derecho de Miguel. Este último se sentó enfrente de Jesús. Solo entonces, Miguel le contó a Jesús:

  • Yo también soy un ángel. Como Ariel. Más concretamente un arcángel.

  • Espera un segundo — Jesús empezaba a atar cabos —. No me irás a decir — casi rio al decir eso —, que tú eres el mismísimo…

  • Arcángel Miguel, sí. En carne y hueso. El favorito de Dios — dijo con orgullo.

Jesús abrió mucho la boca. Más de lo que creía posible. Ariel y Miguel rieron entre dientes. Aquella situación debió de parecerles muy divertida, pero no a Jesús.

  • ¿Me explicas cómo es eso posible?

Entonces Miguel si se puso más serio.

  • Quizás sea mejor que esa parte te la contemos con tu madre delante.

  • ¿Por? — preguntó Jesús sin comprender. No le gustó el tono serio que su padrastro había tomado.

  • Porque le atañe a ella más que a mí — su respuesta fue tajante.

Jesús esperó a que Miguel llamara por teléfono a su madre. No escuchó que decía su madre por teléfono, pero sí a Miguel. Le escuchó contar toda la historia.

  • Ha descubierto la verdad Eva —le comentó, muy serio —. Pero hay una parte que no sabe. Ambos sabemos cuál es. Creo que deberías venir aquí a contárselo.

Algo debió de comentarle su madre, porque Miguel contestó:

  • Por favor. ¿Ni por esta vez?

De nuevo escuchó. Miguel resopló, abatido.

  • Está bien. Lleguemos a un punto medio. ¿Qué te parece si te quedas en la puerta? No hace falta que entres.

Tras un momento, Miguel se despidió finalmente de Eva y colgó.

  • Tu madre estará aquí en unos minutos. O, para ser más exactos, en la puerta.

Aquello le sorprendió. No el hecho de que no entrara a la iglesia (sabía que su madre tenía crisis de fe y se negaba a entrar en cualquier iglesia), sino al hecho en sí de que viniera. ¿Qué era eso tan importante que sólo podía contarle su madre?

  • Es mejor que salgamos de la iglesia — dijo Miguel —. O no podremos recibir a tu madre.

Así que regresaron por donde habían venido y salieron afuera, a la plaza de Los Jardines. Vieron a la gente que había por allí. Algunos aún estaban tomando café en los bares cercanos, mientras que otros solo paseaban. En pocos minutos apareció Eva, con cara de pocos amigos. Iba vestida con vaqueros y camisa verde. Se detuvo frente a Jesús y, sin saludar a su esposo ni a Ariel, le preguntó a Jesús como estaba. Este respondió:

  • Estoy bien. Gracias a ella — respondió sonriente Jesús mirando a su ángel.

Eva dirigió su mirada hacia ella. Esta se cohibió un poco, sonriendo tímidamente.

  • Gracias — le dijo seca, pero sinceramente, Eva a Ariel.

  • No hay que darlas. Es mi misión.

Entonces, Eva se dirigió finalmente a Miguel.

  • Imagino que le has contado quien eres y demás.

Este asintió.

  • Lo sabe casi todo. Excepto tu parte.

  • Y me gustaría saberla, la verdad — añadió Jesús —. Ya estoy intrigado.

Eva suspiró.

  • Supongo que tienes derecho a saberlo.

Eva entonces empezó a relatar lo sucedido el día que él nació. Le contó que ella cuando quedó embarazada de David, empezaron a asediarla monstruos y fue gracias a la intervención de Miguel, que salió airosa.

  • Yo era el ángel de la guarda de David — aquellas palabras le pesaron como losas a Miguel.

Jesús echó la cabeza hacia atrás y abrió mucho los ojos. Aquello no se lo esperaba. Implicaba muchas cosas. Entre ellas, que su protegido había muerto y él no lo había podido salvar por alguna razón. Razón que no tardó en averiguar.

  • El día de tu nacimiento, miles de monstruos nos atacaron — Eva se estremeció al recordar aquello —. Fue… tétrico. Salido de una pesadilla. Y solo pudimos huir porque tu padre se sacrificó.

  • ¿Cómo no pudiste salvarle? — quiso saber Jesús, mirando a su padrastro. Lejos de reproche, solo había dudas.

  • Basta Jesús — lo riñó su madre —. Miguel no pudo hacer nada. Eran demasiados incluso para él.

  • De todas formas, Jesús — trató de animarlo Miguel —, ahora él se encuentra en el Cielo. Y está mejor que nunca.

Jesús no supo si eso debía alegrarle o no. Pero decidió dejar el tema. Había muchas otras cosas que necesitaba averiguar.

  • Entonces ¿a papá lo mataron esos demonios? — la voz de Jesús sonó como la de un niño.

Su madre asintió.

Jesús soltó aire. Sentía como si algo le oprimiera el pecho y le impidiera respirar.

  • ¿Fue culpa mía? — casi temió preguntar. Pero debía.

  • No se te ocurra pensar semejante cosa — le contestó muy seria Eva.

  • No tienes culpa de nada, chiquitín —. Le informó Ariel acercándose a él. Parecía afectarle especialmente que él se culpara. Tenía el rostro algo congestionado. Le acarició la mejilla. Jesús tragó saliva.

  • No tienes la culpa de nacer — dijo Miguel —. Fue la voluntad del Señor.

  • Le costó la vida a mi padre — Jesús no podía pensar en otra cosa.

  • Pero él se halla mejor ahora. En el cielo — le contó Eva, sonriendo y acariciando a su hijo en el mentón.

Jesús derramó una débil lágrima. Para cuando se quiso dar cuenta, su madre lo estaba abrazando. Notó sus manos acariciar suavemente su espalda y su cabello enredarse en su cara.

  • Después de aquello — siguió explicando Eva —, contraté a una bruja para que colocara hechizos protectores en casa.

Jesús abrió los ojos como platos. Tuvo que decir:

  • No sabía que la magia existía también.

Eva sonrió.

  • Hay tantas cosas que no sabes. ¿Sabes por qué elegí tu nombre?

Jesús negó con la cabeza, aunque la verdad era que le venían algunas ideas.

  • Pensé que, si llevabas el nombre del hijo de Dios, eso te mantendría a salvo. Además, un chico que es acosado por demonios y salvado por ángeles. ¿Qué mejor nombre?

Jesús sonrió con timidez.

  • Creo que mejor nos vamos a casa — decidió Eva, soltando el abrazo a su hijo —. Por demasiadas emociones has pasado ya. Es hora de que descanses.

  • Eva — le dijo Ariel. Esta la miró, interrogante —. ¿Te importa si os acompaño? Por hoy. Soy su protectora y…

  • Y te gustaría asegurarte de que esté a salvo —. Entendió Eva. Suspiró —. Bueno, hoy lo has mantenido a salvo bastante bien y te lo agradezco. Así que, si quieres, puedes quedarte en casa por esta noche.

Ariel le sonrió agradecida.

  • Yo me quedaré en la iglesia esta noche — informó Miguel —. Me gustaría investigar más a fondo este asunto.

  • Como gustes — estaba claro que a Eva no le hacía mucha gracia la decisión de Miguel, pero se aguantó.

  • Hay una cosa más que deberías saber, Jesús — dijo Miguel muy serio.

  • ¿El qué?

Eva y Miguel se miraron. Jesús no comprendía nada.

  • ¿Seguro que es buena idea que lo sepa ahora? — quiso saber Eva, insegura —. Tal vez sea mejor contárselo más adelante.

  • Yo quiero saberlo ahora — se quejó Jesús, aunque realmente no estaba seguro de si realmente quería. Pero la intriga lo estaba matando.

Eva suspiró de nuevo.

  • Tu madre y yo no estamos realmente juntos — soltó Miguel.

Jesús parpadeó.

  • ¿Cómo que no…? No comprendo.

Jesús no estaba encajando bien el golpe. Sentía que le faltaba el aire, como si alguien le hubiera soltado de pronto una patada en el estómago.

  • Está prohibido que un ángel y un humano sean pareja — explicó apenada Eva.

  • ¿Prohibido? ¿Porqué? — quiso saber él.

  • Ya ha habido antecedentes antes — explicó Miguel —. Humanos y ángeles que salieron juntos. Se enamoraron y todo iba bien, hasta que tuvieron hijos. La unión entre ángel y humano es conocida como Nefilim.

Tras un instante, Miguel siguió hablando:

  • Al principio parecía que los Nefilim eran inocuos, pero con el tiempo, se descubrió que eran muy peligrosos. Albergaban mayor poder que un ángel convencional, y el hecho de estar atrapados entre dos mundos los volvieron eventualmente locos. Llegando incluso a atentar al mismísimo Cielo.

Aquello horrorizó a Jesús, quien tenía los ojos muy abiertos y la boca entre abierta.

  • ¿Entonces, vuestra relación…?

  • Una mentira — dijo con tristeza Eva —. Lo siento mucho Jesús. Pero teníamos que mantener una treta para mantener a raya a los demonios. Fingir que éramos pareja impedía levantar sospechas sobre quiénes éramos en realidad, ya que, si los demonios hubieran sospechado algo, aunque fuera mínimo, podríamos estar muertos.

Ariel miró a su protegido con infinita tristeza.

  • Pero siempre serás mi hijastro — le dijo Miguel —. Que tu madre y yo no tengamos una relación romántica no significa que no me considere tu padre.

Jesús lo miró con ojos apagados, aunque le agradeció el gesto. Eva añadió:

  • Además, el reino de los ángeles no está hecho para los humanos. Ellos son longevos. Vivirán para siempre a menos que los maten. Nosotros moriremos e iremos al Cielo.

Muy seriamente, Miguel le advirtió de una última cosa a su hijastro:

  • Nunca te enamores de un ángel, Jesús. Por tu bien. Lo pasarás muy mal.

Pero la advertencia llegaba ya tarde.


Continuará...

viernes, 11 de agosto de 2023

LA GRITONA

 

Galway, Irlanda, año 1727.


Era una noche tormentosa y lluviosa. Las gotas de agua caían con furia sobre la ventana del dormitorio de Rowan. Rowan era un hombre joven, de veinte años, con el cabello pelirrojo largo, el cual tenía recogido en una coleta. Después de una noche de borrachera, se hallaba acostado sobre la cama, con un pantalón de lino marrón y una camisa blanca manchada de vino. El aliento aún le olía a alcohol cuando un grito horripilante lo sobresaltó.

No era un grito usual. No era el tipo de grito que Rowan calificara como niños jugando, o una mujer siendo agredida. No, más bien, era una especie de grito de angustia, mezclado con advertencia y furia. Era un grito que, sin lugar a dudas, jamás había oído en nadie.

Durante un momento, todos sus sentidos se despertaron al mismo tiempo, el estado de embriaguez se esfumó por completo y su corazón latió con violencia mientras un atontado Rowan buscaba en la oscuridad de su habitación de donde provenía el grito.

Agarró de la mesita situada a su derecha una cerilla y con ella encendió la vela situada en su mesita también. Una pequeña llamada rojiza iluminó tenuemente la habitación, permitiendo que los ojos azules de Rowan escrutaran mejor el lugar.

Durante unos minutos, solo el silencio lo envolvió. Luego, volvió a escuchar el estridente sonido de las gotas de lluvia y los rayos y truenos que traía la tormenta.

Rowan tragó saliva y se dispuso a dormir otra vez, aunque no estaba seguro de poder hacerlo. Seguramente, se dijo, solo había sido una pesadilla muy vivida.

Pero el grito volvió a surgir. Esta vez, mucho más cerca, casi como si le hubieran gritado en la oreja. Un grito mucho más furioso, más furioso que triste. Rowan pegó un bote y casi se cayó del catre. Volvió a respirar, angustiado. Al no haber apagado la vela, pudo observar nuevamente la habitación. Pero no había nada. Ni nadie.

¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba perdiendo la cabeza?

No lo sabía, y quizás fuera así mejor. Optó por tratar de dormir otra vez, aunque sabía que no le sería ya posible. Ese grito había sido real, lo sabía.

Y había sonado en su cuarto.

Todo su cuerpo temblaba con violencia, pero sus piernas se negaban a dar un solo paso. Durante un minuto, solo escuchó la lluvia, pero luego comenzó a oír un lamento. Era un sollozo. Era el llanto de una mujer. Un llanto desolador. Era horrible. Rowan se preguntó qué le pasaría. Sonaba como si hubiera perdido un familiar. Parecía el llanto de una mujer adulta. ¿Quizás murió una amiga? ¿Sus padres? No lo sabía. Pero lo que sí sabía es que ese llanto venía del tejado. De SU tejado.

Eso le dio fuerzas para incorporarse. Notaba la vejiga llena, pero en esas condiciones no podía hacer sus necesidades. Le temblaba todo el cuerpo y cada paso le costaba un horror. ¿Qué estaba pasando esa noche? ¿Era acaso un castigo de Dios por haberse embriagado tanto, cuando prometió a su prometida dejarlo? Rowan siempre había sido muy devoto. Nunca le había mentido o tratado de engañar al Señor. Pero si había tenido un momento de debilidad y había fallado a su prometida. Se prometió a si mismo que se lo confesaría al día siguiente. A lo mejor, pensó con horror, era ella quien lloraba desolada, porque había descubierto su embriaguez. Pero eso no tenía sentido, reflexionó después. Ella y él no se habían visto desde hacía dos días y ella estaba de viaje a Dublín para ver a su primo. No tenía sentido.

Abrió, con manos temblorosas, las ventanas. El agua lo golpeó con violencia en la cara, como echándole en cara su pecado. Rowan parpadeó, pero al asomarse a la ventana, no vio a nadie en el tejado. Quizás estuviera más arriba, pensó. Pero desde luego, no tenía pensamiento de subir. De pronto se percató de que el llanto había cesado. Sintió alivio para sus adentros. Se dispuso a cerrar la ventana y así hizo. Pero cuando se dio la vuelta, la vio.

El terror lo invadió y lo dejó mudo. No pudo articular palabra.

Era una mujer joven, preciosa. Llevaba una capa gris por encima y debajo un precioso vestido azul. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su cabello era castaño y le caía en cascada por los hombros. Su rostro era pálido, pero levemente enrojecido a causa del llanto. Era ella sin duda, la mujer que lloraba.

Antes de que Rowan pudiera articular palabra, la mujer gritó. Rowan trastabilló hacia atrás, cayendo hacia la ventana cerrada. Atravesó el cristal, clavándose algunos en la espalda y tropezó con el alfeizar. Pronto notó la caída libre, el viento azotarle la cara, la lluvia bañarle el rostro. Luego su cuerpo se estrelló contra los adoquines de la calle y Rowan murió.


A la mañana siguiente, su prometida, que había regresado de Dublín, se encontró a Rowan muerto. Se dictaminó que su muerte fue un accidente, inducido por la embriaguez y el caso se archivó.

Pero Arlene, su prometida, supo que no era así. Si, supo que su prometido había tenido un desliz con el alcohol, pero lo que él nunca supo, es que ella era una investigadora de mitos. Y sabía el modus operandi de las llamadas Banshees. Las llamadas hadas irlandesas. Sabía que algunas eran malvadas e inducían a la muerte a gente antes de que llegara su hora, en lugar de simplemente anunciarlas. Los restos de azufre se lo confirmaron.

En ese momento, Arlene tomó una decisión:

Iba a vengarse de esa Banshee.