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domingo, 26 de noviembre de 2023

CRÓNICAS ELEMENTALES 1: PRÓLOGO

Antes de empezar el relato, me llena de alegría informarles de que ya está a la venta en formato físico mi novela Crónicas Elementales 😊.

Esta fue de las primeras historias que inventé, desde que era pequeño y ha ido creciendo conforme yo lo hacía. Inicialmente era una historia de terror, pero fue evolucionando hasta convertirse en una fantasía épica con tintes de fantasía urbana. En un mundo totalmente ficticio, que mezcla nombres ya existentes y otros inventados. Espero que este pequeño relato os enganche y os apetezca darle la oportunidad a este humilde escritor indie, que apenas empieza a dar sus primeros pasos en este mundillo. Si bien el libro está correctamente configurado, aún puede notarse ligeramente diferente a los libros fisicos ya acostumbrados. Esto es lógico, teniendo en cuenta que aún soy novato en este formato y es el propio Amazón el que se encarga de todo el proceso. 

Por supuesto, iré mejorando con el tiempo hasta que poco a poco pueda ofreceros un formato físico que sea igual o superior al de una editorial, al punto que resulten indistinguibles. Pero por ahora, no soy más que un bebé en esta etapa escritoril. Siento la chapa, me pongo a escribir y no paro...

Disfrutad de la historia y os animo a comentar lo que os ha parecido, siempre desde el respeto y con críticas constructivas. También os animo a compartirlo en vuestras redes sociales, para que llegue a más gente. Y sin más, vamos allá...


Lily se hallaba leyendo tranquilamente tumbada en la cama de su habitación, cuando de repente escuchó un estruendo. El libro se le cayó de las manos; la tierra entera tembló, ocasionando que algunos libros, lápices y objetos de diferentes tipos y tamaños se cayeran de su lugar. Preocupada por lo que pudiera haber sucedido, Lily se acercó a la ventana, solo para quedar horrorizada por lo que vio a continuación:

La ciudad donde estaba situada su casa se encontraba en llamas. Varias casas y árboles de un bosque cercano que los rodeaba estaban en llamas. Y por si aquello no fuera suficiente, afuera se escuchaban lamentos y rugidos. Lily intuía de qué se trataba, pero se negaba a aceptarlo. Necesitaba verlo por sí misma sin importar cuán peligroso fuera.

Se calzó unos leggins, una camiseta de tirantes y unos botines blancos y salió disparada. Lily tenía catorce años; el cabello castaño recogido en una coleta. Sus ojos eran negros como la noche, temibles cuando se enfadaba. Medía 1’63 y su rostro era angelical. Si bien en aquellos momentos estaba asustada, la curiosidad podía más. Además, no iba indefensa. Sabía buenos hechizos aprendidos en la Torre de Hechicería Avidense. Aquella torre era el único lugar en toda Alavir al que los magos podían acceder para aprender sus hechizos a menos que algún mago o brujo les enseñara por su cuenta. Si bien pudieran parecer que mago y brujo eran lo mismo, estos en realidad no eran una forma más que de diferenciar grados. En el nivel más básico estaban los magos: seres humanos con capacidades mágicas básicas: atacar, defender, curar. Luego se encontraban los Hechiceros, que podían crear complejos hechizos y por último estaban los brujos: Estos eran capaces de crear complejas redes de hechizos que ningún mago o hechicero podía realizar, como el arte de revivir a los muertos o crear vida, siendo estos dos casos muy extremos. A menudo se usaba mago como sinónimo de todo.

Lily llevaba un año en la escuela y en otro año podría acceder al título de hechicera. Y tras unos pocos años más, al de bruja.

Afuera imperaba la noche oscura sin estrellas; solo iluminada por las llamas. El caos era peor de lo que había imaginado. Lo primero que vio para su mala suerte fue como un hombre era masacrado por una extraña bestia que ella jamás había visto. Era grande, de al menos dos metros del alto, de piel totalmente negra y robusta rodeada de pinchos gruesos que tenían la habilidad de estirarse y atravesar enemigos por lo que vio Lily. El ser rugió mostrando unos dientes afilados como cuchillos y ojos rojos que se fijaron inmediatamente en ella. Paralizada de terror, Lily no supo qué hacer. Afortunadamente para ella cuatro guerreros se interpusieron de inmediato ante la criatura portando lanzas y espadas. Lily no quería saber cómo acababa aquello, así que corrió y se dispuso a investigar cómo se encontraba el lugar. Mirara donde mirara todo estaba lleno de criaturas extrañas. Vio unos seres encapuchados de piel grisácea. Todo aquel que se acercó a ellos murieron. Lily, siendo joven maga, sintió una magia muy oscura en el interior de aquellos seres y decidió que no quería toparse con ninguno. Vio a otro ser más lejos tocando a un hechicero, que se desplomó inerte. Lily tragó saliva y siguió corriendo. No iba ciega: sabía lo que buscaba: a sus padres. Por lo que sabía, aquella noche debían encontrarse en el consejo de Luxbe, la ciudad de la luz, donde ella se encontraba ahora mismo. Allí se reunía el consejo, el cual lo formaban la reina Isabel, gobernanta absoluta de Alavir, junto a otros guerreros y brujos de rango alto. Si hoy se había reunido el consejo y se estaba ocasionando aquella batalla, no podía ser mera coincidencia pensaba Lily. Estaba indudablemente relacionado y aquello implicaba nada bueno. Siguió corriendo mientras veía a algunos magos y guerreros destruir sombras, zombis e inclusive vampiros. Había escuchado hablar de aquellas criaturas en clase, pero desconocía quienes serían los tipos grises o aquellas bestias con pinchos. Pero de una cosa estaba convencida: todos esos seres provenían del Inframundo.

El Inframundo era el submundo, adonde iban las almas muertas y estaba divida en dos zonas: el Hades y Elíseo. Al primero iban los que cometían maldades y al segundo los que habían sido en su mayor parte buenos. Los que se arrepentían de corazón solían tener una reencarnación para tener una segunda oportunidad, aunque decían que sus vidas eran más cortas que antaño. Y el Hades tenía no solo criminales, sino también monstruos. Eran el hogar natural de los vampiros, los licántropos, los zombis, las brujas de cuento (abreviadas simplemente brujas, ya que tenían el aspecto de las brujas típicas de cuentos de hadas) así como otras criaturas como bestias de sombras (criaturas hechas de oscuridad) y Si’loc (seres similares a cucarachas que iban a pie como los humanos). Si esas criaturas estaban en Luxbe significaba que un mago negro muy poderoso acababa de liberarlas.

Los magos negros se desprendían totalmente de grados. Mago, hechicero o brujo negro significaba todo lo mismo. Los había más poderosos y más débiles, pero todos tenían en común lo obvio: usaban magia oscura. Exclusivamente.

Lily escuchó entonces a un niño gritar. Se detuvo y miró en dirección al grito, hacia su derecha. Sobre una fuente se hallaba tirado un chico de cabello negro vestido con cota de malla. Se encontraba temblando, con la espada lejos de su alcance.

Pobrecillo, seguro que intentó ayudar y se murió de miedo se apiadó Lily. No sabía la edad del joven, ya que no podía verle la cara debido a que estaba agazapado, pero lo que sí tenía claro era al atacante del muchacho: una bestia de sombras.

Las bestias de sombras eran pura oscuridad, con dientes afilados como cuchillos y garras oscuras. Eran en extremo poderosos al usar pura energía oscura, pero tenían una debilidad mortal: no podían sobrevivir a la luz. Un hechizo simple de luz los exterminaba. Corrió hacia el chico rápidamente. Se interpuso entre él y la bestia, que rugió amenazante. Aunque aterrorizada, Lily hizo acopio de su poder, exclamó unas palabras apuntando con ambas manos hacia el ser y un haz de luz destelló de la palma de sus manos. La criatura rugió de dolor antes de desintegrarse por completo. Lily se sintió un poco cansada. Usar magia utilizaba energía del cuerpo, pues la magia era en sí misma energía que algunos humanos tenían el don de poder manipular. Lily se volvió al chico y le preguntó:

  • ¿Estás bien?

El muchacho se incorporó y Lily quedó impresionada cuando vio de quien se trataba. Cabello negro, ojos azules… rostro ovalado. No cabía duda alguna, se trataba ni más ni menos de Jorge, el hijo de la reina Isabel. Tenía fama en el reino de ser un cobarde, pero tenían la esperanza de que se le pasase. Sin embargo, tenía dieciséis años y Lily dudaba de que fuera a cambiar.

  • Gracias por salvarme señorita — le dijo Jorge —. De no ser por usted yo ahora estaría muerto.

Ella necesitó un momento para deshacerse de la impresión y contestar:

  • No es nada… Príncipe ¿qué hace fuera? Corre peligro ¿Y sus guardas?

  • La bestia los asesinó. Estaba preocupado por mi madre y ordené que me escoltaran al consejo.

  • Lamento la pérdida de sus guardas… Yo voy para el consejo. Puedo protegerle.

Lily habló con seguridad, pero en realidad se sentía muy insegura. Pero no podía dejar al príncipe a su suerte y de todas formas tanto él como ella iban al mismo lugar y no estaban ya muy lejos.

  • Está bien, vamos.

Y juntos se dirigieron hacia el consejo. Esquivaron sombras, muertos vivientes y demás seres hasta finalmente llegar al consejo. Este se encontraba en un enorme edificio de aspecto griego similar al Partenón. A ese edifico se le llamaba Panteón debido a que se construyó en honor a todas las diosas que crearon el reino Alavir. Eran un total de seis, las cuales tenían un hermano malvado llamado Hades, quien era el que regentaba el Inframundo. En el pasado, al inicio del mundo las diosas crearon Alavir. Celoso, Hades creó el Inframundo y a sus monstruos y los liberó por todo el mundo provocando el caos. Como castigo, las diosas desterraron a sus criaturas y al mismo dios al Inframundo y colocaron pesadas cadenas para que él jamás escapase.

Pero si ahora un mago había roto esas cadenas…

La entrada al Panteón no fue sencilla. Tuvieron que esquivar de muy cerca criaturas encapuchadas de manos grisáceas y otras muy similares de manos negruzcas, como quemadas, a la vez que subían escalones hacia la entrada. Cuando finalmente llegaron a la entrada, vieron que las puertas habían saltado por los aires. Se encontraban en el suelo, rotas en pedazos. El interior, antaño bonito, era ahora feo y sucio.

El pavimento blanco era ahora gris y negro cubierto de sangre y motas de polvo. Los cristales que tenían a las diosas pintadas estaban rotos y la araña del techo pendía de un hilo. El lugar estaba lleno de muertos y solo tres personas quedaban con vida. La primera una mujer vestida con cota de malla, portando una espada con protección para la mano. Su cabello era negro y sus ojos, grises. Su mirada dura. El segundo un hombre de aproximadamente la misma edad que la mujer, con barba blanca recortada, calvo y ojos negros como los de Lily. Vestía armadura y portaba una espada en ambas manos. Y por último un joven con aspecto de lobo. Tendría unos veinte años más o menos y el cabello negro y largo. Su rostro era feroz y sus dedos parecían garras. Se trataban de Isabel, Fran y Licántropo. Fran era el padre de Lily. A Licántropo Lily lo conocía de vista. Lo único que sabía de él es que era un poderoso brujo. Los tres combatían contra un ser que parecía humano, pero Lily sabía que no lo era. Medía al menos tres metros de alto, su cabello corto era cobrizo y sus ojos, negros. Su expresión era dura e impasible. Su vestimenta totalmente negra. A Lily le llamó la atención uno de los cuerpos que estaban cerca de aquel desconocido. Era un cuerpo familiar para Lily y cuando lo reconoció, se derrumbó toda. Todas las fuerzas la abandonaron y un débil “no” salió de sus labios al tiempo que caía de rodillas al suelo. Jorge se inclinó sobre ella preguntándole que le sucedía, pero su voz le sonaba muy lejana. Porque el cuerpo que estaba ante ella era el de su madre, Eva. Tragando saliva y forzándose a no derramar lágrimas, se incorporó ignorando por completo al príncipe de Alavir y fue hacia su madre, quien se encontraba tendida sobre el suelo, inerte. Su expresión era puro terror. Eso significaba que había muerto con miedo. Aparte de algunas heridas leves, no había marca de herida mortal.

¿Cómo la mataron? ¿Fue ese tipo? Lily miró al monstruo que tenía delante. La ira empezaba a bullirle, pero era consciente de que no podía culpar a aquel ser sin pruebas. Pero sí que descargaría su ira contra él. Eso sí. Furiosa, gritó y se abalanzó sobre el desconocido descargando con sus manos un gran haz de luz obligando a Isabel, Licántropo y su padre a apartarse.

  • ¿Hija? — preguntó sorprendido Fran.

La reina puso una mueca de asombro, pero no dijo nada. Licántropo se mantuvo impasible. Lily atacó sin cesar a la criatura, pero no le hizo nada, para asombro de Lily. La furia dio paso al miedo.

  • No… como…

Antes de que pudiera hacer nada el desconocido le propinó una patada que la envió a la pared con la cual chocó violentamente. Quedó tumbada en el suelo muy malherida. Aquel desconocido la había golpeado con una fuerza inusual, lo que confirmaba que no era humano en absoluto. Aparte parecía tener una resistencia inusual a la luz. Notaba la impresionante energía oscura en aquel ser, mayor que la de los seres grisáceos. Como norma general, los monstruos eran débiles a la luz, pero había otros, como ese, que eran excepcionalmente resistentes.

  • ¡Conmigo! — ordenó la reina.

Licántropo y Fran asintieron y rápidamente rodearon al desconocido. Entonces, Licántropo e Isabel lanzaron un potente chorro de luz que cegó al enemigo, permitiendo a Fran acercarse a él y atravesar su corazón. El ser soltó un grito inhumano al tiempo que humo oscuro salía de sus orejas y boca. Cuando desapareció la oscuridad, el cuerpo estalló.

Aquello fue lo último que vio Lily antes de que su visión desapareciera.



La reina se acercó a su hijo. La expresión de ella era furiosa.

  • ¿¡Cómo te atreves a desobedecerme!?

Acto seguido le dio una colleja.

  • ¡Auch! — se quejó Jorge.

  • Ni auch, ni aoch. Suerte tienes que no sea más que una colleja. ¡Podrían haberte matado!

  • Pero… quería asegurarme de que estabas bien…

La reina suspiró de impaciencia y abrazó a su hijo, para sorpresa de este.

  • Eres igual que tu padre.

  • ¿Qué está sucediendo? — preguntó Jorge.

  • No lo sabemos. Estábamos en la reunión cuando de repente ese monstruo entró junto con otros monstruos y masacraron a los demás.

Antes de que pudiera Jorge decir nada, algo estalló afuera y todos corrieron a mirar menos Fran, que fue a recoger a su hija. La alzó en brazos y salió afuera con los demás. Al salir, la reina quedó petrificada. En el cielo, unos rayos habían aparecido y tronaban con fuerza. Y en el centro de estos, elevado en el aire, se encontraba un hombre de unos treinta años; cabello castaño corto vestido con túnica morada. Aquella túnica implicaba sin lugar a dudas su rango como brujo supremo. Isabel supo, antes de que aquel brujo abriera la boca, que era el culpable de todo cuanto estaba sucediendo.

  • Mi nombre es Zodiac— se presentó —. Y juro por el dios oscuro que Alavir va a ser mío.


viernes, 11 de agosto de 2023

LA GRITONA

 

Galway, Irlanda, año 1727.


Era una noche tormentosa y lluviosa. Las gotas de agua caían con furia sobre la ventana del dormitorio de Rowan. Rowan era un hombre joven, de veinte años, con el cabello pelirrojo largo, el cual tenía recogido en una coleta. Después de una noche de borrachera, se hallaba acostado sobre la cama, con un pantalón de lino marrón y una camisa blanca manchada de vino. El aliento aún le olía a alcohol cuando un grito horripilante lo sobresaltó.

No era un grito usual. No era el tipo de grito que Rowan calificara como niños jugando, o una mujer siendo agredida. No, más bien, era una especie de grito de angustia, mezclado con advertencia y furia. Era un grito que, sin lugar a dudas, jamás había oído en nadie.

Durante un momento, todos sus sentidos se despertaron al mismo tiempo, el estado de embriaguez se esfumó por completo y su corazón latió con violencia mientras un atontado Rowan buscaba en la oscuridad de su habitación de donde provenía el grito.

Agarró de la mesita situada a su derecha una cerilla y con ella encendió la vela situada en su mesita también. Una pequeña llamada rojiza iluminó tenuemente la habitación, permitiendo que los ojos azules de Rowan escrutaran mejor el lugar.

Durante unos minutos, solo el silencio lo envolvió. Luego, volvió a escuchar el estridente sonido de las gotas de lluvia y los rayos y truenos que traía la tormenta.

Rowan tragó saliva y se dispuso a dormir otra vez, aunque no estaba seguro de poder hacerlo. Seguramente, se dijo, solo había sido una pesadilla muy vivida.

Pero el grito volvió a surgir. Esta vez, mucho más cerca, casi como si le hubieran gritado en la oreja. Un grito mucho más furioso, más furioso que triste. Rowan pegó un bote y casi se cayó del catre. Volvió a respirar, angustiado. Al no haber apagado la vela, pudo observar nuevamente la habitación. Pero no había nada. Ni nadie.

¿Qué le estaba pasando? ¿Estaba perdiendo la cabeza?

No lo sabía, y quizás fuera así mejor. Optó por tratar de dormir otra vez, aunque sabía que no le sería ya posible. Ese grito había sido real, lo sabía.

Y había sonado en su cuarto.

Todo su cuerpo temblaba con violencia, pero sus piernas se negaban a dar un solo paso. Durante un minuto, solo escuchó la lluvia, pero luego comenzó a oír un lamento. Era un sollozo. Era el llanto de una mujer. Un llanto desolador. Era horrible. Rowan se preguntó qué le pasaría. Sonaba como si hubiera perdido un familiar. Parecía el llanto de una mujer adulta. ¿Quizás murió una amiga? ¿Sus padres? No lo sabía. Pero lo que sí sabía es que ese llanto venía del tejado. De SU tejado.

Eso le dio fuerzas para incorporarse. Notaba la vejiga llena, pero en esas condiciones no podía hacer sus necesidades. Le temblaba todo el cuerpo y cada paso le costaba un horror. ¿Qué estaba pasando esa noche? ¿Era acaso un castigo de Dios por haberse embriagado tanto, cuando prometió a su prometida dejarlo? Rowan siempre había sido muy devoto. Nunca le había mentido o tratado de engañar al Señor. Pero si había tenido un momento de debilidad y había fallado a su prometida. Se prometió a si mismo que se lo confesaría al día siguiente. A lo mejor, pensó con horror, era ella quien lloraba desolada, porque había descubierto su embriaguez. Pero eso no tenía sentido, reflexionó después. Ella y él no se habían visto desde hacía dos días y ella estaba de viaje a Dublín para ver a su primo. No tenía sentido.

Abrió, con manos temblorosas, las ventanas. El agua lo golpeó con violencia en la cara, como echándole en cara su pecado. Rowan parpadeó, pero al asomarse a la ventana, no vio a nadie en el tejado. Quizás estuviera más arriba, pensó. Pero desde luego, no tenía pensamiento de subir. De pronto se percató de que el llanto había cesado. Sintió alivio para sus adentros. Se dispuso a cerrar la ventana y así hizo. Pero cuando se dio la vuelta, la vio.

El terror lo invadió y lo dejó mudo. No pudo articular palabra.

Era una mujer joven, preciosa. Llevaba una capa gris por encima y debajo un precioso vestido azul. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su cabello era castaño y le caía en cascada por los hombros. Su rostro era pálido, pero levemente enrojecido a causa del llanto. Era ella sin duda, la mujer que lloraba.

Antes de que Rowan pudiera articular palabra, la mujer gritó. Rowan trastabilló hacia atrás, cayendo hacia la ventana cerrada. Atravesó el cristal, clavándose algunos en la espalda y tropezó con el alfeizar. Pronto notó la caída libre, el viento azotarle la cara, la lluvia bañarle el rostro. Luego su cuerpo se estrelló contra los adoquines de la calle y Rowan murió.


A la mañana siguiente, su prometida, que había regresado de Dublín, se encontró a Rowan muerto. Se dictaminó que su muerte fue un accidente, inducido por la embriaguez y el caso se archivó.

Pero Arlene, su prometida, supo que no era así. Si, supo que su prometido había tenido un desliz con el alcohol, pero lo que él nunca supo, es que ella era una investigadora de mitos. Y sabía el modus operandi de las llamadas Banshees. Las llamadas hadas irlandesas. Sabía que algunas eran malvadas e inducían a la muerte a gente antes de que llegara su hora, en lugar de simplemente anunciarlas. Los restos de azufre se lo confirmaron.

En ese momento, Arlene tomó una decisión:

Iba a vengarse de esa Banshee.

miércoles, 3 de mayo de 2023

VALQUIRIA

 

En una Noruega antigua, cuando todavía los dioses poblaban el mundo, una chica llamada Frida y su hermano Gunnar viajaban por Midgar. Sus padres los abandonaron cuando ella apenas era una adolescente y él un bebé. Frida siempre ha sido dura, fría y no le teme al combate, mientras que Gunnar era más pacifico. Debido a la sed de lucha de Frida, ellos se ganaban el pan cazando seres mitológicos, desde gigantes, hasta lobos Fenrir. Frida ya rondaba los treinta y un años de edad, mienras que Gunnar tenía tan solo quince años. El cabello de ambos era pelirrojo. El de ella, largo y caía en cascada detrás de los hombros. Los ojos de ambos eran de un color azul claro y su piel era pálida. Vestían ropa de pieles para protegerse del frío y calzaban botas duras. Ella una enorme hacha, que Gunnar era casi incapaz de levantar, mientras que él era hábil con el arco. Pero Gunnar también portaba un puñal. Así mismo, ella era más dada a la fuerza bruta y a la inteligencia, mientras que Gunnar solo lo segundo. Ella medía metro ochenta y cinco, mientras que Gunnar era muy bajito, apenas metro cincuenta y cinco. Pero su hermana nunca se metió con su estatura, ni le regañó por no ser un hábil guerrero. Pero sí quiso que se hiciera duro con cada combate y llevarlo a luchar, ya que vivían en un mundo hostil.

Ese día tenían un encargo muy especial. Debían cazar a una valquiria. Bien era sabido que era casi dioses, y que algunas se ocultaban de Odín en Midgar.

Los dos hermanos discutieron mucho. Mejor dicho, Gunnar lo hizo. Esa vez, Gunnar estaba decidido a no ir. Ella solo lo miró largamente y, impasible, respondió:

Bien, no vengas. Sin duda, para enfrentar una valquiria hay que estar hecho de una pasta especial. No durarías ni cinco minutos. Yo la enfrentaré sola y obtendré el botín completamente para mí.

Y Frida, que conocía ya lo suficiente a su hermano, sonrió de medio lado cuando se dio cuenta de que su plan de psicología inversa había funcionado. Si, Gunnar tenía miedo, sin duda. También ella, aunque trataba de no mostrarse vulnerable para darle más seguridad a su hermano. Y Sin duda él era pacífico, pero no era un cobarde. Y tenía su orgullo.

No dejaré que esa cosa te mate. Te ayudaré.

Ella asintió, complacida y juntos marcharon en busca de la valquiria. Según los rumores, se hallaba oculta en una cámara de una montaña cerca a donde estaban ellos. Siguiendo un mapa que les dejaron, llegaron a la montaña, la cual se encontraba bloqueada por una puerta de madera. Pero Frida descubrió que no estaba bloqueada con magia rúnica ni nada parecido. Los dos hermanos entraron en una sala circular, con el suelo de piedra. Arriba el techo era de piedra y no entraba la la luz del sol. La única luz, provenía de dos candelabros colgados del techo, cuyas llamas daban un aspecto lúgubre al lugar.

Y delante de ellos, con la alas tapando su cuerpo, se encontraba la valquiria.

Gunnar sintió el terror apoderarse de su cuerpo. Notó un nudo en el estómago; las piernas se volvieron gelatina. Tragó saliva para deshacer el nudo. Frida lo miró y dijo:

Cuidado Gunnar, esta es la valquiria. No existe rival más temible.

Gunnar miró a la valquiria con una mezcla de temor y admiración. Era alta, muy alta. Aunque no tanto como los gigantes. Su cuerpo, aunque tapado por unas majestuosas y robustas alas, podía entreverse. Era esbelto. Sus piernas y brazos eran musculosos, fruto del entrenamiento y muchas batallas a sus espaldas. Gunnar volvió a pensar que estaban locos de atar.

No nos ataca — dijo Gunnar, mirando a la valquiria con recelo.

Todavía — sonrió Frida, ansiosa por empezar la batalla.

Entonces, Frida se acercó a la valquiria y le lanzó su hacha. Esta rebotó en el cuerpo de la valquiria y volvió a su dueña. Entonces, las alas de la valquiria se abrieron. Despacio primero, rápido después, liberando un vendaval, que hizo retroceder un par de pasos a los hermanos. Sino tenían cuidado, podían caerse de la plataforma, ya que la sala circular no cubría por entero la sala. Un par de metros los separaba del precipio.

¿QUIEN OSA DESPERTAR DE SU LETARGO A LA VALQUIRIA?

La voz de la valquiria rezumaba furia y despertó en Gunnar un temor indescriptible. Si su cuerpo físico imponía, su voz atemorizaba. Y ya puestos a ver su cuerpo, Gunnar y Frida pudieron verle la cara. Su cabello era negro, el cual protegía con un casco puntiagudo. Toda su armadura y el casco eran de un dorado brillante.

Sin tiempo a más diálogos, la valquiria atacó a ambos hermanos.

Frida interceptó el ataque de la valquiria, que poseía no una, sino dos espadas de hoja recta y mango dorado. Con el hacha, Frida bloqueó el ataque de una de sus espadas, pero la otra pronto se alzó hacia adelante y luego hacia atrás, en dirección al cuello de Frida.

Sobrevino entonces un combo de golpes por parte de la valquiria mientras Frida no podía hacer otra cosa que bloquear. Una vez tras otra, la valquiria asestaba un mandoble al hacha de Frida. Esta movía el hacha a derecha, izquierda, arriba y abajo, bloqueando con éxito todos los ataques, pero cada vez se iba agotando más.

¡Gunnar, espabila! — gritó Frida.

El sudor le caía por la frente y notaba los brazos agarrotados. Gunnar espabiló con el grito de su hermano y rápidamente lanzó una flecha hacia la valquiria, quien, al actuar con ira, recibió el impacto, pero apenas sí le dolió. Gruñó, molesta y saltó hacia Gunnar, quien, asustado, disparó dos flechas más, pero ninguna dieron en el blanco. Pasaron al lado de la valquiria, tan solo rozándola.

Tomando impulso, Frida lanzó el hacha hacia la valquiria cuando esta se disponía a asesinar a Gunnar. Pero usando sus poderosas alas, voló hacia arriba, esquivando el hacha, que se clavó en el suelo, cerca de Gunnar. Rápidamente, la valquiria se posó tras Frida y la atacó, pero esta fue rápida. Rodó hacia un lado y luego, Gunnar agarró el hacha de su hermano y gritó:

¡Frida!

Gunnar lanzó el hacha dirección a la valquiria, quien saltó hacia atrás para esquivar el golpe. Saltando hacia adelante, Frida agarró el hacha y fue entonces su turno de contraatacar, al tiempo que Gunnar la apoyaba desde la distancia.

Mientras Gunnar lanzaba flechas, Frida lanzaba estocadas con el hacha, buscando herir a la valquiria, pero esta esquivaba con astucia todos los ataques. Era intocable, una luchadora feroz y Frida empezó a lamentar haber osado enfrentar a la valquiria. Esta, viéndose acorralada, saltó hacia arriba y gritó, al tiempo que bajaba boca abajo y con ambas espadas apuntando a Frida:

¡VALHALLA! ¡POR ODÍN!

Pero cuando se iba a estrellar contra Frida, Gunnar, que había estado calculando el momento perfecto, disparó tres flechas más. Las que le quedaban. Había llevado veinte flechas en el carcaj. Ni una más, ni una menos. La primera impactó en el casco de la valquiria, logrando quitárselo. El segundo en su cabeza, logrando atravesarla, y la tercera en su cuello.

Eso provocó que cayera de bruces al suelo (Frida rodó para esquivarla), y entonces Frida aprovechó para atravesar su corazón con su hacha. Tras un grito, la valquiria cayó muerta.

Frida respiró agita al tiempo que Gunnar recogía todas las flechas.

Hemos derrotado a una valquiria — dijo Gunnar, emocionado.

Frida sonrió.

Sí, así es.

Llevaron el cuerpo a quien se lo había encargado, quien les pagó con mil monedas de oro. Eso sería el equivalente a un millón de euros. O dolares. Gracias a eso, Frida y su hermano pudieron tener una vida mejor, si bien Frida siguió cazando y Gunnar decididó hacerse granjero. Aunque siguió practicando con el arco.

Lo que ninguno de los hermanos supo hasta más tarde, es que fue el propio Odín quien les encargó esa tarea, porque la valquiria se había corrompido y solo una persona de corazón puro (en esta ocasión dos), podían liberarla tras una dura batalla. Ahora estaba en el Valhalla, rehabilitándose.


Fin.

miércoles, 19 de abril de 2023

ÁNGEL GUARDIÁN 1. PRÓLOGO: LA MASACRE

El grito de la mujer era desgarrador. Todo el hospital la escuchó. Parecía que la estuvieran asesinando o peor aún, torturando de la peor forma posible. En la cafetería, la pareja de la mujer la escuchó y se revolvió, inquieto. El hombre era alto, delgado, con el cabello castaño corto y ojos color esperanza. David tenía veinticinco años. Sus finos labios formaron una línea tensa. Todo él era tenso. Parecía a punto de estallar. El hombre que estaba a su lado, le dijo con voz grave:

— Tranquilo David. Eva estará bien.

El hombre en cuestión era alto, mediría al menos metro ochenta o cerca; de piel oscura y cabello corto negro. Sus ojos eran azules. Vestía vaqueros azules, zapatos negros y camisa blanca. Tendría unos treinta y pocos años de edad.

David respondió, nervioso:

— ¿Cómo puedes decirme que estará bien, Miguel? ¿Después de lo que nos has contado y lo que ha ocurrido?

Miguel entonces apartó a David bruscamente y de la nada sacó una espada. La hoja era recta y rezumaba un fuego blancuzco. David escuchó un chillido horripilante y pudo ver al hombre asestar un golpe contra lo que parecía ser una mujer. Sin embargo, cuando se acercó, se percató de que no era realmente una mujer: era un monstruo. Si bien tenía el traje de enfermera, este estaba raído y bañado en sangre. Además, sus manos ya no era tales, sino que eran garras. Finas y peligrosas. Su piel se había ennegrecido y adquirido un tono grisáceo quemado. Para más inri, sus ojos ya no estaban. En su lugar solo había dos cuencas vacías. Sus dientes eran afilados y finos como espadas. Sus piernas eran similares a los brazos; tenían garras también.

David sintió una mezcla de repulsión y terror.

— Esta es la amenaza de la que hablabas — comprendió David. — Demonios.

Miguel asintió.

— Y eso significa que Eva está en peligro.

— Démonos prisa — apremió él.

— Necesitarás esto — el hombre le tendió una espada, aunque esta no rezumaba fuego blanco.

— Gracias.

David la asió con firmeza. La hoja era idéntica a la de Miguel, salvo por el hecho de que esta no rezumaba fuego. Ambos echaron a correr en pos de Eva. Gracias a las ventanas del pasillo que ambos recorrían, David pudo ver que afuera la noche imperaba. Para colmo, las luces se habían fundido y solo estaban disponibles las de emergencias, dando al lugar un aspecto propio de una película de terror.

Manchas de sangre cubrían el pavimento blanco. Algunos pacientes y doctores del lugar estaban en el suelo, inertes, así como celadores y personal administrativo.

Esto es una masacre pensó David con desazón.

Dos Enfermeras Demonio le salieron al paso, pero David no se dejó achantar y de un tajo les cercenó la garganta a ambas. Sangre oscura brotó a borbotones de sus gargantas. David siguió corriendo sin parar mientras los cuerpos de ambos demonios caían por su propio peso. Miguel lo seguía detrás. Mientras que David ya estaba respirando agitado por la carrera, su acompañante no parecía estar igual de agotado como él. Finalmente llegaron a la habitación de Eva. Estaba a mitad del pasillo, por eso David podía escuchar sus gritos. Con la aparición de los demonios, David no había caído en que los gritos habían cesado. Y eso solo podía significar dos cosas. Y una de ellas lo aterraba sobremanera. Cuando entró, escuchó los llantos del bebé. Por un instante se tranquilizó, pero pronto se puso alerta de nuevo. Porque al lado de su pareja y del bebé recién nacido, había dos Enfermeras Demonio. Y a los pies de estas, tres enfermeras, dos matronas y una mujer (la encargada de protegerla), en el suelo muertas. Sangre fresca bañaba el suelo. Aquello parecía una obra creada por el propio Lucifer.

Miguel gritó unas palabras y extendió la mano derecha. Un haz de luz inundó la estancia, cegando a David. Para cuando David abrió de nuevo los ojos, las enfermeras se habían desintegrado. Entonces, sin perder un instante, se acercó a Eva y al bebé.

Eva tenía el cabello negro y los ojos azules. Respiraba con dificultad, pero asía con firmeza al pequeño en sus brazos. Le bastó con una mirada para comprobar que era un niño. David acarició a su mujer y le dio un suave beso en la frente. Luego acarició al bebé y lo besó en el mismo lugar.

— ¿Estás bien? — quiso asegurarse David.

Eva asintió y luego dijo:

— Vamos a tener que ponerle nombre, ¿no crees?

— Ya lo pensaréis luego — apremió Miguel. La pareja lo miró —. Este lugar está infestado. Dudo que pueda volver a ser el lugar que era. Hay que marcharse. Ahora.

La pareja no rechistó. A ninguno le hacía gracia poner la vida de su hijo recién nacido en un hospital repleto de demonios. Así que, con cuidado, Miguel y David ayudaron a Eva a incorporarse y juntos emprendieron el camino hacia la salida. El bebé había nacido por cesárea, pero ya habían cosido a Eva, quien se movía con dificultad. El bebé había dejado de llorar y David lo agradeció. Lo último que deseaba era llamar la atención de más demonios.

— Tranquilidad — dijo David, aunque no estaba seguro de a quién se dirigía exactamente, si a su familia o a él mismo. Quizá fuera ambas cosas —. Solo debemos coger el ascensor y...

— No hay electricidad — le recordó el hombre —. los demonios han hecho suyo este lugar.

— Genial — dijo Eva, sarcástica.

Salieron por una salida de emergencia que daba a las escaleras. Se hallaban en la primera planta, de modo que solo debían bajar a la planta baja para salir del hospital. Parecía sencillo; rápido, pero David sabía bien que no lo era.

Estaban bajando los escalones cuando de repente apareció una enfermera más. De un tajo, el hombre la mató y continuaron su camino. Pero no dieron ni dos pasos cuando dos enfermeras más, una adelante y otra atrás, hicieron acto de presencia.

¿Cómo aparecen tan rápido? ¿Dónde se ocultan?

David iba a atacar a la que tenía delante, pero esta detuvo su estocada, le arrancó la espada de las manos y la tiró al suelo. La espada chocó contra el suelo con un repiqueteo metálico.

Mierda pensó David. Sin su arma, estaba ahora indefenso.

Escuchó atrás suyo el grito de la enfermera que atacaba a su acompañante y vio de refilón un haz de luz. Aquello provocó que la enfermera que atacaba a David saliera huyeron dando un salto hacia atrás que se asemejaba al salto de una bailarina de ballet. Había cierto estilo en el movimiento de aquellos demonios, se dijo David.

Este aprovechó entonces para recoger la espada y se volvió hacia su familia y Miguel.

— Cada vez nos atacan más seguido — observó David —.

— Están desesperados — fue la respuesta de Miguel.

David asintió y volviendo a tomar la mano de su pareja, los tres terminaron de bajar a la planta baja.

Aquello era un hervidero.

En cuanto bajaron, fueron testigos de cómo la sala estaba infestada de Enfermeras Demonio. David las contó, pero no había terminado cuando todas se abalanzaron sobre ellos. Serían al menos quince, pero David pensó que fácilmente podían duplicar esa cantidad.

— Maldita sea, son demasiados — dijo David.

Pero Miguel nuevamente extendió la mano, gritó unas palabras y todas las enfermeras murieron, tras un haz de luz.

Pero la historia no había terminado.

Escucharon más chillidos agónicos y en cuanto se dieron la vuelta, se percataron de que otro grupo de al menos ocho enfermeras se abalanzaban sobre ellos. Nuevamente el hombre las destruyó con la luz. Y entonces David vio lo que antes no: Miguel empezaba a sudar.

— Estás abusando demasiado de tu poder — dedujo David.

El hombre lo miró y respondió:

— Intentan agotarme. Saben que soy lo único que se interpone entre vosotros y el bebé.

— Entonces hay que salir de aquí ya — decidió Eva.

Todos asintieron y corrieron. La sala había tenido sofás momentos antes, pero la luz de Miguel las había desintegrado. El lugar en sí estaba vacío, con tan solo el mostrador de la derecha y las puertas de las consultas a la izquierda. Recorrieron la sala a toda velocidad. Ya veían las puertas, que eran automáticas. Sin embargo, estas no se abrieron cuando llegaron.

— Al cortar la electricidad, han cortado también la apertura de la puerta — comprendió Miguel.

— Hay que romperla — decidió David.

Con un golpe de su espada, rompió los cristales, que cayeron adentro del hospital. Eva se alejó para que ni ella ni el bebé resultaran heridos. Por desgracia, el ruido alertó al resto de Enfermeras Demonio. Escucharon gritos horripilantes y se dieron la vuelta. Y lo que vieron no les gustó.

David no sabía cuántas de esas cosas había, pero de una cosa estaba seguro: eran demasiadas. El hombre extendió una vez más la mano, pero se lo notaba cansado.

— Son demasiados, podrías morir — le advirtió David.

— No hay elección — replicó él.

— Siempre la hay — rebatió David mirando hacia la calle.

— Esas cosas nos seguirán más allá del hospital si es necesario — le informó Miguel —. Nunca estaréis a salvo si no acabo con todas las criaturas de aquí.

Las Enfermeras Demonio estaban casi encima. Y David sabía que Miguel tenía razón. No importaba cuanto corrieran. Eran demasiadas para esconderse. Los encontrarían tarde o temprano. Con un suspiro de resignación, dijo:

— Huid.

Eva creyó no haber escuchado bien.

— ¿Cómo? — preguntó, estupefacta.

— ¡Rápido, ya vienen!

— ¿Estás seguro, David? — quiso saber Miguel.

David asintió, fingiendo estar convencido, pero lo cierto es que era todo lo contrario. Estaba aterrado. Sabía que le esperaba un destino terrible. No sabía cuánto tiempo más podría mantener aquella fachada de valor, pero sí sabía que, de no sacrificarse, todos morirían. Especialmente su bebé. Y eso no podía permitirlo.

— ¡NO DAVID! — Eva trató de acercarse, pero Miguel se interpuso. El bebé se puso a llorar al escuchar las voces.

Miguel miró a David y mientras agarraba a Eva en brazos, le dijo a David:

— Normalmente usaría el vuelo para llevaros. Pero usar esa habilidad puede ser peligroso. Sobre todo, si nunca la has experimentado antes.

David sabía lo que Miguel le quería decir: que el vuelo tenía riesgos que podían ser mortales. Sobre todo, para un bebé. Miguel también añadió:

— Esas criaturas te arrastrarán al Infierno. Pero te lo prometo: te rescataré. Iré personalmente. Tienes abiertas las puertas del cielo por esto, te lo aseguro.

La parte del infierno no le gustó a David, pero al menos le tranquilizó saber que sería temporal. Y le alegró saber que tendría una nueva vida después de esta. Una donde se reuniría con su hijo cuando este hubiera vivido su estancia en La Tierra.

Escuchó los gritos desconsolados de su pareja, el llanto de su bebé y los rugidos de las enfermeras.

Miguel y Eva salieron del hospital. David los observó por última vez con una sonrisa en el rostro, antes de ser avasallado por la avalancha de Enfermeras Demonio.


CONTINUARÁ...


martes, 28 de marzo de 2023

LA PRINCESA Y EL DRAGÓN

 

Aunque era viernes, a medianoche, Manuel ya se encontraba tumbado en la cama, listo para dormir. Bueno, aunque antes quería que su chica hiciera algo por él.

Manuel tenía veinticinco años y le encantaba leer. Y convivía desde hacía un año con su pareja, de su misma edad, llamada María.

María y él se conocieron en el instituto, empezaron a salir al cabo de los meses y hacía un año se habían ido a vivir juntos, aunque no estaban casados. Aunque era algo que estaban meditando, pero todavía no se lo habían comunicado el uno al otro. Era una decisión importante y no debía tomarse a la ligera.

Manuel tenía el cabello castaño corto y ojos azules. Llevaba por pijama una camiseta blanca y pantalón azul. Su pareja apareció en el cuarto. Había terminado de lavarse los dientes. Su cabello negro le caía en cascada por los hombros, formando ligeros rizos que Manuel admiraba. Sus ojos verdes lo examinaron con curiosidad y luego, sus finos labios dibujaron una mueca de fingido fastidio. Luego sonrió y se dejó caer en la cama junto a él. A la derecha de él. Le acarició el pelo con dulzura y le besó en la frente.

María observó entonces el enorme libro que Manuel sostenía entre sus pequeñas manos. Él la miró con una sonrisa y una cara de emoción. No hicieron falta palabras, María ya sabía lo que él quería.

¿Quieres que te lea esa historia otra vez?

Sabes que me encanta esta historia. Y me gusta mucho que me leas.

Creía que el escritor eras tú. Yo solo soy profesora de literatura.

Ya, bueno.

Esa respuesta le dejó en claro a María que él no cedería. Podía negarse, claro, y no sería la primera vez. Pero esa noche no tenían plan mejor. Y de todos modos, sabía que a él le hacía ilusión, así que con un suspiro, agarró el libro, que tenía la portada de tapa dura color marrón, con el dibujo de un castillo. El libro era una recopilación de cuentos, pero en él había uno en especial que le encantaba a Manuel. Uno que rompía todos los esquemas de cuentos clásicos y les daba la vuelta, como una tortilla.

María abrió el libro cerca del final. Manuel se recostó en el regazo de ella. María llevaba un pijama color gris.

No te vayas a quedar dormido — le pidió María.

Manuel soltó un gran y exagerado bostezo antes de responder:

Te lo prometo.

María le dedicó una mirada de desconfianza completamente justificada. Luego sonrió y empezó a leer:

La princesa y el dragón.


Erase una vez, una princesa llamada Victoria, de diecisiete años. Vivía en el reino de Arador, y vivía felizmente casada con el príncipe Leónidas, al que llamaban Leo, para abreviar. Él tenía 18 años. Pero un día, una dragona apareció en el reino. Causó estragos, quemando aldeas, campesinos y guerreros por igual y a algunos brujos. Pero también logró capturar al príncipe, quien osó enfrentar a tal criatura: una dragona de escamas negras como la noche.

Después de tal tragedia, Victoria exigió aprender magia, pues luchar ya sabía, para poder rescatar a su amado. Mientras practicaba día y noche y sin descanso, multitud de grupos de rescate perecieron en el intento de derrotar a la dragona. Sin embargo, Victoria ya sabía dónde tenía la dragona secuestrado a su príncipe: en lo alto de su castillo, que se encontraba en lo más hondo del Bosque Tenebroso. Así pues, cuando estuvo lista y, sin que nadie la viera (pues la habrían detenido), salió en busca de su príncipe con la esperanza de poder salvarlo.

Atravesó los caminos reales y finalmente llegó al bosque tenebroso.

Al entrar, sintió que estaba en otra dimensión. El cielo estaba encapotado y amenazante de lluvia. Los árboles tenían espinas y estaban secos y grisáceos. El suelo de tierra estaba cubierto de hojas caducas.

Al rato de andar, vio a lo lejos el castillo. Pero la entrada al castillo estaba bloqueada por zarzas. Sin embargo, esto no fue un impedimento para la princesa, que con su poder mágico del fuego, quemó las zarzas, las cuales gimieron y se retorcieron de dolor. Aquello provocó un escalofrío en la princesa.

Entró al patio del castillo. Allí vio tirados en el suelo los cuerpos de los guerreros que quienes intentaron rescatar al príncipe y matar a la dragona.

Sobrecogida por lo que acababa de ver, Victoria siguió adelante, subió los escalones que daban a la entrada del castillo y abrió la gigantesca puerta de hierro que estaba ante ella. La puerta chirrió levemente, y pesaba muchísimo, pero Victoria logró abrirla lo suficiente como para pasar.

Subió a lo alto del castillo y allí, en la última habitación, que ella tuvo que abrir con magia (pues estaba bloqueada por un candado que la dragona había encantado con magia), se hallaba su amado. Él estaba tendido en una hermosa cama de dosel, dormido. Ella se acercó hasta él y lo miró con infinito cariño, aliviada de que estuviera bien.

Se acercó a él y posó sus suaves labios en los de él y lo besó.

Aquello rompió la maldición en la que la dragona lo tenía preso y despertó al príncipe quien, al verla, la abrazó.

Él era más bajo que ella, medía alrededor de 1,60, mientras que ella 1,80. Aquello había sido objeto de burlas en el reino, pero a ninguno de ellos les importaba. Su amor era más fuerte que cualquier prejuicio. Ambos se besaron nuevamente y, mientras él tenía la cabeza apoyada en el pecho de ella, esta le acarició el cabello con dulzura. Le dio otro beso en la frente y dijo:

Debemos irnos amor mío. La dragona podría regresar.

Léonidas asintió.

Agarrado fuertemente de la mano por su princesa, ambos corrieron. Llegaron a la entrada y salieron al patio.

Y por supuesto, ahí estaba la dragona.

La dragona lanzó un chorro de fuego hacia la pareja. Ambos se apartaron. Ella hacia la derecha, él hacia la izquierda, separándose así una vez más.

Pero la princesa, decidida, no iba a permitir que la dragona la separase de su amor una tercera vez y arruinara más vidas. Así que cuando lanzó otro chorro de fuego, Victoria lanzó un hechizo congelante contra el fuego de la dragona.

Luego, y anticipándose a la dragona, lanzó un rayo contra esta. Esta voló directamente hacia ella, pero no pudo evitar que un rayo la impactara contra la espalda. La dragona rugió, pero los dragones era increíblemente resistentes a la magia y Victoria tuvo que apartarse antes de que la dragona terminara de embestir contra ella. Vio como Leónidas, que había recogido una espada del suelo (proveniente de los soldados muertos) y lograba realizar un corte contra la criatura. Esta gritó y de un coletazo, logró lanzarlo hacia atrás.

¡Leónidas! — gritó preocupada la princesa.

Furiosa, vio como su príncipe se encontraba inconsciente, con la cabeza sangrando en el suelo. Lanzó varios rayos contra la dragona, pero solo uno la alcanzó.

Debido a que la magia gastaba energía, Victoria empezaba a sentirse agotada, pero la adrenalina y su determinación la impidieron rendirse. Y tuvo una idea.

La dragona lanzó otro chorro de fuego hacia Victoria. Y la habría matado de no haber activado un hechizo escudo. El fuego impactó, pero no la quemó. Entonces, Victoria gritó:

¡Lux!

Y un gran torrente de luz salió de su palma izquierda e impactó en el pecho de la dragona. Esta rugió de dolor. Victoria siguió presionando. Y finalmente lo logró. Intensificó el hechizo y la luz pronto invadió por completo a la dragona, desintegrándola.

La dragona era historia.

Preocupada, Victoria se acercó a su amor, lo acunó en su regazo y aplicó un hechizo sanador. Vio como Leónidas abría los ojos y la miraba con infinito cariño. Ambos se besaron. Ella le acarició el cabello con dulzura y dijo:

Ya ha pasado todo.

Y los dos volvieron al reino y fueron felices y perdices.

Fin."


Vale, ya...

Iba a decir María. Miró a su chico, pero él se hallaba ya profundamente dormido. Ella sonrió.

No tiene remedio

Cerró el libro y se preguntó en qué momento se habría quedado dormido. Le dio un suave beso en la frente, apagó la luz y se recostó en la cama. Con su brazo izquierdo, rodeó la cintura de su chico mientras él dormía en su regazo, sin ninguna sombra de preocupación en el rostro.