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lunes, 25 de diciembre de 2023

LA CHICA DEL BAÑO

 

¿Eres fan de la mitología japonesa? Si así es, quizá hayas oído hablar de la niña del baño. Si no, bueno, ahora voy a relatar de qué va esta leyenda. La trama que contaré obviamente es falsa. Pero ¿el mito será cierto? Quién sabe. Comprobarlo es bastante fácil. Aunque demostrarlo quizá no tanto.

Todo empezó una tarde de Viernes en un pueblo cualquiera de Japón. No, no vamos a poner Tokio, demasiado visto ya. La protagonista de esta historia, es una joven de doce años de edad con el cabello negro corto. Se llamaba Sonoko.

Sonoko había salido a hacer unos recados a su madre, cuando de repente le entraron ganas de ir al baño. Su instituto estaba cerca así que fue allí.

El instituto estaba prácticamente vacío y aquello la amedrentó un poco. De no ser por las ganas de orinar, se habría marchado enseguida. El servicio de las chicas, lejos de estar impoluto, estaba muy sucio. Polvo, papeles y pañuelos por el suelo, el espejo manchado... casi nada estaba limpio por la de gente que entraba y salía.

— Esto está hecho un asco — dijo la niña indignada.

Apenas sí podía ver su rostro en el espejo: ojos castaños, cabello negro corto. Vestía un vestido azul, su favorito.

De pronto, escuchó un ruido procedente del cuarto cubículo. Aquello la paralizó por un segundo. Luego tragó saliva y se dijo que no podía ser.

— ¿Qui... quien... anda ahí?

Preguntó tímidamente. No hubo respuesta. Trató de calmar su acelerado corazón. Posiblemente solo había sido el viento. La ventana del baño estaba entre abierta. Sin saber muy bien porqué, se dirigió hacia la cuarta puerta. Estaba muerta de miedo, pero su curiosidad era mayor.

La curiosidad mató al gato se recordó la niña. Una vocecita interior luchó contra la razón: Pero el gato murió sabiendo. No se lo pensó más y abrió la puerta.

Y allí estaba ella. Bajita, cabello corto negro. Sus ojos la miraron con un odio ancestral, de hace siglos. La niña, la que miraba a Sonoko, se incorporó lentamente. Llevaba falda roja y la camiseta blanca estaba manchada de sangre. Sus manos parecían garras y estaba llena de heridas. La sola contemplación de la niña dejó petrificada a Sonoko. Ni siquiera podía temblar, del terror que sentía.

Así que es real pensó Sonoko. Hanako San... existe.

Dos profesores estaban conversando cuando escucharon un grito. El grito de Sonoko. Cuando acudieron allí, era demasiado tarde. La encontraron petrificada en el suelo, viva. Sin signos de heridas, ni nada. Solo había un mensaje escrito en sangre que se borró a los pocos segundos:


MI NOMBRE ES HANAKO SAN. Y HAS IRRUMPIDO MI PRIVACIDAD.

Sonoko fue a psicólogos y a todos les contó lo mismo: que había visto a Hanako san. Pero no lo contaría hasta tres años después, cuando empezó a hablar, ya que su visión la dejó tan trastocada que no pudo hablar por todo ese tiempo. Los médicos achacaron que su imaginación le jugó malas pasadas y finalmente Sonoko tuvo que fingir que "se había sanado" para que no la tomaran por loca y encerraran en un manicomio. Pero ella sabía la verdad. Y nunca jamás, volvió a pisar un baño ajeno. Al menos, sola.


EXPLICACIONES SOBRE EL MITO

El mito de Hanako existe desde los años ochenta u cincuenta. Hay varias versiones de como este fantasma empezó a existir. Algunos dicen que su padre era abusivo y la mató. Otros, que una bomba enemiga la mató. Sea cual fuere la versión, la cosa es que suele encontrarse tras el tercer o cuarto cubículo del baño de chicas o de alguno sucio. En Japón se aprovecha esta leyenda para que los niños mantengan limpios los baños.

domingo, 26 de noviembre de 2023

CRÓNICAS ELEMENTALES 1: PRÓLOGO

Antes de empezar el relato, me llena de alegría informarles de que ya está a la venta en formato físico mi novela Crónicas Elementales 😊.

Esta fue de las primeras historias que inventé, desde que era pequeño y ha ido creciendo conforme yo lo hacía. Inicialmente era una historia de terror, pero fue evolucionando hasta convertirse en una fantasía épica con tintes de fantasía urbana. En un mundo totalmente ficticio, que mezcla nombres ya existentes y otros inventados. Espero que este pequeño relato os enganche y os apetezca darle la oportunidad a este humilde escritor indie, que apenas empieza a dar sus primeros pasos en este mundillo. Si bien el libro está correctamente configurado, aún puede notarse ligeramente diferente a los libros fisicos ya acostumbrados. Esto es lógico, teniendo en cuenta que aún soy novato en este formato y es el propio Amazón el que se encarga de todo el proceso. 

Por supuesto, iré mejorando con el tiempo hasta que poco a poco pueda ofreceros un formato físico que sea igual o superior al de una editorial, al punto que resulten indistinguibles. Pero por ahora, no soy más que un bebé en esta etapa escritoril. Siento la chapa, me pongo a escribir y no paro...

Disfrutad de la historia y os animo a comentar lo que os ha parecido, siempre desde el respeto y con críticas constructivas. También os animo a compartirlo en vuestras redes sociales, para que llegue a más gente. Y sin más, vamos allá...


Lily se hallaba leyendo tranquilamente tumbada en la cama de su habitación, cuando de repente escuchó un estruendo. El libro se le cayó de las manos; la tierra entera tembló, ocasionando que algunos libros, lápices y objetos de diferentes tipos y tamaños se cayeran de su lugar. Preocupada por lo que pudiera haber sucedido, Lily se acercó a la ventana, solo para quedar horrorizada por lo que vio a continuación:

La ciudad donde estaba situada su casa se encontraba en llamas. Varias casas y árboles de un bosque cercano que los rodeaba estaban en llamas. Y por si aquello no fuera suficiente, afuera se escuchaban lamentos y rugidos. Lily intuía de qué se trataba, pero se negaba a aceptarlo. Necesitaba verlo por sí misma sin importar cuán peligroso fuera.

Se calzó unos leggins, una camiseta de tirantes y unos botines blancos y salió disparada. Lily tenía catorce años; el cabello castaño recogido en una coleta. Sus ojos eran negros como la noche, temibles cuando se enfadaba. Medía 1’63 y su rostro era angelical. Si bien en aquellos momentos estaba asustada, la curiosidad podía más. Además, no iba indefensa. Sabía buenos hechizos aprendidos en la Torre de Hechicería Avidense. Aquella torre era el único lugar en toda Alavir al que los magos podían acceder para aprender sus hechizos a menos que algún mago o brujo les enseñara por su cuenta. Si bien pudieran parecer que mago y brujo eran lo mismo, estos en realidad no eran una forma más que de diferenciar grados. En el nivel más básico estaban los magos: seres humanos con capacidades mágicas básicas: atacar, defender, curar. Luego se encontraban los Hechiceros, que podían crear complejos hechizos y por último estaban los brujos: Estos eran capaces de crear complejas redes de hechizos que ningún mago o hechicero podía realizar, como el arte de revivir a los muertos o crear vida, siendo estos dos casos muy extremos. A menudo se usaba mago como sinónimo de todo.

Lily llevaba un año en la escuela y en otro año podría acceder al título de hechicera. Y tras unos pocos años más, al de bruja.

Afuera imperaba la noche oscura sin estrellas; solo iluminada por las llamas. El caos era peor de lo que había imaginado. Lo primero que vio para su mala suerte fue como un hombre era masacrado por una extraña bestia que ella jamás había visto. Era grande, de al menos dos metros del alto, de piel totalmente negra y robusta rodeada de pinchos gruesos que tenían la habilidad de estirarse y atravesar enemigos por lo que vio Lily. El ser rugió mostrando unos dientes afilados como cuchillos y ojos rojos que se fijaron inmediatamente en ella. Paralizada de terror, Lily no supo qué hacer. Afortunadamente para ella cuatro guerreros se interpusieron de inmediato ante la criatura portando lanzas y espadas. Lily no quería saber cómo acababa aquello, así que corrió y se dispuso a investigar cómo se encontraba el lugar. Mirara donde mirara todo estaba lleno de criaturas extrañas. Vio unos seres encapuchados de piel grisácea. Todo aquel que se acercó a ellos murieron. Lily, siendo joven maga, sintió una magia muy oscura en el interior de aquellos seres y decidió que no quería toparse con ninguno. Vio a otro ser más lejos tocando a un hechicero, que se desplomó inerte. Lily tragó saliva y siguió corriendo. No iba ciega: sabía lo que buscaba: a sus padres. Por lo que sabía, aquella noche debían encontrarse en el consejo de Luxbe, la ciudad de la luz, donde ella se encontraba ahora mismo. Allí se reunía el consejo, el cual lo formaban la reina Isabel, gobernanta absoluta de Alavir, junto a otros guerreros y brujos de rango alto. Si hoy se había reunido el consejo y se estaba ocasionando aquella batalla, no podía ser mera coincidencia pensaba Lily. Estaba indudablemente relacionado y aquello implicaba nada bueno. Siguió corriendo mientras veía a algunos magos y guerreros destruir sombras, zombis e inclusive vampiros. Había escuchado hablar de aquellas criaturas en clase, pero desconocía quienes serían los tipos grises o aquellas bestias con pinchos. Pero de una cosa estaba convencida: todos esos seres provenían del Inframundo.

El Inframundo era el submundo, adonde iban las almas muertas y estaba divida en dos zonas: el Hades y Elíseo. Al primero iban los que cometían maldades y al segundo los que habían sido en su mayor parte buenos. Los que se arrepentían de corazón solían tener una reencarnación para tener una segunda oportunidad, aunque decían que sus vidas eran más cortas que antaño. Y el Hades tenía no solo criminales, sino también monstruos. Eran el hogar natural de los vampiros, los licántropos, los zombis, las brujas de cuento (abreviadas simplemente brujas, ya que tenían el aspecto de las brujas típicas de cuentos de hadas) así como otras criaturas como bestias de sombras (criaturas hechas de oscuridad) y Si’loc (seres similares a cucarachas que iban a pie como los humanos). Si esas criaturas estaban en Luxbe significaba que un mago negro muy poderoso acababa de liberarlas.

Los magos negros se desprendían totalmente de grados. Mago, hechicero o brujo negro significaba todo lo mismo. Los había más poderosos y más débiles, pero todos tenían en común lo obvio: usaban magia oscura. Exclusivamente.

Lily escuchó entonces a un niño gritar. Se detuvo y miró en dirección al grito, hacia su derecha. Sobre una fuente se hallaba tirado un chico de cabello negro vestido con cota de malla. Se encontraba temblando, con la espada lejos de su alcance.

Pobrecillo, seguro que intentó ayudar y se murió de miedo se apiadó Lily. No sabía la edad del joven, ya que no podía verle la cara debido a que estaba agazapado, pero lo que sí tenía claro era al atacante del muchacho: una bestia de sombras.

Las bestias de sombras eran pura oscuridad, con dientes afilados como cuchillos y garras oscuras. Eran en extremo poderosos al usar pura energía oscura, pero tenían una debilidad mortal: no podían sobrevivir a la luz. Un hechizo simple de luz los exterminaba. Corrió hacia el chico rápidamente. Se interpuso entre él y la bestia, que rugió amenazante. Aunque aterrorizada, Lily hizo acopio de su poder, exclamó unas palabras apuntando con ambas manos hacia el ser y un haz de luz destelló de la palma de sus manos. La criatura rugió de dolor antes de desintegrarse por completo. Lily se sintió un poco cansada. Usar magia utilizaba energía del cuerpo, pues la magia era en sí misma energía que algunos humanos tenían el don de poder manipular. Lily se volvió al chico y le preguntó:

  • ¿Estás bien?

El muchacho se incorporó y Lily quedó impresionada cuando vio de quien se trataba. Cabello negro, ojos azules… rostro ovalado. No cabía duda alguna, se trataba ni más ni menos de Jorge, el hijo de la reina Isabel. Tenía fama en el reino de ser un cobarde, pero tenían la esperanza de que se le pasase. Sin embargo, tenía dieciséis años y Lily dudaba de que fuera a cambiar.

  • Gracias por salvarme señorita — le dijo Jorge —. De no ser por usted yo ahora estaría muerto.

Ella necesitó un momento para deshacerse de la impresión y contestar:

  • No es nada… Príncipe ¿qué hace fuera? Corre peligro ¿Y sus guardas?

  • La bestia los asesinó. Estaba preocupado por mi madre y ordené que me escoltaran al consejo.

  • Lamento la pérdida de sus guardas… Yo voy para el consejo. Puedo protegerle.

Lily habló con seguridad, pero en realidad se sentía muy insegura. Pero no podía dejar al príncipe a su suerte y de todas formas tanto él como ella iban al mismo lugar y no estaban ya muy lejos.

  • Está bien, vamos.

Y juntos se dirigieron hacia el consejo. Esquivaron sombras, muertos vivientes y demás seres hasta finalmente llegar al consejo. Este se encontraba en un enorme edificio de aspecto griego similar al Partenón. A ese edifico se le llamaba Panteón debido a que se construyó en honor a todas las diosas que crearon el reino Alavir. Eran un total de seis, las cuales tenían un hermano malvado llamado Hades, quien era el que regentaba el Inframundo. En el pasado, al inicio del mundo las diosas crearon Alavir. Celoso, Hades creó el Inframundo y a sus monstruos y los liberó por todo el mundo provocando el caos. Como castigo, las diosas desterraron a sus criaturas y al mismo dios al Inframundo y colocaron pesadas cadenas para que él jamás escapase.

Pero si ahora un mago había roto esas cadenas…

La entrada al Panteón no fue sencilla. Tuvieron que esquivar de muy cerca criaturas encapuchadas de manos grisáceas y otras muy similares de manos negruzcas, como quemadas, a la vez que subían escalones hacia la entrada. Cuando finalmente llegaron a la entrada, vieron que las puertas habían saltado por los aires. Se encontraban en el suelo, rotas en pedazos. El interior, antaño bonito, era ahora feo y sucio.

El pavimento blanco era ahora gris y negro cubierto de sangre y motas de polvo. Los cristales que tenían a las diosas pintadas estaban rotos y la araña del techo pendía de un hilo. El lugar estaba lleno de muertos y solo tres personas quedaban con vida. La primera una mujer vestida con cota de malla, portando una espada con protección para la mano. Su cabello era negro y sus ojos, grises. Su mirada dura. El segundo un hombre de aproximadamente la misma edad que la mujer, con barba blanca recortada, calvo y ojos negros como los de Lily. Vestía armadura y portaba una espada en ambas manos. Y por último un joven con aspecto de lobo. Tendría unos veinte años más o menos y el cabello negro y largo. Su rostro era feroz y sus dedos parecían garras. Se trataban de Isabel, Fran y Licántropo. Fran era el padre de Lily. A Licántropo Lily lo conocía de vista. Lo único que sabía de él es que era un poderoso brujo. Los tres combatían contra un ser que parecía humano, pero Lily sabía que no lo era. Medía al menos tres metros de alto, su cabello corto era cobrizo y sus ojos, negros. Su expresión era dura e impasible. Su vestimenta totalmente negra. A Lily le llamó la atención uno de los cuerpos que estaban cerca de aquel desconocido. Era un cuerpo familiar para Lily y cuando lo reconoció, se derrumbó toda. Todas las fuerzas la abandonaron y un débil “no” salió de sus labios al tiempo que caía de rodillas al suelo. Jorge se inclinó sobre ella preguntándole que le sucedía, pero su voz le sonaba muy lejana. Porque el cuerpo que estaba ante ella era el de su madre, Eva. Tragando saliva y forzándose a no derramar lágrimas, se incorporó ignorando por completo al príncipe de Alavir y fue hacia su madre, quien se encontraba tendida sobre el suelo, inerte. Su expresión era puro terror. Eso significaba que había muerto con miedo. Aparte de algunas heridas leves, no había marca de herida mortal.

¿Cómo la mataron? ¿Fue ese tipo? Lily miró al monstruo que tenía delante. La ira empezaba a bullirle, pero era consciente de que no podía culpar a aquel ser sin pruebas. Pero sí que descargaría su ira contra él. Eso sí. Furiosa, gritó y se abalanzó sobre el desconocido descargando con sus manos un gran haz de luz obligando a Isabel, Licántropo y su padre a apartarse.

  • ¿Hija? — preguntó sorprendido Fran.

La reina puso una mueca de asombro, pero no dijo nada. Licántropo se mantuvo impasible. Lily atacó sin cesar a la criatura, pero no le hizo nada, para asombro de Lily. La furia dio paso al miedo.

  • No… como…

Antes de que pudiera hacer nada el desconocido le propinó una patada que la envió a la pared con la cual chocó violentamente. Quedó tumbada en el suelo muy malherida. Aquel desconocido la había golpeado con una fuerza inusual, lo que confirmaba que no era humano en absoluto. Aparte parecía tener una resistencia inusual a la luz. Notaba la impresionante energía oscura en aquel ser, mayor que la de los seres grisáceos. Como norma general, los monstruos eran débiles a la luz, pero había otros, como ese, que eran excepcionalmente resistentes.

  • ¡Conmigo! — ordenó la reina.

Licántropo y Fran asintieron y rápidamente rodearon al desconocido. Entonces, Licántropo e Isabel lanzaron un potente chorro de luz que cegó al enemigo, permitiendo a Fran acercarse a él y atravesar su corazón. El ser soltó un grito inhumano al tiempo que humo oscuro salía de sus orejas y boca. Cuando desapareció la oscuridad, el cuerpo estalló.

Aquello fue lo último que vio Lily antes de que su visión desapareciera.



La reina se acercó a su hijo. La expresión de ella era furiosa.

  • ¿¡Cómo te atreves a desobedecerme!?

Acto seguido le dio una colleja.

  • ¡Auch! — se quejó Jorge.

  • Ni auch, ni aoch. Suerte tienes que no sea más que una colleja. ¡Podrían haberte matado!

  • Pero… quería asegurarme de que estabas bien…

La reina suspiró de impaciencia y abrazó a su hijo, para sorpresa de este.

  • Eres igual que tu padre.

  • ¿Qué está sucediendo? — preguntó Jorge.

  • No lo sabemos. Estábamos en la reunión cuando de repente ese monstruo entró junto con otros monstruos y masacraron a los demás.

Antes de que pudiera Jorge decir nada, algo estalló afuera y todos corrieron a mirar menos Fran, que fue a recoger a su hija. La alzó en brazos y salió afuera con los demás. Al salir, la reina quedó petrificada. En el cielo, unos rayos habían aparecido y tronaban con fuerza. Y en el centro de estos, elevado en el aire, se encontraba un hombre de unos treinta años; cabello castaño corto vestido con túnica morada. Aquella túnica implicaba sin lugar a dudas su rango como brujo supremo. Isabel supo, antes de que aquel brujo abriera la boca, que era el culpable de todo cuanto estaba sucediendo.

  • Mi nombre es Zodiac— se presentó —. Y juro por el dios oscuro que Alavir va a ser mío.


miércoles, 19 de abril de 2023

ÁNGEL GUARDIÁN 1. PRÓLOGO: LA MASACRE

El grito de la mujer era desgarrador. Todo el hospital la escuchó. Parecía que la estuvieran asesinando o peor aún, torturando de la peor forma posible. En la cafetería, la pareja de la mujer la escuchó y se revolvió, inquieto. El hombre era alto, delgado, con el cabello castaño corto y ojos color esperanza. David tenía veinticinco años. Sus finos labios formaron una línea tensa. Todo él era tenso. Parecía a punto de estallar. El hombre que estaba a su lado, le dijo con voz grave:

— Tranquilo David. Eva estará bien.

El hombre en cuestión era alto, mediría al menos metro ochenta o cerca; de piel oscura y cabello corto negro. Sus ojos eran azules. Vestía vaqueros azules, zapatos negros y camisa blanca. Tendría unos treinta y pocos años de edad.

David respondió, nervioso:

— ¿Cómo puedes decirme que estará bien, Miguel? ¿Después de lo que nos has contado y lo que ha ocurrido?

Miguel entonces apartó a David bruscamente y de la nada sacó una espada. La hoja era recta y rezumaba un fuego blancuzco. David escuchó un chillido horripilante y pudo ver al hombre asestar un golpe contra lo que parecía ser una mujer. Sin embargo, cuando se acercó, se percató de que no era realmente una mujer: era un monstruo. Si bien tenía el traje de enfermera, este estaba raído y bañado en sangre. Además, sus manos ya no era tales, sino que eran garras. Finas y peligrosas. Su piel se había ennegrecido y adquirido un tono grisáceo quemado. Para más inri, sus ojos ya no estaban. En su lugar solo había dos cuencas vacías. Sus dientes eran afilados y finos como espadas. Sus piernas eran similares a los brazos; tenían garras también.

David sintió una mezcla de repulsión y terror.

— Esta es la amenaza de la que hablabas — comprendió David. — Demonios.

Miguel asintió.

— Y eso significa que Eva está en peligro.

— Démonos prisa — apremió él.

— Necesitarás esto — el hombre le tendió una espada, aunque esta no rezumaba fuego blanco.

— Gracias.

David la asió con firmeza. La hoja era idéntica a la de Miguel, salvo por el hecho de que esta no rezumaba fuego. Ambos echaron a correr en pos de Eva. Gracias a las ventanas del pasillo que ambos recorrían, David pudo ver que afuera la noche imperaba. Para colmo, las luces se habían fundido y solo estaban disponibles las de emergencias, dando al lugar un aspecto propio de una película de terror.

Manchas de sangre cubrían el pavimento blanco. Algunos pacientes y doctores del lugar estaban en el suelo, inertes, así como celadores y personal administrativo.

Esto es una masacre pensó David con desazón.

Dos Enfermeras Demonio le salieron al paso, pero David no se dejó achantar y de un tajo les cercenó la garganta a ambas. Sangre oscura brotó a borbotones de sus gargantas. David siguió corriendo sin parar mientras los cuerpos de ambos demonios caían por su propio peso. Miguel lo seguía detrás. Mientras que David ya estaba respirando agitado por la carrera, su acompañante no parecía estar igual de agotado como él. Finalmente llegaron a la habitación de Eva. Estaba a mitad del pasillo, por eso David podía escuchar sus gritos. Con la aparición de los demonios, David no había caído en que los gritos habían cesado. Y eso solo podía significar dos cosas. Y una de ellas lo aterraba sobremanera. Cuando entró, escuchó los llantos del bebé. Por un instante se tranquilizó, pero pronto se puso alerta de nuevo. Porque al lado de su pareja y del bebé recién nacido, había dos Enfermeras Demonio. Y a los pies de estas, tres enfermeras, dos matronas y una mujer (la encargada de protegerla), en el suelo muertas. Sangre fresca bañaba el suelo. Aquello parecía una obra creada por el propio Lucifer.

Miguel gritó unas palabras y extendió la mano derecha. Un haz de luz inundó la estancia, cegando a David. Para cuando David abrió de nuevo los ojos, las enfermeras se habían desintegrado. Entonces, sin perder un instante, se acercó a Eva y al bebé.

Eva tenía el cabello negro y los ojos azules. Respiraba con dificultad, pero asía con firmeza al pequeño en sus brazos. Le bastó con una mirada para comprobar que era un niño. David acarició a su mujer y le dio un suave beso en la frente. Luego acarició al bebé y lo besó en el mismo lugar.

— ¿Estás bien? — quiso asegurarse David.

Eva asintió y luego dijo:

— Vamos a tener que ponerle nombre, ¿no crees?

— Ya lo pensaréis luego — apremió Miguel. La pareja lo miró —. Este lugar está infestado. Dudo que pueda volver a ser el lugar que era. Hay que marcharse. Ahora.

La pareja no rechistó. A ninguno le hacía gracia poner la vida de su hijo recién nacido en un hospital repleto de demonios. Así que, con cuidado, Miguel y David ayudaron a Eva a incorporarse y juntos emprendieron el camino hacia la salida. El bebé había nacido por cesárea, pero ya habían cosido a Eva, quien se movía con dificultad. El bebé había dejado de llorar y David lo agradeció. Lo último que deseaba era llamar la atención de más demonios.

— Tranquilidad — dijo David, aunque no estaba seguro de a quién se dirigía exactamente, si a su familia o a él mismo. Quizá fuera ambas cosas —. Solo debemos coger el ascensor y...

— No hay electricidad — le recordó el hombre —. los demonios han hecho suyo este lugar.

— Genial — dijo Eva, sarcástica.

Salieron por una salida de emergencia que daba a las escaleras. Se hallaban en la primera planta, de modo que solo debían bajar a la planta baja para salir del hospital. Parecía sencillo; rápido, pero David sabía bien que no lo era.

Estaban bajando los escalones cuando de repente apareció una enfermera más. De un tajo, el hombre la mató y continuaron su camino. Pero no dieron ni dos pasos cuando dos enfermeras más, una adelante y otra atrás, hicieron acto de presencia.

¿Cómo aparecen tan rápido? ¿Dónde se ocultan?

David iba a atacar a la que tenía delante, pero esta detuvo su estocada, le arrancó la espada de las manos y la tiró al suelo. La espada chocó contra el suelo con un repiqueteo metálico.

Mierda pensó David. Sin su arma, estaba ahora indefenso.

Escuchó atrás suyo el grito de la enfermera que atacaba a su acompañante y vio de refilón un haz de luz. Aquello provocó que la enfermera que atacaba a David saliera huyeron dando un salto hacia atrás que se asemejaba al salto de una bailarina de ballet. Había cierto estilo en el movimiento de aquellos demonios, se dijo David.

Este aprovechó entonces para recoger la espada y se volvió hacia su familia y Miguel.

— Cada vez nos atacan más seguido — observó David —.

— Están desesperados — fue la respuesta de Miguel.

David asintió y volviendo a tomar la mano de su pareja, los tres terminaron de bajar a la planta baja.

Aquello era un hervidero.

En cuanto bajaron, fueron testigos de cómo la sala estaba infestada de Enfermeras Demonio. David las contó, pero no había terminado cuando todas se abalanzaron sobre ellos. Serían al menos quince, pero David pensó que fácilmente podían duplicar esa cantidad.

— Maldita sea, son demasiados — dijo David.

Pero Miguel nuevamente extendió la mano, gritó unas palabras y todas las enfermeras murieron, tras un haz de luz.

Pero la historia no había terminado.

Escucharon más chillidos agónicos y en cuanto se dieron la vuelta, se percataron de que otro grupo de al menos ocho enfermeras se abalanzaban sobre ellos. Nuevamente el hombre las destruyó con la luz. Y entonces David vio lo que antes no: Miguel empezaba a sudar.

— Estás abusando demasiado de tu poder — dedujo David.

El hombre lo miró y respondió:

— Intentan agotarme. Saben que soy lo único que se interpone entre vosotros y el bebé.

— Entonces hay que salir de aquí ya — decidió Eva.

Todos asintieron y corrieron. La sala había tenido sofás momentos antes, pero la luz de Miguel las había desintegrado. El lugar en sí estaba vacío, con tan solo el mostrador de la derecha y las puertas de las consultas a la izquierda. Recorrieron la sala a toda velocidad. Ya veían las puertas, que eran automáticas. Sin embargo, estas no se abrieron cuando llegaron.

— Al cortar la electricidad, han cortado también la apertura de la puerta — comprendió Miguel.

— Hay que romperla — decidió David.

Con un golpe de su espada, rompió los cristales, que cayeron adentro del hospital. Eva se alejó para que ni ella ni el bebé resultaran heridos. Por desgracia, el ruido alertó al resto de Enfermeras Demonio. Escucharon gritos horripilantes y se dieron la vuelta. Y lo que vieron no les gustó.

David no sabía cuántas de esas cosas había, pero de una cosa estaba seguro: eran demasiadas. El hombre extendió una vez más la mano, pero se lo notaba cansado.

— Son demasiados, podrías morir — le advirtió David.

— No hay elección — replicó él.

— Siempre la hay — rebatió David mirando hacia la calle.

— Esas cosas nos seguirán más allá del hospital si es necesario — le informó Miguel —. Nunca estaréis a salvo si no acabo con todas las criaturas de aquí.

Las Enfermeras Demonio estaban casi encima. Y David sabía que Miguel tenía razón. No importaba cuanto corrieran. Eran demasiadas para esconderse. Los encontrarían tarde o temprano. Con un suspiro de resignación, dijo:

— Huid.

Eva creyó no haber escuchado bien.

— ¿Cómo? — preguntó, estupefacta.

— ¡Rápido, ya vienen!

— ¿Estás seguro, David? — quiso saber Miguel.

David asintió, fingiendo estar convencido, pero lo cierto es que era todo lo contrario. Estaba aterrado. Sabía que le esperaba un destino terrible. No sabía cuánto tiempo más podría mantener aquella fachada de valor, pero sí sabía que, de no sacrificarse, todos morirían. Especialmente su bebé. Y eso no podía permitirlo.

— ¡NO DAVID! — Eva trató de acercarse, pero Miguel se interpuso. El bebé se puso a llorar al escuchar las voces.

Miguel miró a David y mientras agarraba a Eva en brazos, le dijo a David:

— Normalmente usaría el vuelo para llevaros. Pero usar esa habilidad puede ser peligroso. Sobre todo, si nunca la has experimentado antes.

David sabía lo que Miguel le quería decir: que el vuelo tenía riesgos que podían ser mortales. Sobre todo, para un bebé. Miguel también añadió:

— Esas criaturas te arrastrarán al Infierno. Pero te lo prometo: te rescataré. Iré personalmente. Tienes abiertas las puertas del cielo por esto, te lo aseguro.

La parte del infierno no le gustó a David, pero al menos le tranquilizó saber que sería temporal. Y le alegró saber que tendría una nueva vida después de esta. Una donde se reuniría con su hijo cuando este hubiera vivido su estancia en La Tierra.

Escuchó los gritos desconsolados de su pareja, el llanto de su bebé y los rugidos de las enfermeras.

Miguel y Eva salieron del hospital. David los observó por última vez con una sonrisa en el rostro, antes de ser avasallado por la avalancha de Enfermeras Demonio.


CONTINUARÁ...